jueves, 15 de abril de 2021

Genoveva y los dos pelícanos

 


Genoveva Góngora tuvo su primer novio a los 14 años que nunca pudo olvidar. Un joven estudiante de medicina de San Fernando, que bailaba mambo y que le traía dedos y ojos envueltos en gaza y algodón, empapados en formol, que ella no le tenía miedo sino más bien asco. Siete años después, ya médico se fue a la selva “a hacer patria”, detrás de una tirolesa que conoció en el puerto del Callao mientras le tomaba en examen médico de rigor, mientras él trataba de evitar que pasara la cuarentena de ley, para enamorarla con bombones de chocolate La Ibérica, la cual, dicho sea de paso,  ella nunca hizo caso a sus detalle de amante sudamericano, pero disfrutaba mucho de los dulces al punto que cuando murió, 70 años después, pidió que la enterraran con un paquete gigante de chocolates con pecanas y tofis confitados.

Años más tarde -el médico, solterón empedernido y borracho habitual de los sábados por la noche-, desapareció un día –o mejor dicho-, una noche de juerga, en las aguas del  río Marañón, dicen que persiguiendo a una sirena rubia y que su cuerpo nunca se encontró, seguro que “comido por pirañas”, como dijeron sus ex pacientes.

Su segundo novio, hijo de un minero del valle de Ollón, oligarca y destinado a no hacer nada más que vivir de las rentas que sus ancestros le legaron desde los tiempos de la conquista, decidió tenerla de concubina, “porque no es virgen y ella ya sabe las de Kiko y Kako”, decía para justificar su falta de respeto a la distinguida dama, cruzando desde su casona frente al mar para ir a la calle Roosevelt, cerca de la raya Bolivia, entre Barranco y Surco, para dar rienda suelta a sus encuentros de amor. 

Relata don Belisario, portero de uno de los baños termales de Churín, -y bajo juramento ante los jueces y fiscales-, que el hijo del minero se tiró de cabeza en la poza de barro de cobalto y que nunca volvió a salir. Cuenta también las -buenas lenguas-, que la sirena local se lo llevó por «pendejo», por querer enamorar a la hija virgen del alcalde de la ciudad.

Así pasaron los años de Genoveva Góngora, soltera y sin compromisos, con miles de pretendientes que ella ni cuenta se dio, cuando en otoño empezaron a perseguirla dos pelicanos a donde iba: al mercado, a la plaza, al parque municipal, a la alameda Sáenz Peña, incluso dormían en la azotea de su casa. Literalmente no la dejaban ni a sol ni a sombra, y todos estaban convencidos que en realidad eran el médico y el minero, que reencarnados, seguían -más que por amor-, para pedirle perdón por causarle una vida de solterona, pero, “lastimosamente ya no tenían lengua, pues”, -según afirmaban las brujitas locales y chamanes huachanos de Barranco-, porque las Sirenas se los habían comido, para que nunca puedieran alcanzar a pedir el perdón por sus culpas, a la doña. De tal manera, que estarían condenados a vivir aún después de muertos, en una eterna angustia, como aves mudas, acompañando a doña Genoveva hasta el día que ella se murió, soltera y sin compromiso, una tarde de primavera al compás del Yesterday de los Beatles sonando en la radio local.

Durante el velorio, extrañamente, ya no estaban los pelícanos; esta vez volvieron pero en forma de  gallinazos que la siguieron hasta en cementerio y que años más tarde, los encontraron hechos suela de zapato, secos y aplastados, en la el techo del pabellón “San Antonio”, del cementerio de Surco, muertos a la intemperie como fósiles antediluvianos, listos para ser barridos y botados a la basura.

«Eran ellos, sin duda: el médico y el minero», se dijeron en aquel entonces. «Murieron de viejos y semi secos, solos y olvidos por la falta de perdón», sentenciaron los parroquianos de la plaza Raimondi, quienes alguna vez amaron doña Genoveva y ella nunca amó; es más, ni si quiera se dio cuenta como para guardar alguna hojarasca de un “pudo ser”.

«Tuvimos suerte», se oyó decir entre los asistentes al velatorio y posterior entierro de la doña, partiendo el cortejo fúnebre de la cuadra 5 de la calle Tiravanti, rumbo al pabellón de Artesanos de Barranco de la cual ella era socia, en el cementerio de Surco, metiéndose el último pisco a la fuerza para festejar la decisión que salvaría  sus vidas, y no terminar convertidos en unos pobres “pajarracos”, muertos de amor.



No hay comentarios:

Publicar un comentario