domingo, 15 de septiembre de 2019

Jeff, y la tierra de los gigantes





Lima, Perú, 03 de octubre: 1974 

CUATRO AÑOS HABÍA PASADO DESDE QUE JOSÉ DANIEL NO REGRESÓ A LA FABRICA, cuando Jeff Buthers recordó a su prima Judith decirle que “ojalá le partiera un rayo”, y en efecto, le cayó uno, pero no lo partió en dos como esperaba la prima. 

Acordó con el gerente de diseño de la textilera, salir temprano rumbo a Huancayo, un viaje de seis horas y estaba más que satisfecho de las muestras de lana de Alpaca que le enviaron. 

Mientras viajaba, iba pensando en los diseños que se podría hacer con los colores y texturas del material y en la ciudad “La incontrastable”, conseguiría los insumos necesarios: «lana de alpaca pura», para asombrar al mundo. 

Recordaba la felicidad interior que sintió cuando en la fábrica textil aplaudieron su iniciativa, mostrando una nueva forma de vestir, con identidad andina. «Moda étnica», argumentaba. Ya saboreaba el éxito de la muestra en París, pese a los seis años de “gobierno revolucionario de las fuerzas armadas”, en el inicio de la nueva década: «estamos en 1974 y vamos rumbo al 2000 y eso es una meta: Perú para el mundo», recordaba las palabras de Mr. Herbert, el Gerente Inglés, el último sobreviviente de una generación pionera de la textilería de Ate Vitarte. 

En su cabeza retumbaban las veces de los profesores del Politécnico de Londres llamarlos «los Incas» a los estudiantes peruanos, aunque él solo recordaba de sus raíces ancestrales, solo aquello que le dijeron en el colegio, en las clases de historia y nada más. Pero ahí estaban, en su mayoría, chinos, indios y peruanos, tratando de manejar las complicadas máquinas de tejer, únicas en el mundo, y que eran exportadas a Hong Kong, Nueva Delhi y Lima, con la esperanza de que en esos lugares salieran prendas novedosas, que sus pares ingleses pudieran comercializar, y enfrentar a sus competidores parisinos, que les llevaban siglos de experiencia y buen gusto. 

Londres - Reino Unido, 1968 

Mientras el bus tomaba la carretera, Jeff pensó en sus amigos, sobre todo, en José Daniel. Aprendió de él su capacidad de ermitaño antiguo. Vivir en Londres fue así: rodeado de muchos ingleses. Aunque Jeff era descendiente directo, su acento delataba que era de otra parte, por lo que hacía tiempo, había dejado de ser inglés. 

Condenado solo a hablar con sus amigos de la pensión en castellano y solo con chinos e hindúes en inglés, su acento latinoamericano, los colocaba a ambos en algo así como extraños, «huevo frito en ceviche», se decían Jeff y José Daniel, mientras reían y mandaban postales de los lugares que visitaban los domingos libres para hacer turismo “sudaca”: castillos medievales, plazas y parques que estaban ahí, intactos, desde antes del descubrimiento de América. El museo de la ciencia, el árbol de manzana y el péndulo de Newton, pensando en el de Foucault, y de sus escapadas al Piccadilly Circus o a la Torre de Londres, después de querer que una turista francesa “atraque” con él, en la salida del subterráneo de Trafalgar Square. Pero nada como el Palacio de Buckingham: una maravilla, un coloso en la ciudad. 

De pronto, sintió el eco característico cuando se pasa dentro de un túnel y recordó las veces que viajaba en el histórico metro de Londres. Miles de personas refugiadas en su interior durante la Gran Guerra, cuidándose de las bombas nazis. De la extraña sensación de calor que hay en esos lugares, aún con el frío o la neblina intensa, tan característica de la ciudad. Como la que veía en frente, ahora, en la carretera, con las nuevas luces neblineras amarillas que alumbraban apenas sombras, pues no alertaban de las imprevistas y traicioneras curvas caprichosas, que la carretera dibujaba en los cerros de la sierra peruana. 

Pero el secreto que llevaba Jeff dentro, es que en esos túneles veía gente muerta, como si estuviera viva. Ya estaba acostumbrado a verlos de pie, sentados, caminando y solo podía diferenciarlos porque los pies nunca tocaban el suelo. Imperceptible, pero fue la única manera de no seguir con el apodo de “caza fantasmas”, que le decía su abuelo, quien tenía el mismo don. 

De alguna manera Londres se había convertido en una nueva vida, una segunda oportunidad. Al menos acá, los muertos vivos, no le prestaban importancia, cosa diferente en el Perú, donde sus ojos azul claros, lo delataban al instante como si fuera un bicho raro. 

