jueves, 15 de abril de 2021

El inútil harakiri de Seiguma

 


Seiguma llegó a Lima en los años 20, trayendo consigo a la estatua de Manco Capac, obsequio del impero del Japón al gobierno peruano por cumplir el Primer Centenario de la Independencia del reino de España, segurísimos que el primer emperador Inca, era de origen japonés.

Seiguma tenía la misión de ubicar, declarar y empezar un lucrativo negocio de explotación minera en el Perú. Su objetivo era producir acero y abastecer de metales a la naciente industria nipona, que empezaba a fabricar aviones de la familia Mitsubishi, Autos militares de los shogunes Toyota, barcos y naves de los Subaru, familias que, junto al emperador, controlaban totalmente la isla del sol naciente, y se expandían por todo Asia, dominando a la China continental y todo el sudeste asiático, desde Corea hasta Vietnam, pasando por Singapur y Malasia.

Lo que nunca supo Seiguma es que la niebla de Lima y su capa de nubes que oculta el Sol hasta en verano, era más persistente que la lluvia eterna de Tokio, fenómeno que terminó por vencerlo una noche, en que, con total uso de sus facultades mentales, decidiera ejercer su derecho a realizar el ritual del Harakiri, como un acto de honor ante sus ancestros, al descubrir que un ingeniero peruano, Juan Grieve, tenía patentado un auto que desarrollaba 20 HP de fuerzas, con una eficiencia en ahorro de combustible del 80%, frente a los fabricados en Japón y Estados Unidos, lo cual arruinaría el negocio de su amado emperador.

Convencido de que era el primer auto creado y posiblemente fabricado enteramente en Sudamérica, y nada menos que en el Perú, la entrada a este basto continente era imposible, por lo que su misión culminaba en un rotundo fracasado, sin saber –para su mal- que en el Perú, las familias poderosas solo explotan minas con cholos dentro, y que viven de panza en el Club Nacional, fideicomizando sus predios, porque ni quiera suben a la sierra a ver sus propiedades; y si tienen fabricas exitosas, las venden a muy buen precio, para dedicarse a la actividad más lucrativa para ellos, como: “hacer ¡nada!”.

Que por lo demás, bastaba con hablar con el Presidente de turno, para arruinar cualquier proyecto que convirtiera al Perú en potencia mundial, previo pago en oro contante y sonante -por cierto-, por lo que su suicidio fue “por las huevas”, tal como dijeron sus vecinos que conocieron al japonecito, en la Quinta Heeren, donde dejó olvidadas a 3 Geishas que terminaron quedándose en el Perú, administrando sus bodega y pulpería en Barranco, Miraflores y San Isidro, porque para ellas eran los lugares más civilizados de la ciudad y con la firme idea de parir, algún día, a un nuevo Manco Capac.

 

La fiesta del “ruso”

 


Nadie supo quién fue su padre hasta el día que su madre le confesó que fue la noche de carnavales de 1921, durante la fiesta en la Plaza Mayor de Barranco, que embriagados por la euforia del primer centenario de la independencia, -tuvo su primer y único encuentro de amor con un oficial de la misión francesa, contratado para reorganizar el alicaído y derrotado ejército peruano-, cuando supo la verdad de su origen y el recorrido de 6 horas entre el puente de Los Suspiros y los Baños de Barranco, tiempo y distancia exacta que duró su amor, antes del amanecer.

Hija de un carnicero próspero, dueño de varios puestos en el mercado central de la Av. Grau, desde antes de su construcción, la familia solo atinó a aceptar el embarazo de su hija, aduciendo que el novio pronto vendría a rendir cuentas, acompañado de una fantástica boda, que por su puesto, jamás sucedió.

Cuando nació el ruso, pronto se hizo de una fama increíble. Rubio, de ojos azules y sano por donde se le mirase, era contratado como actor de niño Dios para el pesebre de la ermita, en navidad; apolo en carnavales; José de San Martín en fiestas patrias, y figura emblemática de la fiesta de la primavera y, como era gringo -pero pobre-, se le apodó: El ruso.

Fue hasta que cumplió 15 años, en que se dio cuenta que terminó la secundaria, pero no sabía ni leer ni escribir ni sumar bien, pues los profesores lo veía tan bonito, tan bello, que nunca le corrigieron las planas, que lo aprobaban en automático, por lo que terminó realizando una labor para lo cual no había nacido, pero tal parece que la vida le brindó esa vocación: cargador de bultos en el mercado número 1 de Barranco.

Después de toda esa fama, 70 años después, a comienzos de los 90’ se le veía empujar una carreta de material reciclado, manco y acompañado de su hijo, un loco que pedía un sol.

Y es que esa racha de eterna “mala suerte” que lo persiguió hasta el día de su muerte,  no era más que el resultado de la invitación a la fiesta de gala de carnavales que le hicieron, en la que no solo le llegó una tarjeta especial, que decía: “Está usted invitado a la Fiesta de Gala (privada) que se llevará a cabo en la gran casona del Caballo Blanco, en medio de la laguna, este sábado 22 de febrero….”, las misma que vino acompañada por una caja perfumada con aroma francés, un fino smoking británico, zapatos de charol, camisa de seda, corbata italiana y 150 soles de propina.

Esa noche, en la que el Ruso soñó sería la más grande fiesta de toda su vida, y dejaría el mercado y su profesión de estibador, para reencontrarse con el destino que se merecía; es decir, «devolverlo al sitial que le correspondía por ser gringo», lo que solo terminó en un descomunal escándalo -el mayor de todos los tiempo-, cuando irrumpió la policía en el momento en que el ruso le daba de alma a Don Enrique, que estaba vestido de mujer, con un par de almohadilla en la mano que minutos antes había arrebatado de los senos falsos que pretendía manosear.

Genoveva y los dos pelícanos

 


Genoveva Góngora tuvo su primer novio a los 14 años que nunca pudo olvidar. Un joven estudiante de medicina de San Fernando, que bailaba mambo y que le traía dedos y ojos envueltos en gaza y algodón, empapados en formol, que ella no le tenía miedo sino más bien asco. Siete años después, ya médico se fue a la selva “a hacer patria”, detrás de una tirolesa que conoció en el puerto del Callao mientras le tomaba en examen médico de rigor, mientras él trataba de evitar que pasara la cuarentena de ley, para enamorarla con bombones de chocolate La Ibérica, la cual, dicho sea de paso,  ella nunca hizo caso a sus detalle de amante sudamericano, pero disfrutaba mucho de los dulces al punto que cuando murió, 70 años después, pidió que la enterraran con un paquete gigante de chocolates con pecanas y tofis confitados.

Años más tarde -el médico, solterón empedernido y borracho habitual de los sábados por la noche-, desapareció un día –o mejor dicho-, una noche de juerga, en las aguas del  río Marañón, dicen que persiguiendo a una sirena rubia y que su cuerpo nunca se encontró, seguro que “comido por pirañas”, como dijeron sus ex pacientes.

Su segundo novio, hijo de un minero del valle de Ollón, oligarca y destinado a no hacer nada más que vivir de las rentas que sus ancestros le legaron desde los tiempos de la conquista, decidió tenerla de concubina, “porque no es virgen y ella ya sabe las de Kiko y Kako”, decía para justificar su falta de respeto a la distinguida dama, cruzando desde su casona frente al mar para ir a la calle Roosevelt, cerca de la raya Bolivia, entre Barranco y Surco, para dar rienda suelta a sus encuentros de amor. 

