domingo, 15 de septiembre de 2019

Alvín Smorath, cazador de demonios








Barranco, otoño de 2019



En otoño, Barranco se llena de un paisaje especial: el acantilado se deja ver a medias, cubierto con una neblina andante en la mañana, una ciudad sin sombra al medio día, un sol pálido al atardecer, y una llovizna persistente en la noche, que ilumina sus calles y lava el polvo de las hojas caídas de los árboles, como negándose a morir. Las cuatro estaciones juntas vistos en un solo día. Es un placer darse una vuelta por el malecón, subir por la alameda rumbo a La Espiga de Oro, y tomarse un café acompañado una torta helada, o un par de empanadas de pollo o carne, la espacialidad de la casa.

“Ex Presidente Alan García se suicida”, alcanzo a leer el diario de la mañana, lo que el día de ayer anunciaban por los canales de televisión en directo. De pronto, veo la estatua de Neptuno, frente a la casa donde vivió el ex presidente con su familia. Casi lo imaginó salir rumbo al colegio Eguren, con sus libros de secundaria, de filosofía, álgebra, literatura… Su uniforme comando y sus galones rojos.

EGUREN: Este Gorila Uniformado Requiere Elementos Nutritivos - Las siglas de egurino, que dan risa.

Y bueno, los tiempos, la casona, el rey Neptuno y de pronto recuerdo un hecho de fines de los años setenta…

Barranco, verano de 1976

Luego de que la policía abriera fuego contra el “loco de la antorcha”, como apareció en los titulares de los diarios, medio Barranco estaba consternado por el episodio. Ese día se encontraron al final de la alameda Sáenz Peña, Joaquín Bernales e Isaac Maizel, sentado en una banca, comentaron el brutal episodio.

- ¿Qué pasa, amigo Isaac? ¿Triste por la muerte de su amigo Alvin?

- Alvin no tenía amigos… Alvin era un elegido, un enviado.

- Usted lo conocía bien, ¿no? – Dijo el viejo hacendado expropiado por el general Velasco, esperando la muerte llegar, en la solitaria casona con vista al mar.

- Tanto como para escribir su historia -, dijo desloado Isaac.

- Cuente, cuente, que tengo el resto de mi vida para escuchar….

“Alvin Smorath era un partisano sobreviviente de los campos de concentración de la Alemania nazi, gracias a sus conocimientos de la cábala. El mismo Heinrich Himmler lo protegió desde el día que le descifró unos cálculos matemáticos hallados en un antiguo pergamino del Rey Salomón, y que le permitiría fabricar la bomba atómica, así como Velefor le dictaba los diseños de sus máquinas de guerra para el propio Hitler. El problema siempre fue ¿dónde conseguir uranio enriquecido 235? Pero, lo que no podía adivinar el cruel inventor de la “solución final”, es que Alvin Smorath fue echado de la congregación de Rabinos en Polonia, por sus prácticas salomónicas, hechizos robados del mismo Dios Amun Rá, y que eran proscritos por el propio sanedrín y el Consejo Supremo de los sabios de Sión, por ser las artes mágicas de los sacerdotes egipcios que enfrentaron a Moisés, convirtiendo casi cualquier cosa en serpientes. 

- Ah ya, la historia del callado de Moshe y la mano leprosa –Interrumpió don Joaquín.

“Más por adquirir sabiduría que por miedo, –continuó hablando sin escuchar el viejo Isaac- Masones, Rosacruces e Iliminatis, respetaban a Alvin Smorath, pero Alvin Smorath sabía que ninguno de ellos sería digno de conocer y menos, de tratar son 72 demonios atrapados por Salomón y sueltos por el “bestia de Nabucodonosor”, me dijo alguna vez, en medio de su amargura.

“La misión de Alvin era atraparlos uno a uno, y esconderlos en un lugar donde ni el mismos Hitler los pudiera encontrar. Aprovechando una sesión de cábala con los jerarcas nazis, y en pleno trance, escapó a Austria y luego a Hungría, donde se convirtió en un partisano, guerrillero bajo al mando de Josip Broz Tito, y, aunque todo el mundo sabía que era judío, ningún esloveno, croata, bosnio ni algún inefable macedonio, se oponían a su capacidad guerrillera de matar uno a uno, a cada nazi en los campos de batalla. Era un artista sembrando trampas y emboscadas al enemigo en la jungla de Hungría.
Alan García y Alva Castro...



“Ayudado por brujos de Escandinavia, cuando llegó el día de la liberación y se unificó Yugoslavia en una sola nación, Alvin Smorath viajó a la Argentina en un barco pesquero finlandés. En el mar del Norte, cambió de nave por uno mercante con dirección a Uruguay. El capitán del Barco era Hosh Siguars, sueco con familia en el norte de España, con quien pasaron muchas noches conversando y aprendiendo algo de castellano, necesarios para llegar a América del Sur. Aprovechaban sobre todo la noche del medio día, en el mar del norte, donde el sol en verano nunca se oculta. 