Carretera Central, 3 de octubre de 1974 

Una estrella fugaz alumbró la noche opaca, y regresó de inmediato a la carretera central. « ¿Un platillo volador?», hubiera querido ver en ese momento. Cuando, sin presagiarlo, el motor del bus empezó a fallar. Las luces parpadearon por un momento y luego, se detuvo. Jeff no estaba asustado; sabía de mecánica, era ingeniero textil, mancharse las manos no era nada, así que bajó con el piloto y copiloto a ver qué pasaba. «Abra la tapa del motor si es tan amable», se dijo. «La flema inglesa se me ha pegado, creo… Si sigo así, va a creer que son afeminado», pensó y sonrió levemente, medio en serio medio embroma. 

Una hora después, despertó. El bus estaba completamente calcinado, pero sin arder ni señal de incendio. 

Los pasajeros pudieron salir a tiempo, pero, por una extraña razón, todos estaban en silencio, mirando asombrados a Jeff, mientras trataba de incorporarse del suelo. Tan pronto terminó de recordar, un camión lo transportaba rumbo al hospital. 

- Suerte que no quedó achicharrado, joven, -dijo el conductor. 

Jeff no recordaba lo sucedido ni cómo había ido a parar encima de ese vehículo que ni si quiera era una ambulancia, que lo estaba llevando al hospital de Huancayo. 

Años atrás conversaba consigo mismo, pero ahora era ridículo. Tenía una segunda persona dentro de él. «Tranquilo, que eres hombre nuevo y una misión que cumplir». Al escuchar esa frase supo que ya no conversaba consigo mismo; había otra persona. Pero no se preocupó, al igual que los sin pies que abundaban en el metro de Londres, a este también los anularía dejándolo hablar solo, como si no existieran, sin hacerles caso. 

- Eres único en el mundo… 

- ¿Quién dijo eso? – Exclamó y el conductor le respondió: 

- La radio, joven, la radio. Mañana celebramos un año más de la revolución del 3 de octubre. 

«Es bueno guardar silencio ahora, José Daniel, la gente común no entiende de estas cosas», le dijo la voz en su interior, que hablaba de otro modo, y Jeff no estaba asustado; más bien desconcertado que en lugar de solo verlos caminar, ahora le hablaban directamente a su cabeza. 

- El sol, ¿dónde está el sol? – exclamó Jeff, como acordándose de algo 

- Ya va a salir, joven… Está amaneciendo – le respondió el conductor, mirándolo como extrañado, y preguntó:- ¿Le cayó un rayo, no, joven? 

Jeff aún tenía un recuerdo vago del suelo cuadriculado como mesa de ajedrez, la vez que lo invitaron a la logia masónica de Londres. Estaba desconcertado, creyendo estar en dos lugares a la vez. Nuevamente vio el salón principal, la luna, las estrellas, el piso: «pieza negra o pieza blanca, depende en que cuadricula te encuentres», recordó. Luego los tres pilares y el libro del Rey Salomón. 

No se refería al sol, al astro rey, sino a que en el salón de los masones no había sol, y eso le extrañó, como si en ese recinto existiera en su memoria antigua; como antes de la fundación del mundo; antes de que alguien dijera «Hágase la luz». Eso lo hizo desistir de continuar como iniciado en el culto de la masonería. Para Jeff, eran extraños, casi ridículos. Desde su iniciación, caminar vendado, con una pierna descubierta y el sonido de las espadas, le trajo a la memoria algo que no solo no podía recordar, sino que simplemente, no quería hacerlo. Tanto así, que no sabía realmente el por qué debía olvidar una especie de vida pasada que volvía a recordar con precisión, pero que en el fondo prefería olvidar. 

- ¿No recuerdo nada, joven? – le dijo al conductor, por decir algo. 

El chofer lo miraba sin extrañarse: 

- Acá, en la sierra, cuando a un campesino le pega un rayo, es señal de buena suerte. Aunque, la verdad, otros dicen que se vuelven brujos o terminan locos. 

«El universo, cuando solo existía el cielo y la tierra», recordó Jeff en lo más profundo de su ser y empezó a cubrirse de un temor inexplicable. Volvió a experimentar la luz blanca y ribetes rojos, y el trueno posterior que, en lugar de romperle los tímpanos, se los agudizó más. Ahora escuchaba hasta el sonido de los grillos y cada pájaro que cantaba en pleno amanecer y hasta las patas de la cucaracha en los rincones del camión que le servía ahora de ambulancia. Luego, esa sensación de levitar en donde una hora pasa dentro de un segundo y un segundo es una hora. Recordó el salón negro, los masones, las estrellas y la luna, entonces, lo vino todo de pronto. 

Vio a mismísimos Rey Salomón abriendo el portal del infierno y dando órdenes a los seres que le obedecían sin pestañar… Se asustó y empezó a temblar, pues volvió a ver a los 72 amos del inframundo. 