Relata don Belisario, portero de uno de los baños termales de Churín, -y bajo juramento ante los jueces y fiscales-, que el hijo del minero se tiró de cabeza en la poza de barro de cobalto y que nunca volvió a salir. Cuenta también las -buenas lenguas-, que la sirena local se lo llevó por «pendejo», por querer enamorar a la hija virgen del alcalde de la ciudad.

Así pasaron los años de Genoveva Góngora, soltera y sin compromisos, con miles de pretendientes que ella ni cuenta se dio, cuando en otoño empezaron a perseguirla dos pelicanos a donde iba: al mercado, a la plaza, al parque municipal, a la alameda Sáenz Peña, incluso dormían en la azotea de su casa. Literalmente no la dejaban ni a sol ni a sombra, y todos estaban convencidos que en realidad eran el médico y el minero, que reencarnados, seguían -más que por amor-, para pedirle perdón por causarle una vida de solterona, pero, “lastimosamente ya no tenían lengua, pues”, -según afirmaban las brujitas locales y chamanes huachanos de Barranco-, porque las Sirenas se los habían comido, para que nunca puedieran alcanzar a pedir el perdón por sus culpas, a la doña. De tal manera, que estarían condenados a vivir aún después de muertos, en una eterna angustia, como aves mudas, acompañando a doña Genoveva hasta el día que ella se murió, soltera y sin compromiso, una tarde de primavera al compás del Yesterday de los Beatles sonando en la radio local.

Durante el velorio, extrañamente, ya no estaban los pelícanos; esta vez volvieron pero en forma de  gallinazos que la siguieron hasta en cementerio y que años más tarde, los encontraron hechos suela de zapato, secos y aplastados, en la el techo del pabellón “San Antonio”, del cementerio de Surco, muertos a la intemperie como fósiles antediluvianos, listos para ser barridos y botados a la basura.

«Eran ellos, sin duda: el médico y el minero», se dijeron en aquel entonces. «Murieron de viejos y semi secos, solos y olvidos por la falta de perdón», sentenciaron los parroquianos de la plaza Raimondi, quienes alguna vez amaron doña Genoveva y ella nunca amó; es más, ni si quiera se dio cuenta como para guardar alguna hojarasca de un “pudo ser”.

«Tuvimos suerte», se oyó decir entre los asistentes al velatorio y posterior entierro de la doña, partiendo el cortejo fúnebre de la cuadra 5 de la calle Tiravanti, rumbo al pabellón de Artesanos de Barranco de la cual ella era socia, en el cementerio de Surco, metiéndose el último pisco a la fuerza para festejar la decisión que salvaría  sus vidas, y no terminar convertidos en unos pobres “pajarracos”, muertos de amor.



domingo, 15 de septiembre de 2019

Jennifer, cuida un huevo




A Karla Siguas 


Jennifer Flament amaneció el primer día de sus 16 años, con un huevo de pez entre sus sábanas. Por extraño que parezca, a sus padres no les llamó la atención. Por el contrario, lo tomaron como un experimento más del curso de biología del último año de colegio, porque quizá ya se habían acostumbrado a ver tantas cosas raras en Perú, que no era de extrañar que lo enseñaran en el San José de Cluny de Barranco, por lo cual, continuaron con su agenda del día: terminar las conclusiones de su estudio antropológico de las tribus amazónicas, que les había tomado 5 largo años realizar, y, al fin, poder regresar a Francia, ‘la civilisation’. Pero lo que ninguno de ellos pudo presagiar era que luego de 10 años del descubrimiento de aquella mañana, un 15 de agosto del año 2007, a las 18:30 horas exactamente, sabrían por fin para qué servía ese enorme huevo de pez y cuál era el precio exacto de la ternura. 

Y es que un día antes del hallazgo, Jennifer tuvo una experiencia que nunca olvidaría. Parada en el rompeolas de la playa barranquito, decidió capturar con su nueva cámara digital de 6 megapíxeles, los colores de la invernal Lima: el verde botella del frío océano, el eterno cielo plomizo color “panza de burro” -presente casi todo el año-, contrastando con el musgo adherido entre las rocas, mientras las olas reventaban entre ellas, produciendo espuma blanca como las nubes del cielo, con agua de mar, revelando las infinitas tonalidades de la vegetación marina. 

Solo pudo recordar la mano fuerte que la sostenía de la muñeca al sacarla del agua. Un remolino se acercaba a ella mientras se tragaba una parte del mar y del muelle, cuando José Daniel, pescador deportivo, se dio cuenta del peligro inminente. Dejó la caña a un lado y fue en su auxilio. Extrañamente, Jennifer no estaba empapada, pese a sumergirse en el remolino al derrumbarse el suelo de rocas que la sostenía. 

- ¿Mi cámara?, ¿Dónde está mi cámara? –exclamó desorientada. 

José Daniel solo atinó a señalar el mar y regresar sin dedicar más tiempo a la adolescente, que bien sabía no entendería lo que acababa de pasar. 

Jennifer cruzó el puente peatonal, pasó por la ermita abandonada, tomó el camino de la derecha junto al cerro, y se paró a mirar desde la explanada antes de subir rumbo el puente de los suspiros. “Que extraño, casi muero y no me he dado cuenta”, se dijo, mientras el mar formaba el cruce entre olas frente a ella y el litoral de la bahía de Lima se veía ahora más claro, que incluso se observaba gente caminar en la isla San Lorenzo. Descubrió entonces que ciertas circunstancias y experiencias no están hechas para ser razonadas, sino pensadas: no el por qué, sino para qué. Esas cosas que solo pueden hablarse, haciendo. 

Llegó a la casa alquilada de sus padres, cerca del acantilado, ya muy tarde y, antes de acostarse, su madre le preguntó por la cámara. Ella simplemente contó lo que había ocurrido y que según el pescador, pese a caer al mar, no estaba mojada. 

- ¿Yacuruna? ¿En el mar? – Dijo extrañada llamando a Jack. 

- Sería bueno incluirlo en el informe – Dijo el esposo, tratando de interesarla. 

Jennifer supo que era una antigua leyenda amazónica, que narra un espíritu que se lleva a jóvenes vírgenes, seduciéndola para que lleguen al borde del río, luego, abrir un remolino y sumergirlas en las profundidades para jamás volver. Las convierte en su esposa, y ellas solo pueden regresar a la superficie convertidas en delfines rosados. 

- Eso lo agregaste tú –dijo la esposa riendo. 

- Algo de creatividad, ¿no? – Y agregó Jack, reflexionando: - Interesante historia. 

Jennifer se alivió pues no tenía que disculparse por perder la cámara, pese a que su relato salía de los límites de la realidad. Y es que sus padres estaban tan acostumbrados a escuchar ese tipo de historias que no lo consideraban una excusa; sino algo posible, incluso un “indicio” para justificar un investigación, por lo que ambos bajaron muchas veces a la playa para ver en directo, al Yacuruna, cerca del muelle rompeolas, recorriendo desde la bajada de Armendáriz, pasando por las Cascadas, Los Pavos, Barranquito, Los yuyos y los límites con Chorrillos; llegando incluso hasta la herradura, pero nada. Lo que en realidad buscaban, era encontrarse con el extraño pescador que salvó a su hija, hasta que la aparición del huevo en la cama de Jennifer los regresó a la realidad. 

Una vez que se fue al colegio, dedicaron la mañana entera a examinar ese extraño “regalo” que tenía su hija en el cuarto. Pronto vieron que estaba perdiendo humedad. La llevaron a la cocina y la empaparon con agua de caño. 

