jueves, 15 de abril de 2021

El inútil harakiri de Seiguma

 


Seiguma llegó a Lima en los años 20, trayendo consigo a la estatua de Manco Capac, obsequio del impero del Japón al gobierno peruano por cumplir el Primer Centenario de la Independencia del reino de España, segurísimos que el primer emperador Inca, era de origen japonés.

Seiguma tenía la misión de ubicar, declarar y empezar un lucrativo negocio de explotación minera en el Perú. Su objetivo era producir acero y abastecer de metales a la naciente industria nipona, que empezaba a fabricar aviones de la familia Mitsubishi, Autos militares de los shogunes Toyota, barcos y naves de los Subaru, familias que, junto al emperador, controlaban totalmente la isla del sol naciente, y se expandían por todo Asia, dominando a la China continental y todo el sudeste asiático, desde Corea hasta Vietnam, pasando por Singapur y Malasia.

Lo que nunca supo Seiguma es que la niebla de Lima y su capa de nubes que oculta el Sol hasta en verano, era más persistente que la lluvia eterna de Tokio, fenómeno que terminó por vencerlo una noche, en que, con total uso de sus facultades mentales, decidiera ejercer su derecho a realizar el ritual del Harakiri, como un acto de honor ante sus ancestros, al descubrir que un ingeniero peruano, Juan Grieve, tenía patentado un auto que desarrollaba 20 HP de fuerzas, con una eficiencia en ahorro de combustible del 80%, frente a los fabricados en Japón y Estados Unidos, lo cual arruinaría el negocio de su amado emperador.

Convencido de que era el primer auto creado y posiblemente fabricado enteramente en Sudamérica, y nada menos que en el Perú, la entrada a este basto continente era imposible, por lo que su misión culminaba en un rotundo fracasado, sin saber –para su mal- que en el Perú, las familias poderosas solo explotan minas con cholos dentro, y que viven de panza en el Club Nacional, fideicomizando sus predios, porque ni quiera suben a la sierra a ver sus propiedades; y si tienen fabricas exitosas, las venden a muy buen precio, para dedicarse a la actividad más lucrativa para ellos, como: “hacer ¡nada!”.

Que por lo demás, bastaba con hablar con el Presidente de turno, para arruinar cualquier proyecto que convirtiera al Perú en potencia mundial, previo pago en oro contante y sonante -por cierto-, por lo que su suicidio fue “por las huevas”, tal como dijeron sus vecinos que conocieron al japonecito, en la Quinta Heeren, donde dejó olvidadas a 3 Geishas que terminaron quedándose en el Perú, administrando sus bodega y pulpería en Barranco, Miraflores y San Isidro, porque para ellas eran los lugares más civilizados de la ciudad y con la firme idea de parir, algún día, a un nuevo Manco Capac.

 

La fiesta del “ruso”

 


Nadie supo quién fue su padre hasta el día que su madre le confesó que fue la noche de carnavales de 1921, durante la fiesta en la Plaza Mayor de Barranco, que embriagados por la euforia del primer centenario de la independencia, -tuvo su primer y único encuentro de amor con un oficial de la misión francesa, contratado para reorganizar el alicaído y derrotado ejército peruano-, cuando supo la verdad de su origen y el recorrido de 6 horas entre el puente de Los Suspiros y los Baños de Barranco, tiempo y distancia exacta que duró su amor, antes del amanecer.

Hija de un carnicero próspero, dueño de varios puestos en el mercado central de la Av. Grau, desde antes de su construcción, la familia solo atinó a aceptar el embarazo de su hija, aduciendo que el novio pronto vendría a rendir cuentas, acompañado de una fantástica boda, que por su puesto, jamás sucedió.

Cuando nació el ruso, pronto se hizo de una fama increíble. Rubio, de ojos azules y sano por donde se le mirase, era contratado como actor de niño Dios para el pesebre de la ermita, en navidad; apolo en carnavales; José de San Martín en fiestas patrias, y figura emblemática de la fiesta de la primavera y, como era gringo -pero pobre-, se le apodó: El ruso.

Fue hasta que cumplió 15 años, en que se dio cuenta que terminó la secundaria, pero no sabía ni leer ni escribir ni sumar bien, pues los profesores lo veía tan bonito, tan bello, que nunca le corrigieron las planas, que lo aprobaban en automático, por lo que terminó realizando una labor para lo cual no había nacido, pero tal parece que la vida le brindó esa vocación: cargador de bultos en el mercado número 1 de Barranco.

Después de toda esa fama, 70 años después, a comienzos de los 90’ se le veía empujar una carreta de material reciclado, manco y acompañado de su hijo, un loco que pedía un sol.

Y es que esa racha de eterna “mala suerte” que lo persiguió hasta el día de su muerte,  no era más que el resultado de la invitación a la fiesta de gala de carnavales que le hicieron, en la que no solo le llegó una tarjeta especial, que decía: “Está usted invitado a la Fiesta de Gala (privada) que se llevará a cabo en la gran casona del Caballo Blanco, en medio de la laguna, este sábado 22 de febrero….”, las misma que vino acompañada por una caja perfumada con aroma francés, un fino smoking británico, zapatos de charol, camisa de seda, corbata italiana y 150 soles de propina.