- Tranquilo, joven, ya llegamos. Descanse – Dijo el chofer, con claro entendimiento de una experiencia de partirle un rayo, al “pobre joven”, y no morirse. 

Y otra vez las visiones de un “gigantes” que llevaba en sus manos una fuente hecha de piedra carbunclo, oro, esmeraldas y zafiros. Una luz poderosa coronaba su cabeza. Muchos obreros esculpían la piedra y cantaban sin júbilo alguno. « ¿Cómo se puede cantar sin estar alegre?», se preguntó, sin hallar respuesta. Luego la luz devoraba las piedras. Él era uno de los millones de portadores de las ofrendas que debían entregar. Luego, todo quedó en penumbra como un eterno atardecer. Pirámides ancestrales se erigían en el horizonte y la esfinge mirando, como aguardando un Sol que no llegaba nunca. El sacerdote del templo mayor de Salomón, la diseñó a imagen y semejanza del coloso, que no era el creador de los cielos ni de la tierra; sino su poderoso Arquitecto. Todos estaban sometidos a un poder invisible, en éxtasis”. 

- ¿Una sopita de rana, joven? – dijo el chofer, deteniendo el camión frente a un restaurante de carretera, a las afueras de Huancayo. Jeff bajó sin pensar. Solo recordaba la noche y las estrellas, en las que iban apareciendo una, por cada piedra preciosa ofrendada minutos antes. Solo sabía que debía buscar una interpretación en las intrincadas formas y distancias en las que aparecían en el firmamento. 

- Una sopa de rana, para hasta los pelos, joven –, seguía el chofer, tratando de convencer a José Daniel de probar su plato preferido, seguro que la emergencia de llevarlo al hospital era innecesaria. 

Nuevamente la visión de ver que cada quien hacía dibujos en la arena recubierta de polvo de cobre. Uno a uno, seres inexistentes aún, iban apareciendo. Arañas, monos, reptiles y millones de animales no creados, pero que estaba en la mente de esos hombres. «Solo usa una pequeña parte de tu cerebro, Jeff, la otra parte está oculta y el óxido del tiempo la desvanece, hasta inutilizarla. Recupera tu pasado de 15 mil años, es lo que debes hacer». Nuevamente la voz lo sobrecogió y entonces, en medio de esa penumbra, de astros y estrellas que apenas alumbraban, apareció un astro incandescente. Nada volvería a ser lo mismo. El planeta perdió sus ocho movimientos y solo quedó cuatro: rotación, traslación, elíptica y pendular. Jeff regresó en cuanto el Sol apareció por las cumbres, radiante. 

- Pruebe su sopita, joven; después piense en médico – Decía el chofer mientras Jeff veía la campiña, su verdor, el río alimentándola y el amable frío del amanecer andino, lo animaba a tomar la sopa de rana. 

- ¡La luz, hágase la luz! – dijo en voz alta. 

- ¿Usted es cristiano evangélico, católico apostólico y romano?, no me decepcione joven, o no lo dejo subir a mi camión. Yo soy nieto de sindicalista, comunista convicto y confeso, joven. 

«No hables en voz alta, Jeff, te van a creer loco», la vocecita le recomendaba eso, mientras recordaba la negritud del infinito volverse de otro modo. Las minas del Rey Salomón, el oro y las piedras preciosas, de fuego del horno y fundición, se iban apagando. Una nueva especie verde llamadas plantas, surgían ahora de cualquier parte y el frío de la noche era más amable hace 12 mil años. 

- Pronto llegaremos a Huancayo… - y resolvió-. Parece que el rayo le ha afectado mucho, ¿no joven? 

Jeff estaba aturdido. Con la mirada perdida en millones de años atrás, supo que todo lo que la mente humana piense y pueda crear, se hará. Eso los liberó de los socavones, que a veces es la propia mente humana. Y, mientras bajaban por la carretera, sentía el frío seco de los Andes, «enfrenta al gigante, ahora», escuchó en su cabeza. 

- Debo bajar a Marcahuasi… ¡Ahora! –dijo desesperado Jeff. 

- Ni con helicóptero, llega, joven – respondió el chofer medio respuesta, medio contestando una orden. 

- Yo sí, - le dijo un corredor de los caminos del inca que regresaba a la capital, que hacía tiempo los observaba desde su mesa. 

- ¿De verdad? Vamos, entonces, no hay tiempo que perder. –dijo Jeff sin reparar en nada. 

- Permítame presentarme: me llamo Henri Bradley, y tengo mi Ford Score mejorado, todo un campeón inglés de Los Caminos del Inca. 

Tomaron la carretera a Lima a las 5:55 de la mañana y una vez llegado a Ticlio, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar, el auto empezó a bajar a casi 170 kilómetros por hora, sin reducir velocidad en las curvas. «Yo te protejo», escuchó la voz en su cabeza, y Jeff ya no tenía tiempo para sentir miedo, mientras el loco conductor gritaba con tanto entusiasmo, que parecía piloto de un mustang caza bombarderos alemanes. 