- Sal… 

- ¿A dónde’ 

- Que necesita sal –dijo la esposa. 

Tenía sal marina regalada por un chef en Paracas y la disolvieron con el agua de caño. El huevo empezó a tomar su volumen y tonalidad de colores transparentes. Antes que llegara Jennifer del colegio, instalaron la piscina de lona en el patio de la casa, y contrataron una cisterna para que trajera agua de mar. 

Después del almuerzo, Jennifer preguntó por su huevo, a lo que como si de algo normal se tratara le dijeron que estaba en la piscina del patio, ¿a ver qué pasa? 

Casi 6 meses después, cuando llegó el verano, y luego de que la piscina se le instalara un purificador, un techo ligero y una cámara de seguridad improvisada con una JVC de cinta, ahí estaba, nadando libre. 

Cada vez que salía del agua, recobraba las piernas de Jennifer, pero una vez vuelta a la piscina, era un pez, de cabellos castaños y ojos verdes. Era igual a Jennifer y crecía tan rápido, que pronto tendría la misma edad aparente. Perecerían hermanas gemelas. 

Los franceses eran de pocos amigos y, para no hacerse de más, siempre hablaban en francés, incluso en el colegio en donde todos estaban encantados de reconocer el acento de Marcella, cuando los esposos iban a dar una charla acerca de su trabajo de antropología y de las leyendas amazónicas. 

La única diferencia de Jennifer y su gemela marina, fue el día de su graduación, donde la excusaban por no hablar, ni francés ni castellano, a lo que nadie objetó ni molestó, porque su sola presencia llenaba de amor todo el recinto. Era extraño que a la gente le cayera bien tan solo al verla, pese a que ambas eran idénticas en todo, algo hacía que preferían el silencio de la Jennifer muda. 

- Fue criada por los abuelos en Francia, por eso no habla; no entiende el castellano – decían para disculpar su silencio y su mirar de niña sonriente siempre. 

Pero la verdad, no era necesario, Jennifer hablaba con ella, y ambas estaban felices de ser su intérprete la una de la otra. La belleza de ambas, cubría todo. 

- Pero si habla francés, en el colegio lo hablamos todos… -dijo la directora del San José de Cluny, extrañada. 

El padre de Jennifer trataba de decirle que tenía problemas del habla, “¿Cómo le dicen acá?: Gaga”, por eso no habla ni en francés. No le gustan las burlas. 

- Oh, excusez-moi, Monsieur -, de disculpó la directora. 

«Pero la verdad era que no necesitaba hablar. Ella escuchaba a las amigas con diferentes males de amor y solo se limitaba a no dejarlas de mirar directamente a los ojos y dibujar su enigmática sonrisa, hasta que ellas mismas encontraban respuesta precisa y la forma exacta para aliviar sus males del corazón. “Si pues, qué se habrá, creído controla hasta mi forma de vestir, todo porque ha ingresado a la universidad, Católica… Sí tienes razón, lo voy a matar con la indiferencia”, y salía contentas y listas para la guerra. 

“No, mi hija: quería que lo hiciéramos ahí, es su casa, todo porque sus papás estaban de vacaciones en el norte. Que “si no” me iba a dejar… Y sí, como tú, en silenció me fui... «Fuira de acá, atorrante», le dije” 

“Qué horror, terminé con mi enamorado y ¿sabes? Se quiso matar, en mí delante… Le traje un cuchillo: « ¿Mátate si eres hombre?», le dije. Y el maricón se puso a llorar… 

Ella escuchaba y no decía nada. Parecía que le gente encontraba su propia voz en ese silencio, en medio de la sonrisa inexplicable que daba respuestas sin si quiera abrir la boca. 

Amigos de Jennifer trataron de enamorarla y ella, igual: una sonrisa que interpretaba como que ella estaba a una altura demasiado para ellos. Todos los que lo intentaban al menos salían con un aire glorioso de haber robado unos minutos de su atención. Eso era más que haberla amado toda la vida. Hasta el día que se topó con el gordo, Malcom Allison. 

- Fijo, la rompe… -se decían los chismosos, algunos cachimbos y otros aún en la academia tratando de alcanzar un cupo en la universidad. 

Jennifer y su hermana se encontraban en la playa los pavos y Malcom tomó a la hermana de brazo, y cargada en hombros, la llevó al mar. Jennifer gritaba, mientras le daba de golpes, hasta que se metieron los tres al mar. Y eso cambió todo. 

Malcom, Jennifer y su hermana, desaparecieron entre las olas. Dos cuadrilla de salvataje ingresaron al mar en su busca. Del club Regatas de Chorrillos llegaron tres veleros para sumarse al rescate. Y luego de unas horas, al caer la noche y antes que se ocultara el Sol, se dieron por vencidos: “Se han ahogado”, dijo el capitán del cuerpo de salvataje. De pronto, los tres chicos aparecieron de la mano, pero Malcom ya no era Malcom: tenía la vista perdida, casi ni hablaba. Sus ojos tenían el asombro de no solo haber visto un fantasma, sino el cementerio entero, como una marcha de protesta. 

Sus padres lo llevaron a los estados Unidos, para tratar de reanimarlo. Dejó el primer ciclo en la Universidad de Lima para siempre, mientras trataban de hacerlo hablar de lo que realmente sucedió: “Poseidón, el océano, la batalla de los dioses, Lima se hunde”, decía en forma neutra, como si toda emoción se hubiera borrado de su corazón: miedo, amor, odio, tristeza, alegría, nada había dentro. Malcom cambió cuando se fue de montañista al Himalaya, dispuesto a batir todos los record de altura del mundo, hasta que apareció como el primer peruano ordenado como monje tibetano. 

Jennifer en cambio, desde entonces, fue otra. Supo que su hermana venida del mar era una auténtica sirena, que en realidad ella era su madre y lo que le pasó esa tarde, simplemente no fue el Yacuruna, sino Tritón, o ambos tal vez. 

Y así, hasta ese 15 de agosto de 2007, cansada de sus estudios y prácticas de televisión, sus padres abandonaron la idea de regresar a Europa, siendo asesores de ONS en el Perú, y ella, tratado de escribir un guion para cine, pasando sin sobresaltos, 10 años de su vida estudiando cine, mientras su hermana la sirena, se había convertido casi en una compañía imprescindible. 

- Pareces un gato –le dijo Jennifer una vez. 

Y esa tarde, con un sol tenue de invierno, bajaron a la playa, por la bajada a los baños de Barranco, ambas abrazadas como hermanas contándose secretos. Jennifer se sobresaltó por un momento, pues el pescador de aquella tarde, estaba nuevamente ahí, parado, son su caña. De pronto, empezó a soplan un viento helado, caía la tarde y el hombre se lanzó contra la sirena, embadurnándola de grasa todo el cuerpo 

- ¿Qué hace? ¡Suéltela! – Gritaba Jennifer, sin darse cuenta que detrás estaban sus padres. 

- Déjalo. José Daniel hace lo que tiene que hacer… 

Un remolino se formó en el mar y Tritón apareció de improviso extendiendo los brazos hacia su hija, la sirena. Sin presagiar que un gigante lo atacaría por detrás. La tierra empezó a temblar cuando desde la playa, Jeff lanzó un rayo que iluminó toda la ciudad de Lima, haciendo retroceder al gigante. Los yanas no pudieron sujetar a la sirena y huyeron por la costa, rumbo al sur. 

- ¡Terremoto! – decía todos, esa anochecer del 15 de agosto de 2007. 