Esa noche, en la que el Ruso soñó sería la más grande fiesta de toda su vida, y dejaría el mercado y su profesión de estibador, para reencontrarse con el destino que se merecía; es decir, «devolverlo al sitial que le correspondía por ser gringo», lo que solo terminó en un descomunal escándalo -el mayor de todos los tiempo-, cuando irrumpió la policía en el momento en que el ruso le daba de alma a Don Enrique, que estaba vestido de mujer, con un par de almohadilla en la mano que minutos antes había arrebatado de los senos falsos que pretendía manosear.

Genoveva y los dos pelícanos

 


Genoveva Góngora tuvo su primer novio a los 14 años que nunca pudo olvidar. Un joven estudiante de medicina de San Fernando, que bailaba mambo y que le traía dedos y ojos envueltos en gaza y algodón, empapados en formol, que ella no le tenía miedo sino más bien asco. Siete años después, ya médico se fue a la selva “a hacer patria”, detrás de una tirolesa que conoció en el puerto del Callao mientras le tomaba en examen médico de rigor, mientras él trataba de evitar que pasara la cuarentena de ley, para enamorarla con bombones de chocolate La Ibérica, la cual, dicho sea de paso,  ella nunca hizo caso a sus detalle de amante sudamericano, pero disfrutaba mucho de los dulces al punto que cuando murió, 70 años después, pidió que la enterraran con un paquete gigante de chocolates con pecanas y tofis confitados.

Años más tarde -el médico, solterón empedernido y borracho habitual de los sábados por la noche-, desapareció un día –o mejor dicho-, una noche de juerga, en las aguas del  río Marañón, dicen que persiguiendo a una sirena rubia y que su cuerpo nunca se encontró, seguro que “comido por pirañas”, como dijeron sus ex pacientes.

Su segundo novio, hijo de un minero del valle de Ollón, oligarca y destinado a no hacer nada más que vivir de las rentas que sus ancestros le legaron desde los tiempos de la conquista, decidió tenerla de concubina, “porque no es virgen y ella ya sabe las de Kiko y Kako”, decía para justificar su falta de respeto a la distinguida dama, cruzando desde su casona frente al mar para ir a la calle Roosevelt, cerca de la raya Bolivia, entre Barranco y Surco, para dar rienda suelta a sus encuentros de amor. 

Relata don Belisario, portero de uno de los baños termales de Churín, -y bajo juramento ante los jueces y fiscales-, que el hijo del minero se tiró de cabeza en la poza de barro de cobalto y que nunca volvió a salir. Cuenta también las -buenas lenguas-, que la sirena local se lo llevó por «pendejo», por querer enamorar a la hija virgen del alcalde de la ciudad.

Así pasaron los años de Genoveva Góngora, soltera y sin compromisos, con miles de pretendientes que ella ni cuenta se dio, cuando en otoño empezaron a perseguirla dos pelicanos a donde iba: al mercado, a la plaza, al parque municipal, a la alameda Sáenz Peña, incluso dormían en la azotea de su casa. Literalmente no la dejaban ni a sol ni a sombra, y todos estaban convencidos que en realidad eran el médico y el minero, que reencarnados, seguían -más que por amor-, para pedirle perdón por causarle una vida de solterona, pero, “lastimosamente ya no tenían lengua, pues”, -según afirmaban las brujitas locales y chamanes huachanos de Barranco-, porque las Sirenas se los habían comido, para que nunca puedieran alcanzar a pedir el perdón por sus culpas, a la doña. De tal manera, que estarían condenados a vivir aún después de muertos, en una eterna angustia, como aves mudas, acompañando a doña Genoveva hasta el día que ella se murió, soltera y sin compromiso, una tarde de primavera al compás del Yesterday de los Beatles sonando en la radio local.

Durante el velorio, extrañamente, ya no estaban los pelícanos; esta vez volvieron pero en forma de  gallinazos que la siguieron hasta en cementerio y que años más tarde, los encontraron hechos suela de zapato, secos y aplastados, en la el techo del pabellón “San Antonio”, del cementerio de Surco, muertos a la intemperie como fósiles antediluvianos, listos para ser barridos y botados a la basura.

«Eran ellos, sin duda: el médico y el minero», se dijeron en aquel entonces. «Murieron de viejos y semi secos, solos y olvidos por la falta de perdón», sentenciaron los parroquianos de la plaza Raimondi, quienes alguna vez amaron doña Genoveva y ella nunca amó; es más, ni si quiera se dio cuenta como para guardar alguna hojarasca de un “pudo ser”.

«Tuvimos suerte», se oyó decir entre los asistentes al velatorio y posterior entierro de la doña, partiendo el cortejo fúnebre de la cuadra 5 de la calle Tiravanti, rumbo al pabellón de Artesanos de Barranco de la cual ella era socia, en el cementerio de Surco, metiéndose el último pisco a la fuerza para festejar la decisión que salvaría  sus vidas, y no terminar convertidos en unos pobres “pajarracos”, muertos de amor.