Genoveva Góngora tuvo su primer novio a los 14 años que nunca pudo olvidar. Un joven estudiante de medicina de San Fernando, que bailaba mambo y que le traía dedos y ojos envueltos en gaza y algodón, empapados en formol, que ella no le tenía miedo sino más bien asco. Siete años después, ya médico se fue a la selva “a hacer patria”, detrás de una tirolesa que conoció en el puerto del Callao mientras le tomaba en examen médico de rigor, mientras él trataba de evitar que pasara la cuarentena de ley, para enamorarla con bombones de chocolate La Ibérica, la cual, dicho sea de paso, ella nunca hizo caso a sus detalle de amante sudamericano, pero disfrutaba mucho de los dulces al punto que cuando murió, 70 años después, pidió que la enterraran con un paquete gigante de chocolates con pecanas y tofis confitados.
Años más tarde -el médico, solterón
empedernido y borracho habitual de los sábados por la noche-, desapareció un
día –o mejor dicho-, una noche de juerga, en las aguas del río Marañón, dicen que persiguiendo a una
sirena rubia y que su cuerpo nunca se encontró, seguro que “comido por pirañas”,
como dijeron sus ex pacientes.
Su segundo novio, hijo de un
minero del valle de Ollón, oligarca y destinado a no hacer nada más que vivir
de las rentas que sus ancestros le legaron desde los tiempos de la conquista,
decidió tenerla de concubina, “porque no
es virgen y ella ya sabe las de Kiko y Kako”, decía para justificar su
falta de respeto a la distinguida dama, cruzando desde su casona frente al mar
para ir a la calle Roosevelt,
cerca de la raya Bolivia, entre Barranco y Surco, para dar rienda suelta a sus
encuentros de amor.
Relata don Belisario, portero de
uno de los baños termales de Churín, -y bajo juramento ante los jueces y
fiscales-, que el hijo del minero se tiró de cabeza en la poza de barro de
cobalto y que nunca volvió a salir. Cuenta también las -buenas lenguas-, que la sirena local se lo llevó por «pendejo», por querer enamorar a la hija virgen del
alcalde de la ciudad.
Así pasaron los años de Genoveva
Góngora, soltera y sin compromisos, con miles de pretendientes que ella ni cuenta
se dio, cuando en otoño empezaron a perseguirla dos pelicanos a donde iba: al
mercado, a la plaza, al parque municipal, a la alameda Sáenz Peña, incluso
dormían en la azotea de su casa. Literalmente no la dejaban ni a sol ni a
sombra, y todos estaban convencidos que en realidad eran el médico y el minero,
que reencarnados, seguían -más que por amor-, para pedirle perdón por causarle una
vida de solterona, pero, “lastimosamente ya no tenían lengua, pues”, -según
afirmaban las brujitas locales y chamanes huachanos de Barranco-, porque las
Sirenas se los habían comido, para que nunca puedieran alcanzar a pedir el
perdón por sus culpas, a la doña. De tal manera, que estarían condenados a
vivir aún después de muertos, en una eterna angustia, como aves mudas, acompañando
a doña Genoveva hasta el día que ella se murió, soltera y sin compromiso, una
tarde de primavera al compás del Yesterday
de los Beatles sonando en la radio local.
Durante el velorio, extrañamente,
ya no estaban los pelícanos; esta vez volvieron pero en forma de gallinazos que la siguieron hasta en
cementerio y que años más tarde, los encontraron hechos suela de zapato, secos
y aplastados, en la el techo del pabellón “San Antonio”, del cementerio de
Surco, muertos a la intemperie como fósiles antediluvianos, listos para ser
barridos y botados a la basura.
«Eran ellos, sin duda: el médico y el minero», se dijeron en aquel
entonces. «Murieron de viejos y semi
secos, solos y olvidos por la falta de perdón», sentenciaron los
parroquianos de la plaza Raimondi, quienes alguna vez amaron doña Genoveva y
ella nunca amó; es más, ni si quiera se dio cuenta como para guardar alguna
hojarasca de un “pudo ser”.
«Tuvimos suerte», se oyó decir
entre los asistentes al velatorio y posterior entierro de la doña, partiendo el
cortejo fúnebre de la cuadra 5 de la calle Tiravanti, rumbo al pabellón de
Artesanos de Barranco de la cual ella era socia, en el cementerio de Surco, metiéndose
el último pisco a la fuerza para festejar la decisión que salvaría sus vidas, y no terminar convertidos en unos
pobres “pajarracos”, muertos de amor.
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