Los padres de Jennifer sabían todo. Incluso el día exacto que pretendían destruir nuevamente Lima y Tritón dio a su hija como parte del sacrificio, convirtiéndola en mitad sirena mitad humana, para evitar la destrucción de Lima. Ahora José Daniel y Jeff, tenían la pieza fundamental para lograr su cometido. La trompeta de Tritón volvió a sonar, el cielo se iluminó como partido por un rayo, cuando el temblor cesó. 

- Detuvieron un gran desastre, hijita – Consolaron a Jennifer, presa de miedo. 

Los tres vieron a José Daniel, Jeff y la sirena, ir hacia una camioneta Hammer. Jennifer no pudo más, y fue corriendo hacia ellos. Percatándose de los instrumentos tecnológicos que llevaban dentro, así como mantas y vasijas de barro muy antiguas. 

- Mi bebita – Dijo Jennifer con una ternura de madre sin lágrimas, combinando el miedo de perderla, con orgullo de saber de lo que era capaz. 

- Mi padre me llamó Gabriela –habló por primera vez en lengua humana, ya no en silencio. 

Gabriela, sí, Gabriela estaría siempre en la mente de Jennifer, único alivio al ver la camioneta alejarse. Desde entonces, de ella provendría la voz interior en los momentos de soledad, de misterio, de viajes y de peligros. «José Daniel, pelando con los yanas del aire; Jeff con los gigantes de la tierra; y yo, en el mar que sustenta el planeta entero», explicaba sintió la voz de Gabriela dentro de su corazón. 

- Ay, no saben cuánto cuesta tu paz, amigo… 

- ¿Y cuál es el precio de la ternura…? - Dijo el padre de Jennifer. Soltando un suspiro. 

Los tres regresaron en silencio a casa, sin saber nada de la destrucción de Ica y todas las iglesias que se cayeron ahí, hasta la mañana siguiente del primer día sin Gabriela. 

Durante los años que transcurrieron, siempre sentía temblores fuertes o leves. Era entonces que pensaba en José Daniel, Jeff y Gabriela, peleando por evitar la destrucción del mundo. Comprendió aquellos de que “…los cielos sufren violencia y los violentos la arrebatan”. Ahí, justo adelante de nuestros ojos; en la tierra, en el mar, en medio de los Apus. 

Jennifer nunca dejó de saludar el nuevo día y despedirlo al anochecer, sabiendo que alguien cuidaba de ella, de todos. Que no era fácil, que hay cosas invisibles que necesitan de nosotros; así no los podamos ver: están ahí, en el silencio, y lo único que necesitan de nosotros, que les digamos gracias, de vez en cuando, aunque no lo necesiten. 

Karlita, la de "la lámpara y los libtos", de aquel 2007.

3 de junio de 2019
 

Jeff, y la tierra de los gigantes





Lima, Perú, 03 de octubre: 1974 

CUATRO AÑOS HABÍA PASADO DESDE QUE JOSÉ DANIEL NO REGRESÓ A LA FABRICA, cuando Jeff Buthers recordó a su prima Judith decirle que “ojalá le partiera un rayo”, y en efecto, le cayó uno, pero no lo partió en dos como esperaba la prima. 

Acordó con el gerente de diseño de la textilera, salir temprano rumbo a Huancayo, un viaje de seis horas y estaba más que satisfecho de las muestras de lana de Alpaca que le enviaron. 

Mientras viajaba, iba pensando en los diseños que se podría hacer con los colores y texturas del material y en la ciudad “La incontrastable”, conseguiría los insumos necesarios: «lana de alpaca pura», para asombrar al mundo. 

Recordaba la felicidad interior que sintió cuando en la fábrica textil aplaudieron su iniciativa, mostrando una nueva forma de vestir, con identidad andina. «Moda étnica», argumentaba. Ya saboreaba el éxito de la muestra en París, pese a los seis años de “gobierno revolucionario de las fuerzas armadas”, en el inicio de la nueva década: «estamos en 1974 y vamos rumbo al 2000 y eso es una meta: Perú para el mundo», recordaba las palabras de Mr. Herbert, el Gerente Inglés, el último sobreviviente de una generación pionera de la textilería de Ate Vitarte. 

En su cabeza retumbaban las veces de los profesores del Politécnico de Londres llamarlos «los Incas» a los estudiantes peruanos, aunque él solo recordaba de sus raíces ancestrales, solo aquello que le dijeron en el colegio, en las clases de historia y nada más. Pero ahí estaban, en su mayoría, chinos, indios y peruanos, tratando de manejar las complicadas máquinas de tejer, únicas en el mundo, y que eran exportadas a Hong Kong, Nueva Delhi y Lima, con la esperanza de que en esos lugares salieran prendas novedosas, que sus pares ingleses pudieran comercializar, y enfrentar a sus competidores parisinos, que les llevaban siglos de experiencia y buen gusto. 

Londres - Reino Unido, 1968 

Mientras el bus tomaba la carretera, Jeff pensó en sus amigos, sobre todo, en José Daniel. Aprendió de él su capacidad de ermitaño antiguo. Vivir en Londres fue así: rodeado de muchos ingleses. Aunque Jeff era descendiente directo, su acento delataba que era de otra parte, por lo que hacía tiempo, había dejado de ser inglés. 

Condenado solo a hablar con sus amigos de la pensión en castellano y solo con chinos e hindúes en inglés, su acento latinoamericano, los colocaba a ambos en algo así como extraños, «huevo frito en ceviche», se decían Jeff y José Daniel, mientras reían y mandaban postales de los lugares que visitaban los domingos libres para hacer turismo “sudaca”: castillos medievales, plazas y parques que estaban ahí, intactos, desde antes del descubrimiento de América. El museo de la ciencia, el árbol de manzana y el péndulo de Newton, pensando en el de Foucault, y de sus escapadas al Piccadilly Circus o a la Torre de Londres, después de querer que una turista francesa “atraque” con él, en la salida del subterráneo de Trafalgar Square. Pero nada como el Palacio de Buckingham: una maravilla, un coloso en la ciudad. 

De pronto, sintió el eco característico cuando se pasa dentro de un túnel y recordó las veces que viajaba en el histórico metro de Londres. Miles de personas refugiadas en su interior durante la Gran Guerra, cuidándose de las bombas nazis. De la extraña sensación de calor que hay en esos lugares, aún con el frío o la neblina intensa, tan característica de la ciudad. Como la que veía en frente, ahora, en la carretera, con las nuevas luces neblineras amarillas que alumbraban apenas sombras, pues no alertaban de las imprevistas y traicioneras curvas caprichosas, que la carretera dibujaba en los cerros de la sierra peruana. 

Pero el secreto que llevaba Jeff dentro, es que en esos túneles veía gente muerta, como si estuviera viva. Ya estaba acostumbrado a verlos de pie, sentados, caminando y solo podía diferenciarlos porque los pies nunca tocaban el suelo. Imperceptible, pero fue la única manera de no seguir con el apodo de “caza fantasmas”, que le decía su abuelo, quien tenía el mismo don. 

De alguna manera Londres se había convertido en una nueva vida, una segunda oportunidad. Al menos acá, los muertos vivos, no le prestaban importancia, cosa diferente en el Perú, donde sus ojos azul claros, lo delataban al instante como si fuera un bicho raro. 