Las marchas de soldados de ejército que circulaban por la carretera, buscando emplazamientos en las plazas principales de los pueblo de Matucana y Surco, celebrando el 3 de octubre, día de la Revolución, obstaculizaron su marcha. 

Luego de subir una pendiente, llegaron al final de la trocha. 

- Hasta aquí podemos llegar, amigo Jeff. El resto lo tendrá que hacer a pata. Yo lo espero – Le dijo el corredor de autos. 

Eran ya la 9 de la mañana, en menos de tres horas Jeff se encontraba subiendo entre las rocas del bosque de piedra de Marcahuasí, corriendo como loco, como si conociera el camino. De pronto, frente a él estaba un sujeto tapado con una manta inca, con diseños ancestrales que impresionaban de solo verlos. De entre la capucha, se veían unos ojos rojos encendidos. «Quítale la chacana, Jeff, la Chacana», escuchó a la voz interior. 

- Es inevitable – alcanzó a decirle el extraño, cuando se puso de pie, manifestando su real tamaño. Casi 3 metros de altura. 

Jeff se llenó de fuerzas entonces, las mismas que sintió el día en que el gigante Netarael le dijo en ese mismo lugar, hace 12 mil años, poniéndose de pie: 

- Nunca serán mejor que nosotros, son simple humanos: carne y hueso. 

Fue cuando la tierra se derritió ante los pies de los gigantes y fueran convertidos en piedra en la isla de Pascua, y el resto, sepultados bajo 4 kilómetros de hielo en la Antártida. Jeff lo recordaba todo como si lo hubiese vivido, como si el rayo alcanzara activar todos los recuerdos escondidos en su mente. 

Cuando el gigante alcanzó a dar el primer golpe, la tierra empezó a temblar. Uno tras otro el gigante trataba de aplastar a Jeff mientras él atinaba a lanzarle rocas. «Toma la piedra de cuarzo», le dijo la voz. Una pequeña roca puntiaguda apareció en su mano, y solo atinó a tirarla contra su enemigo. 

El cuarzo apenas golpeó el pecho del gigante y cayó a sus pies. En uno segundos, empezó a hundirse en medio de un lodo mágico, atrapándolo entre las rocas. El gigante seguía golpeando el piso con su chacana, mientras clamaba a los Apus para que cayeran sobre Lima. Jeff atinó a acercarse por detrás, arrebatándole la chacana, al tiempo que el gigante se hundía más y más, hasta desaparecer. 

Totalmente exhausto, Jeff Buther regresó por donde vino. Henri, fiel, lo esperaba: 

- Menudo temblor, parece que fue terremoto. La radio no se escucha por acá –Le dijo, y preguntó intrigado-: ¿Vio a algún marciano por ahí? 

- En el camino le explico, amigo. 

Jeff subió al auto, chacana en mano, con ganas de regresar a la casa de su abuelo a ver si le explicaba algo acerca de todo lo acontecido, y guardar, como hacía siempre, esas cosas raras en la boardilla de la vieja casona de Barranco. 

Jeff recordaba insistentemente a José Daniel, compañero de la escuela textil en Londres. Desde el terremoto del 70 no se volvieron a ver. Jeff extrañaba las conversaciones a orillas del Támesis, en sus tiempos de estudiante y de los proyectos de llevar diseños andinos a la moda mundial. Algo se estaba perdiendo el mundo, algo tan antiguo como el Perú, como él, ahora, que debía explicar a alguien lo que le estaba ocurriendo en la cabeza. La voz que lo llamaba a combatir, a pelear, a mover los andes enteros y al mundo con él. 

Jeff Buther, nunca volvió a ser el mismo, desde aquel día. Debía encontrar a José Daniel pronto y buscar a una sirena de mar también. 

Mientras iba pensando, afirmaba más que el Creador no era el arquitecto del universo. Que alguien más “se paseaba entre piedras de fuego”, y negaba su calor a quien no le servía. Jeff recordaba que, las madrugadas en Londres, eran claras de luz solar hasta la media noche; esa danza cósmica de la tierra, que asegura luz solar y calor, a todo el planeta sin restricciones. Recordaba la mano invisible que protegía el planeta entero de las tormentas y rayos estelares que podrían acabar con la raza humana en un segundo, ser detenidas mágicamente, la primera vez que observó la aurora boreal. Y la Luna, con sus heridas, producto de miles de rocas estelares estrellándose en su superficie, mientras la tierra permanecía intacta, al punto que si pasara una sola, jamás tocaría tierra. 

«Somos los guardianes, Jeff», le dijo la voz. «Y ahora eres uno, como nosotros» 





VES, 26 de mayo de 2019 

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