“En el pináculo mayor de una noche iluminada, con el sol frente a ellos en plena media noche, Alvin Smorath le relató cómo sembró a los alemanes para que empezaran a destruirse. Mientras usaban la cábala oculta del segundo libro de Salomón, les dictaban los planos de la B2, aviones teledirigidos, incluso el motor a chorro y la miras de los tanques alemanes que pulverizaban a los Sherman americanos, hizo hablar al Rey Paimon, para el dominio de los elementos de la tierra y el cambio climático, y cómo usarlo como arma de guerra. Distraídos en intentar entender y luego dominar los hechizos, dejaron de fabricar armas más poderosas. Gracias a eso, ingleses, americanos y aliados rompieron la hegemonía del dominio alemán en Europa, desembarcando en Normandía. 

“En los 30 días que demoró el viaje al Uruguay, el capitán Siguars se enteró más y más del combate espiritual de Alvin Smorath, ganando su respeto total cuando se desató una tormenta terrible, y el judío, con más paciencia que un santo, en medio de las gigantescas olas, ordenó al propio Paimon, abrirle un camino en medio del mar embravecido. A lo cual los elementos no obedecieron, sino que Rey Paimon trazó un camino, casi un sendero luminoso, en medio del mar.

“Cuando llegaron a Montevideo, se despidieron ambos con los ojos húmedos. Alvin le regalo un anillo con la réplica de la estrella de David, instrumento entregado a Salomón por los propios Ángeles, y el capitán Siguars le dio su anillo con la escuadra y el compás masón: “Ya no lo necesito”, le dijo. Alvin tomó con respeto el anillo del capitán y, apenas desembarcó, lo arrojó al mar: “Yo tampoco lo necesito”, se dijo, sin ánimo de ofender a su compañero de viaje, haciendo una venia al símbolo sagrado, pero inservible para su misión y propósito actual.

“Cuando llegó a Buenos Aires, y luego de asesinar a dos o tres oficiales alemanes que reconoció en la estación del subterráneo de la calle Perú, donde no dudó en arrojarlos a los rieles, se enteró que Perón hacía cábala y otros pergaminos, para dominar a la población. Un tal López Rega lo introdujo en las artes y oficios del gobierno del mal, el Rey Buer en persona, le dictaba los encantos del poder. “Abraza a tu enemigo, antes de mandarlo a matar… Llora en su entierro y promete castigar a los culpables”, le recomendaba. Y Perón nunca dudó. De ser el país “granero del mundo”, destinado a ser una potencia, el Rey Buer se encargó de destruir el país entero.

- Cuente, cuente, que eso me da escalofríos. ¿Cómo llegó Alvin al Perú?, ¿Cuándo, cómo, por qué, para qué?

- Alvín supo que ya nada podía hacer. Migrantes judíos llegaban por cientos y nazis alemanes también. El tiempo se encargaría de hacer lo demás. Luego decidió venir para el Perú, pues estaba enterado que el General Odría hizo un golpe de estado, y debía advertirle.

- ¿De qué?

“Que el general y su principal adversario, Haya de la Torre, eran Masones, y un enfrentamiento entre ellos, no valdría de nada. Así que buscó entrevistarse con él. Cuando lo logró, gracias a un judío amigo un tal Esparza Zañartu, compañero fiel en idas de “putas” con el general, a la casona de La Victoria, en calle de las Américas, le advirtió que no debía enfrentarse. Pero como ambos eran tercos, lo mejor era que su adversario se asilara en una embajada.

- Ah, pues, por eso Haya de la Torre pasó 5 años en la embajada de Colombia.

“Ese enfrentamiento hubiera sido peor que con el comandante Sánchez Cerro, pero ya Guision estaba suelto. El mal de la tristeza, de la desolación. “El mendigo sentado en un banco de oro”, Raimoni lo sabía muy bien.

- Ay, amigo Maizel, usted me está llenando de desolación y tristeza.

- Sepa que eso no viene de mí… -y continuó su relato.

“Luego de saber del terremoto de 1940 en Lima y de 1966, empezó a buscar a Purson. Debía estar disfrazado de una mascota diferente. No de perro ni de gato, sino de loro o mono. Un organillero era posible que lo escondiera de ese modo. Así llegó a Barranco, y se quedó en mi casa. Con los Honderman, buscamos al organillero venido de Argentina, español, que cargaba con él en forma de mono o loro. El carácter obsesivo de Alvin, hablando en lenguas en el parque municipal de Barranco, alertó a la policía que podía ser peligroso: “Un gringo loco, no puede ser ¿dónde se ha visto?”, dijo el comisario Florentino Quispe.

- Eso sí supe, que lo andaban siguiendo, hasta que lo vieron con la antorcha dispuesto a quemar una de las casas, no sé si de los Farmer o de los Buther.

“Alvin Smorath era un viejo sabio, pero necio. Sabía que el tiempo se le acababa, y lo primero que recomienda Salomón es mantener la serenidad y paciencia. 70 millones de años de sabiduría de esos 72 demonios sueltos, no son fáciles de controlar. Salomón casi se vuelve loco, siendo tan sabio.