Carretera Central, 3 de octubre de 1974 

Una estrella fugaz alumbró la noche opaca, y regresó de inmediato a la carretera central. « ¿Un platillo volador?», hubiera querido ver en ese momento. Cuando, sin presagiarlo, el motor del bus empezó a fallar. Las luces parpadearon por un momento y luego, se detuvo. Jeff no estaba asustado; sabía de mecánica, era ingeniero textil, mancharse las manos no era nada, así que bajó con el piloto y copiloto a ver qué pasaba. «Abra la tapa del motor si es tan amable», se dijo. «La flema inglesa se me ha pegado, creo… Si sigo así, va a creer que son afeminado», pensó y sonrió levemente, medio en serio medio embroma. 

Una hora después, despertó. El bus estaba completamente calcinado, pero sin arder ni señal de incendio. 

Los pasajeros pudieron salir a tiempo, pero, por una extraña razón, todos estaban en silencio, mirando asombrados a Jeff, mientras trataba de incorporarse del suelo. Tan pronto terminó de recordar, un camión lo transportaba rumbo al hospital. 

- Suerte que no quedó achicharrado, joven, -dijo el conductor. 

Jeff no recordaba lo sucedido ni cómo había ido a parar encima de ese vehículo que ni si quiera era una ambulancia, que lo estaba llevando al hospital de Huancayo. 

Años atrás conversaba consigo mismo, pero ahora era ridículo. Tenía una segunda persona dentro de él. «Tranquilo, que eres hombre nuevo y una misión que cumplir». Al escuchar esa frase supo que ya no conversaba consigo mismo; había otra persona. Pero no se preocupó, al igual que los sin pies que abundaban en el metro de Londres, a este también los anularía dejándolo hablar solo, como si no existieran, sin hacerles caso. 

- Eres único en el mundo… 

- ¿Quién dijo eso? – Exclamó y el conductor le respondió: 

- La radio, joven, la radio. Mañana celebramos un año más de la revolución del 3 de octubre. 

«Es bueno guardar silencio ahora, José Daniel, la gente común no entiende de estas cosas», le dijo la voz en su interior, que hablaba de otro modo, y Jeff no estaba asustado; más bien desconcertado que en lugar de solo verlos caminar, ahora le hablaban directamente a su cabeza. 

- El sol, ¿dónde está el sol? – exclamó Jeff, como acordándose de algo 

- Ya va a salir, joven… Está amaneciendo – le respondió el conductor, mirándolo como extrañado, y preguntó:- ¿Le cayó un rayo, no, joven? 

Jeff aún tenía un recuerdo vago del suelo cuadriculado como mesa de ajedrez, la vez que lo invitaron a la logia masónica de Londres. Estaba desconcertado, creyendo estar en dos lugares a la vez. Nuevamente vio el salón principal, la luna, las estrellas, el piso: «pieza negra o pieza blanca, depende en que cuadricula te encuentres», recordó. Luego los tres pilares y el libro del Rey Salomón. 

No se refería al sol, al astro rey, sino a que en el salón de los masones no había sol, y eso le extrañó, como si en ese recinto existiera en su memoria antigua; como antes de la fundación del mundo; antes de que alguien dijera «Hágase la luz». Eso lo hizo desistir de continuar como iniciado en el culto de la masonería. Para Jeff, eran extraños, casi ridículos. Desde su iniciación, caminar vendado, con una pierna descubierta y el sonido de las espadas, le trajo a la memoria algo que no solo no podía recordar, sino que simplemente, no quería hacerlo. Tanto así, que no sabía realmente el por qué debía olvidar una especie de vida pasada que volvía a recordar con precisión, pero que en el fondo prefería olvidar. 

- ¿No recuerdo nada, joven? – le dijo al conductor, por decir algo. 

El chofer lo miraba sin extrañarse: 

- Acá, en la sierra, cuando a un campesino le pega un rayo, es señal de buena suerte. Aunque, la verdad, otros dicen que se vuelven brujos o terminan locos. 

«El universo, cuando solo existía el cielo y la tierra», recordó Jeff en lo más profundo de su ser y empezó a cubrirse de un temor inexplicable. Volvió a experimentar la luz blanca y ribetes rojos, y el trueno posterior que, en lugar de romperle los tímpanos, se los agudizó más. Ahora escuchaba hasta el sonido de los grillos y cada pájaro que cantaba en pleno amanecer y hasta las patas de la cucaracha en los rincones del camión que le servía ahora de ambulancia. Luego, esa sensación de levitar en donde una hora pasa dentro de un segundo y un segundo es una hora. Recordó el salón negro, los masones, las estrellas y la luna, entonces, lo vino todo de pronto. 

Vio a mismísimos Rey Salomón abriendo el portal del infierno y dando órdenes a los seres que le obedecían sin pestañar… Se asustó y empezó a temblar, pues volvió a ver a los 72 amos del inframundo. 

- Tranquilo, joven, ya llegamos. Descanse – Dijo el chofer, con claro entendimiento de una experiencia de partirle un rayo, al “pobre joven”, y no morirse. 

Y otra vez las visiones de un “gigantes” que llevaba en sus manos una fuente hecha de piedra carbunclo, oro, esmeraldas y zafiros. Una luz poderosa coronaba su cabeza. Muchos obreros esculpían la piedra y cantaban sin júbilo alguno. « ¿Cómo se puede cantar sin estar alegre?», se preguntó, sin hallar respuesta. Luego la luz devoraba las piedras. Él era uno de los millones de portadores de las ofrendas que debían entregar. Luego, todo quedó en penumbra como un eterno atardecer. Pirámides ancestrales se erigían en el horizonte y la esfinge mirando, como aguardando un Sol que no llegaba nunca. El sacerdote del templo mayor de Salomón, la diseñó a imagen y semejanza del coloso, que no era el creador de los cielos ni de la tierra; sino su poderoso Arquitecto. Todos estaban sometidos a un poder invisible, en éxtasis”. 

- ¿Una sopita de rana, joven? – dijo el chofer, deteniendo el camión frente a un restaurante de carretera, a las afueras de Huancayo. Jeff bajó sin pensar. Solo recordaba la noche y las estrellas, en las que iban apareciendo una, por cada piedra preciosa ofrendada minutos antes. Solo sabía que debía buscar una interpretación en las intrincadas formas y distancias en las que aparecían en el firmamento. 

- Una sopa de rana, para hasta los pelos, joven –, seguía el chofer, tratando de convencer a José Daniel de probar su plato preferido, seguro que la emergencia de llevarlo al hospital era innecesaria. 

Nuevamente la visión de ver que cada quien hacía dibujos en la arena recubierta de polvo de cobre. Uno a uno, seres inexistentes aún, iban apareciendo. Arañas, monos, reptiles y millones de animales no creados, pero que estaba en la mente de esos hombres. «Solo usa una pequeña parte de tu cerebro, Jeff, la otra parte está oculta y el óxido del tiempo la desvanece, hasta inutilizarla. Recupera tu pasado de 15 mil años, es lo que debes hacer». Nuevamente la voz lo sobrecogió y entonces, en medio de esa penumbra, de astros y estrellas que apenas alumbraban, apareció un astro incandescente. Nada volvería a ser lo mismo. El planeta perdió sus ocho movimientos y solo quedó cuatro: rotación, traslación, elíptica y pendular. Jeff regresó en cuanto el Sol apareció por las cumbres, radiante. 

- Pruebe su sopita, joven; después piense en médico – Decía el chofer mientras Jeff veía la campiña, su verdor, el río alimentándola y el amable frío del amanecer andino, lo animaba a tomar la sopa de rana. 

- ¡La luz, hágase la luz! – dijo en voz alta. 

- ¿Usted es cristiano evangélico, católico apostólico y romano?, no me decepcione joven, o no lo dejo subir a mi camión. Yo soy nieto de sindicalista, comunista convicto y confeso, joven. 

«No hables en voz alta, Jeff, te van a creer loco», la vocecita le recomendaba eso, mientras recordaba la negritud del infinito volverse de otro modo. Las minas del Rey Salomón, el oro y las piedras preciosas, de fuego del horno y fundición, se iban apagando. Una nueva especie verde llamadas plantas, surgían ahora de cualquier parte y el frío de la noche era más amable hace 12 mil años. 

- Pronto llegaremos a Huancayo… - y resolvió-. Parece que el rayo le ha afectado mucho, ¿no joven? 

Jeff estaba aturdido. Con la mirada perdida en millones de años atrás, supo que todo lo que la mente humana piense y pueda crear, se hará. Eso los liberó de los socavones, que a veces es la propia mente humana. Y, mientras bajaban por la carretera, sentía el frío seco de los Andes, «enfrenta al gigante, ahora», escuchó en su cabeza. 

- Debo bajar a Marcahuasi… ¡Ahora! –dijo desesperado Jeff. 

- Ni con helicóptero, llega, joven – respondió el chofer medio respuesta, medio contestando una orden. 

- Yo sí, - le dijo un corredor de los caminos del inca que regresaba a la capital, que hacía tiempo los observaba desde su mesa. 

- ¿De verdad? Vamos, entonces, no hay tiempo que perder. –dijo Jeff sin reparar en nada. 

- Permítame presentarme: me llamo Henri Bradley, y tengo mi Ford Score mejorado, todo un campeón inglés de Los Caminos del Inca. 

Tomaron la carretera a Lima a las 5:55 de la mañana y una vez llegado a Ticlio, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar, el auto empezó a bajar a casi 170 kilómetros por hora, sin reducir velocidad en las curvas. «Yo te protejo», escuchó la voz en su cabeza, y Jeff ya no tenía tiempo para sentir miedo, mientras el loco conductor gritaba con tanto entusiasmo, que parecía piloto de un mustang caza bombarderos alemanes. 

Las marchas de soldados de ejército que circulaban por la carretera, buscando emplazamientos en las plazas principales de los pueblo de Matucana y Surco, celebrando el 3 de octubre, día de la Revolución, obstaculizaron su marcha. 

Luego de subir una pendiente, llegaron al final de la trocha. 

- Hasta aquí podemos llegar, amigo Jeff. El resto lo tendrá que hacer a pata. Yo lo espero – Le dijo el corredor de autos. 

Eran ya la 9 de la mañana, en menos de tres horas Jeff se encontraba subiendo entre las rocas del bosque de piedra de Marcahuasí, corriendo como loco, como si conociera el camino. De pronto, frente a él estaba un sujeto tapado con una manta inca, con diseños ancestrales que impresionaban de solo verlos. De entre la capucha, se veían unos ojos rojos encendidos. «Quítale la chacana, Jeff, la Chacana», escuchó a la voz interior. 

- Es inevitable – alcanzó a decirle el extraño, cuando se puso de pie, manifestando su real tamaño. Casi 3 metros de altura. 

Jeff se llenó de fuerzas entonces, las mismas que sintió el día en que el gigante Netarael le dijo en ese mismo lugar, hace 12 mil años, poniéndose de pie: 

- Nunca serán mejor que nosotros, son simple humanos: carne y hueso. 

Fue cuando la tierra se derritió ante los pies de los gigantes y fueran convertidos en piedra en la isla de Pascua, y el resto, sepultados bajo 4 kilómetros de hielo en la Antártida. Jeff lo recordaba todo como si lo hubiese vivido, como si el rayo alcanzara activar todos los recuerdos escondidos en su mente. 

Cuando el gigante alcanzó a dar el primer golpe, la tierra empezó a temblar. Uno tras otro el gigante trataba de aplastar a Jeff mientras él atinaba a lanzarle rocas. «Toma la piedra de cuarzo», le dijo la voz. Una pequeña roca puntiaguda apareció en su mano, y solo atinó a tirarla contra su enemigo. 

El cuarzo apenas golpeó el pecho del gigante y cayó a sus pies. En uno segundos, empezó a hundirse en medio de un lodo mágico, atrapándolo entre las rocas. El gigante seguía golpeando el piso con su chacana, mientras clamaba a los Apus para que cayeran sobre Lima. Jeff atinó a acercarse por detrás, arrebatándole la chacana, al tiempo que el gigante se hundía más y más, hasta desaparecer. 

Totalmente exhausto, Jeff Buther regresó por donde vino. Henri, fiel, lo esperaba: 

- Menudo temblor, parece que fue terremoto. La radio no se escucha por acá –Le dijo, y preguntó intrigado-: ¿Vio a algún marciano por ahí? 

- En el camino le explico, amigo. 

Jeff subió al auto, chacana en mano, con ganas de regresar a la casa de su abuelo a ver si le explicaba algo acerca de todo lo acontecido, y guardar, como hacía siempre, esas cosas raras en la boardilla de la vieja casona de Barranco. 

Jeff recordaba insistentemente a José Daniel, compañero de la escuela textil en Londres. Desde el terremoto del 70 no se volvieron a ver. Jeff extrañaba las conversaciones a orillas del Támesis, en sus tiempos de estudiante y de los proyectos de llevar diseños andinos a la moda mundial. Algo se estaba perdiendo el mundo, algo tan antiguo como el Perú, como él, ahora, que debía explicar a alguien lo que le estaba ocurriendo en la cabeza. La voz que lo llamaba a combatir, a pelear, a mover los andes enteros y al mundo con él. 

Jeff Buther, nunca volvió a ser el mismo, desde aquel día. Debía encontrar a José Daniel pronto y buscar a una sirena de mar también. 

Mientras iba pensando, afirmaba más que el Creador no era el arquitecto del universo. Que alguien más “se paseaba entre piedras de fuego”, y negaba su calor a quien no le servía. Jeff recordaba que, las madrugadas en Londres, eran claras de luz solar hasta la media noche; esa danza cósmica de la tierra, que asegura luz solar y calor, a todo el planeta sin restricciones. Recordaba la mano invisible que protegía el planeta entero de las tormentas y rayos estelares que podrían acabar con la raza humana en un segundo, ser detenidas mágicamente, la primera vez que observó la aurora boreal. Y la Luna, con sus heridas, producto de miles de rocas estelares estrellándose en su superficie, mientras la tierra permanecía intacta, al punto que si pasara una sola, jamás tocaría tierra. 

«Somos los guardianes, Jeff», le dijo la voz. «Y ahora eres uno, como nosotros» 





VES, 26 de mayo de 2019 

Los Pishtacos y el Señor de los Temblores






AQUELLA MADRUGADA DEL DOMINGO 31 DE MAYO DE 1970, cuando José Daniel no tenía nada en qué pensar, más que llegar al club campestre en Chosica y relajarse todo el fin de semana, sin hacer planes, con el único objetivo de “hacer nada”, y mientras trataba de sintonizar la radio cuya señal se iba perdiendo cada vez más a medida que se alejaba de la ciudad de Lima, trató de reducir la velocidad de su moderno Volkswagen alemán último modelo, «aunque todos eran iguales», salvo que los que vendría del Brasil tendían motores de aluminio, «una porquería», se reía en forma burlona de sí mismo- trató de sintonizar alguna estación de Chosica como una forma de evitar el silencio de la carretera y a la vez, enterarse de algo acerca del Mundial de México y silenciar el ronroneo del motor, enfriado por aire, que hacía monótono los 40 kilómetros que le faltaban. 