- Quisiera que me contara acerca de los 72…

- Sería muy largo y quizás no lo entendería. 4 mil años venimos luchando contra lo mismo.

- Pero si ustedes nunca luchan, se iban sin protestar a las cámaras de gas en campos de concentración, se dejaban matar. Eso lo vi en el noticiero del cine Raimondi

- Justamente eso querían: enfrentar. Mantenerse ecuánime en medio de los ataque del mal, no es para cualquiera amigo.

“Alvin perdió todo: esposa, hijos, amigos, familia. No hablaba de ellos ni si quiera los recordaba. “Ya tendré toda la eternidad para eso”, decía. Nunca lo vi triste sino pensante; nunca una lágrima, sino un brillo en los ojos que nunca perdía, un fuego que se encargaba siempre de encender. 

- Me parece todo un relato de fantasía, en pleno 1980, amigo Maizel. A 20 años del 2000, iremos al trabajo en taxis voladores, habremos colonizado la luna, yendo de vacaciones a Marte…

“Alvin me habló de eso, del futuro pero no como usted lo sueña, como lo vende el cine o la televisión. Alvin iba a las logias y conversaba solo con los de grado 33, no para convencerlos de no ver el futuro sino hacerlo; quería orientarlos. “Y nada bueno sale de eso”, repetía una y otra vez, la sentencia de Salomón. Lo hacía para encontrar al organillero y su instrumento. Justamente aquí, en Barranco. Y cuando escuchó sonar la cajita de música, supo el lugar exacto… 

- ¿Y lo mataron por eso?

El mal anda protegido y a la vez vulnerable. Pero de los 72, nada como los 4 jinetes.

- Ah, verdad, los 72 demonios o genios que andan sueltos, ¿qué tienen que ver con los 4 que viene supuestamente del bien?

“Alvin me dijo lo mismo la vez que habló aquí, en Barranco, con el Judío errante y con Sueros, el bebedor de sangre. “Cuando veas 2 torres caer, comprobarás a los cuatro jinetes sueltos: la maldición de la sangre, una nación rica mendigar, una guerra espantosa lista a desatarse y la locura suelta de los muertos vivientes…”

- ¿Tiene algo de malo ver el futuro?

“El futuro, amigo, no existe: se construye. Haya de la Torre vio que nunca sería presidente, pero vio a alguien serlo dos veces. Él era Masón y dijo: “A mi muerte, la victoria”. El joven García era su delfín, sabía que sería presidente dos veces. La cábala se lo había dicho; pero como siempre, el mensaje no es correcto. No pudo intuir lo que vendría después. Por eso, la cartomancia, la quiromancia, las cábalas, deben ser tomadas sabiamente. A veces, ver el futuro es solo una verdad a medias. Puede que te guste, puede que no te guste, puede ser lo último que veas, tal vez.

Barranco, otoño de 2019

Recuerdo esa conversación con el viejísimo Bernal, algo loco pensaba, en plena crisis de 1989, de un tal Alvin Smorath, el cazador de demonios, sentados en el malecón con ganas de hacer nada, mientras el viejo tratando de contar su historia, que solo yo escuchaba a medias, disfrutando de esa tarde lejana sin apagón, sin balas ni bombas estallando, con el tiempo justos para acordarme y ver que las torres cayeron, que Venezuela rica en petróleo muere en medio de la pobreza mientras me pruebo una arepa y bebo una tizana; que el VIH ha destruido a dos tercios de la población del África meridional; que Putín y Trump, se pechan y que en el Perú ya no hay presidentes, que lo que vale 1,000 compran por 50; que el honor y la vida misma, no vale nada; que cualquiera te falta el respeto; que la mejor filosofía, es un meme bien dicho; que no hay televisión cultural y que la gente prefiere Netfix, con brujas y brujos a montones. 

Es cuando decido abrir las notas de Alvin Smorath que me dejó Joaquín Bernales. El viejo lo consideraba totalmente inútil porque estaba escrito a mano y en hebreo. Además sin valor, salvo una mocosa media bruja que le compró parte del capítulo de la cábala, y que terminó muerta por un ladrón, delante de sus hijos; que uno de ellos era él en lugar de ella, y ella él. Cosa rara. 

El señor Bernal terminó por guardar lo demás, porque nadie lo quería tener y menos leer, ni regalado, pese a sus gestión para que lo conservaran al amenos como reliquia, en la Sinagoga de la avenida Brasil; incluso estudiantes de la Torah, de la comunidad judía, mostraban rechazo si quiera a verlo. 


Años después, y sin darme cuenta, sin pensarlo, sin creerlo, abrí la primera página, empezando por la última y compruebo que puedo leerlo todo.

Alan García, retratado por Guajasamín, pintor ecuatoriano en Palacio de Gobierno.


Villa el Salvador, 23 de mayo de 2019


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