Aunque en realidad de fútbol no le interesaba para nada, era la primera vez que Perú participaba con equipo completo, y sería un tema básico en los almuerzos en la oficina, Y, no hablar de ello, sería una herejía nacional o un atentando contra la integración y la «cultura organizacional», del cual el nuevo gerente de Relaciones Industriales hablaba, como señalando quién sería el próximo en despedir. 

Su novia y su futuro suegro lo esperaban en el club y pensaba que sería una extraordinaria oportunidad para aumentar el vínculo familiar, a las que él no estaba acostumbrado. La vida de casa en casa de una tía a otra, terminaron con su sentido de orientación, sin saber ni estar seguro en ningún lado. Heredero de una casona en Barranco, y con una hacienda convertida en bonos revolucionarios de “las fuerzas armadas”, a José Daniel solo le quedaba sacar el mayor provecho de su educación privilegiada, y nada más. Gracias al dominio del idioma inglés que adquirió en el colegio Markhan College, le abrió las puertas para ganar una beca y seguir la carrera de ingeniería textil en Londres Inglaterra, lo cual le aseguraba años prosperidad y hasta lograr la Gerencia General en la Textilera de Vitarte. Planes que sin saber, ese día, tanto su novia como su futuro suegro, no volverían a ver más, al menos como parte de la familia. 

Aún no amanecía y la radio se había quedado totalmente muda, cuando el hombre salió de no se sabe dónde, golpeó el capó, estrellándose contra el parabrisas, rodó por el techo del auto, para dar finalmente de bruces al pavimento. 

José Daniel detuvo el auto y sintió esa extraña sensación de maldad, el dilema de seguir adelante sin ver atrás, «aquí no pasó nada» y abandonar la realidad por el fácil escape. La carretera central estaba vacía inexplicablemente y sería fácil hacerlo cuando vio al hombre tirado en el suelo tratando de balbucear algunas palabras que no entendía y que lo único que lograba escuchar, era esa forzosa necesidad de entregarle un bulto negro que tenía entre sus temblorosas manos. 

- Llénalo, llénalo – decía el agonizante hombre 

José Daniel veía fijamente las manos rugosas y encallecidas de aquel sujeto, que trataba de entregar un último y urgente encargo. 

- Pischtaco, phistaco – decía la voz que cada vez se iba enmudeciendo más. 

Al tratar de levantarlo, haciendo caso omiso al bulto que le entregara, el hombre cogió su muñeca. Al instante, explosionó una súbita luz dentro de la cabeza de José Daniel, como si tuviera recuerdos de hace siglos, escondida en medio de neuronas apagadas por la razón, la ciencia y el tiempo. Sintió un dolor como que lo partía en dos y, sin quererlo, en menos de un segundo, le fue transferido cientos de millones de datos información de los últimos 15 mil años de historia terrestre y más. Una transfusión de mente a mente, como una herencia que, más que afortunada, era maldita. Entonces, soltó la mano y cayó casi desmayado sobre el piso de asfalto. 

Desde entonces, lo supo todo. Debía regresar a la ciudad y tomar la carretera al Sur; entrar por la antigua Panamericana hacia los Pantanos de Villa, Chorrillos y llegar a Pachacamac antes de las 3 de la tarde. Luego, ensebar al ídolo de arriba abajo y esperar que el Yana no subiera a él. 

Todo le era extraño hasta ese momento; solo sabía que debía actuar: «¿Por qué tengo que hacerlo?, ¿Por qué yo?», se habló a sí mismo, aturdido, asustado, pero sin dejar de hacer. Regresó a su auto y pensó: «un hombre muerto y él era el responsable». Entonces, ocurrió: el hombre que yacía en la pista, simplemente, ya no estaba, desapareció y solo el pote con grasa humana se hallaba en manos de José Daniel. Y sí, se sintió libre, podía seguir su viaje y olvidarse de todo. « ¿Quizás haya sido un sueño o una pesadilla? » trató de explicarse, y enrumbó hacia Chosica como si nada hubiese pasado. Por un momento se sintió libre de responsabilidades y feliz. 

- Mi primer error – dijo años después. 

Cuando llegó al club y dio su nombre para que lo dejaran entrar, ya había amanecido y el sol serrano brillaba con mucho esplendor. Le parecía todo de maravilla y que el accidente no había ocurrido nunca, que su novia estaba esperándolo y que nada podía entorpecer ese día. Entonces, sacó su maletín de la cajuela y ahí estaba, el pote de barro con grasa humana en su interior. 

- El Dr. Martínez y su hija han ido a la ciudad por víveres – le dijo el administrador de los bungalós del club. 


En ese instante, lo asaltaron destellos de imágenes de una ciudad destruida, sepultada por una avalancha de nieve y rocas, y miles de personas corriendo despavoridas, asustadas, muriendo, lo despertó de una ensoñación silenciosas. José Daniel sintió un pánico súbito, dejó su maleta sobre la cama y subió a su auto nuevamente, y a toda velocidad y sin dar explicación, regresó a Lima. 

Apenas salió de la carretera central, dobló a la izquierda y tomó la carretera al sur. Llegando a los pantanos de Villa, cortó unos juncos y los ató. « ¿Por qué hago esto?», se dijo. Luego continuó rumbo al sur. El puente recién inaugurado facilitó la entrada al santuario que aún no estaba señalizado, ni sabía en donde se encontraba el ídolo de madera, el Dios de las “cuatro caras”: Pachacamac. 

No había tiempo que perder, el pote con la grasa humana estaba empezando a hervir. Conducía hacia la subida a Lurín y vio la entrada cruzada con una tranquera enorme de madera de eucalipto. 

- “Súbala” – ordenó al guardián que -como si supiera-, obedeció en el acto. 

Estacionó su auto cerca a la bajada que conduce a la ciudadela y llegó hacia una especie de anfiteatro. Ahí se encontraba el ídolo, en medio de unos totorales casi como si fuera un adorno. Entonces lo vio todo como una sucesión de fotografías, millones de imágenes de cuando la bahía de Lima se derrumbó debajo del mar, dejando el resto del valle a 30 metros sobre el nivel del mar. « ¿Volverá a pasar?», se dijo mientras bajaba por las escalinatas de la ciudadela, recordando el día lejano de 40 siglos de acumulados recuerdos. Luego, otra vez las imágenes y los gritos del puerto de Callao, debajo de las aguas siglos más atrás, como si fuera un recuerdo vivido hacía poco. 

“No, no hay tiempo que perder”, se animó. Cuando al fin llegó, el ídolo estaba casi como un tronco seco, sin brillo. Saltó a la hondonada, y cuando estaba a punto de embadurnarlo con la grasa, siguiendo las instrucciones que le dictaba su cabeza, apareció el Yana, frente a él, junto al madero eterno, “levantado en el desierto”, adornado con conchas de abanico, regalo de los hombres del norte. Y, cuando empezó su trabajo ancestral de pishtaco, el Yana, como una sombra fantasmal, pisó la espalda de José Daniel y se colocó en la cima del ídolo y empezó a sacudirlo: primero lentamente, para luego, con más fuerza telúrica, intentar arrancarlo del suelo. José Daniel seguía desesperadamente untando al Dios Pachacamac con la grasa, cuando se percató que el viejo tronco empezó a doblarse casi como una serpiente y salió disparado hacia el suelo. Al despertar un policía lo observaba con desconfianza y detrás, dos arqueólogos evaluaban los daños a las reliquias que se guardaban ahí. « ¿Era un sueño, una pesadilla?» Fue la primera vez que rompió el eje del tiempo y aún no se daba cuenta del poder que llevaba en sus manos. Era un vigilante, un nuevo guerrero, tratando de evitar que la tierra y el mar, intentaran tragarse una vez más, a la ciudad de Lima. 

- Son las 3 y 15… Llévelo a la comisaría para formalizar la denuncia por daños a propiedad del Estado. 

Cuando el policía lo levantó, José Daniel miraba el pote de grasa humana en el suelo. Estaba roto. «Debe ser una pesadilla, debería estar en Chosica, viendo la inauguración del mundial de México 70, o nadando en la piscina, con mi novia y….» Todo empezó a temblar. Mientras el policía y los arqueólogos miraban hacia las paredes y los techos del viejo recinto Ishma, José Daniel no apartaba la vista del ídolo que se contorneaba como serpiente sobre la arena salada, que alguna vez estuvo debajo del mar, mientras el Yana trataba de montarlo como si fuera un caballo. Eran dos dioses o espectros que estaba luchando entre ellos sin que nadie ganara. Esteban buscó nuevamente lo que quedaba del pote y se lanzó a embadurnar a Pachacamac hasta que el Yana no pudo montarlo más, se resbalaba y caía al suelo. El ídolo de palo volvió a ser un madero viejo fuerte, duro; pero ahora lucía brillante, clavado fijamente en el arenal, cuando el terremoto cesó. 

El policía y los arqueólogos lo vieron todo y quedaron espantados. 

- Señor, será mejor que se vaya y olvidemos esto –le dijo el policía, evitando hacer informes largos e inexplicables, que ni contándolo borracho en una yunza, le creerían. 

Cuando José Daniel volvió a su auto y condujo con dirección a Lima, la ciudad estaba cubierta de polvo, las pistas rajadas, y a cada paso, gente con mucho miedo, aterrorizada: «Ya pasó, ya pasó», se decían unos a otros. Cuando llegó a Barranco, solo un par de paredes de viejos colegios habían caído sin matar a nadie. «El hombre de la carretera tenía razón», se dijo, pero recordaba aún las imágenes de una montaña de nieve que caía, pero no era Lima el objetivo. « ¿Dónde?», se preguntó. Y mientras escuchaba la radio y la televisión, que aún anunciaba los pormenores de la inauguración del mundial y uno que otro reporte de los pocos daños del terremoto, José Daniel regresó a su casa, y se dispuso a dormir. Ya mañana hablaría con su novia, total, los teléfonos estaban cortados y él necesitaba descansar. 

A la mañana siguiente y luego de varias réplicas sísmicas, Lima era una ciudad que se recuperaba pero lo peor, no se sabría hasta el medio día: “La ciudad de Yungay había desaparecido con 60 mil habitantes”. 

- No, no era un trabajo; era una misión de miles de años que se volvía a repetir: “mantener la tierra en su lugar” – repetía años después, consolándose de la boda perdida, que “No estaba loco, que no me entiendes; que ve y dile, ¿que no te ven, que no los ves?”. 

40 años después, José Daniel se convirtió en el hombre que cada tarde de mayo y octubre, recibía el mismo encargo: untar al ídolo con ofrenda de pishtaco, que los Uros le traían el primer domingo del mes previo. Hablando sin contestar, oyendo para hacerse el «que no ve, ni habla, ni escucha». A los ishma, Uruos y al mismo Yana, nadie los puede ver; solo él: «Me creen loco, que hablo solo…». Así aprendió a no decir palabra alguna, porque sabía que entre ellas, se escondían «…los perores males de algunos: dar demasiadas explicaciones». 

- No te preocupes, la grasa es de gente que no tiene importancia, que solo gastan el aire y el espacio – le dijo una vez un Ishma para consolarlo. 

Una mañana de diciembre, desde lo alto del Morro Solar de Chorrillos, veía la gran batalla de los Dioses que dejaron sus marcas en Nazca para descansar. Todo el santuario de Ishma yacían debajo del mar de la bahía de Lima, y una cicatriz de 30 metros de altura, lo señalaba, desde el día que resbalaron hasta el fondeo del mar. Los viejos ríos subterráneos que brotaban agua dulce de los cerros, se habían secado y sería una muy mala señal. El sistema hidráulico de Lima se encontraban vacíos y los edificios se hundirían solos. Debía continuar con su trabajo sin que nadie se percatara que no hablaba con nadie, que conversaba con los Ishma, o los pishtacos Uros, que no estaba loco, que tenía una misión, algo que lo volvía héroe anónimo, que perdería a su amor, familia, amigos, para realizar la encomienda milenaria que los pishtacos no podían hacer. 

Muchas tardes dejaba su ofrenda de barro en las huacas de Lima, pequeños ladrillo que formaban una especie de colina, regados por todo el Valle de la capital: Armatambo, El Búho, Mateo Salado, Pucllana, Llanamarca, Puruchuco y cientos más, como señal de agradecimiento de los guerreros que duermen debajo, los defensores del mundo, los guardianes de la humanidad. 

Todo eso sabía José Daniel, y tardó muchos años en diferenciar con quién hablar de eso y descubrir si era una persona viva o un Ishma, un Uros o el misma Yana, para evitar que lo llamaran loco, demente, trastornado. Esa era su penitencia, su cruz. Cuando le dirigían la palabra, José Daniel tardaba unos segundo en contestar. Miraba fijamente a su interlocutor y a veces, ni si quiera contestaba. Era la incomprensible magia de ya no tener tiempo, sino que pasado, presente y futuro, los veía en una sola línea, tratando de atrapar la verdad exacta del tiempo que vive en realidad, separado de los acontecidos que quedaban por venir. Una locura que solo José Daniel pudo dominar meditación pura y absoluta soledad. 

Los únicos que lo entendían y admiraba era el viejo Carl Miller, aviador de la segunda guerra mundial, defensor de Londres, capitán de la Real Fuerza Aérea, héroe combatiente contra la aviación nazi de la Luftwaffe Alamán, y Herbert Dugdale, masón y rosacruces consumado, accionista mayoritario de la textilera donde José Daniel trabajaba. Gracias al bono de accionariado que le regaló el gerente inglés, José Daniel tenía asegurado su misión hasta el momento que decidiera morir, porque era inmortal desde el día que recibió en pote de grasa humana de los Pishtacos. 

Muchos años después, José Daniel, consideró dejar su inmortalidad, el día que sintiera haber hecho o sido malo del todo. Cosa que no ocurrió sino hasta que viajó en el Humboldt, rumbo al Polo sur, Junto a Jeff y Gabriela, a matar el último de los gigantes. En ese momento exacto en que recordó las palabras del Ishma: 

- “Debe morir un malo para que los buenos, vivan”. 

Fue el día que comprendió que la paz se encuentra en medio de sucesivas guerras. Y que la suya, nadie la podía ver. Que la tranquilidad de la tierra, los mares en su lugar, los ríos en cause, se debía a una eterna lucha, silenciosas. 

- Lima, mi bella Lima: ¿no sabes cuánto cuesta tu paz? – Se dijo un día, desde lo alto del Apu mayor de la ciudad, el cerro San Cristobal; mirando al pequeño río Rimac que, inexplicablemente, sacia la sed de 10 millones de habitantes. 

Ese día, como muchos, se dispuso a seguir guerreando, una y otra vez, lo mismo que hicieron desde el mismo día que se recompuso el mundo, a la mañana siguiente de llegar a Caral, hace 5 mil años. 




Surco, 10 de noviembre de 2010 – VES 26 de mayo de 2019.