sábado, 14 de septiembre de 2019

Lupe, la loca




- ¿Te acuerdas de Lupe, la loca? –Dijo Arturo García a Dante Olivera, compañero de promoción del Colegio San Julián de Barranco, al salir de la reunión de colegas. 

- Eso fue hace 40 años, antes de la fiesta de promoción – Recordó Dante, flamante presidente del comité organizador del 40 aniversario de egresado de secundaria. 

- La volví a ver en junio, cuando fui a Roma a recoger a mi esposa. 

- Enfermera ¿no?, buena plata ganan allá – Respondió sin darle la menor importancia. 

- Sí, dijo Arturo – con un tono de voz, como cansado de guardar un secreto. Debía contarle a alguien – Lupe, ¿recuerdas a Lupe…? 

«Esa mañana llegué al aeropuerto de Roma muy temprano, así que dejé mi maleta en la estación del tren, antes de salir para Milán, a recoger a Flor. Tenía casi 12 horas libres así que decidí ir a dar una vuelta por ahí. Justamente, aprovechando un bus de turismo que llevan a la gente a pasear por la ciudad. Luego de pasar por las puertas del Vaticano, llegamos al Coliseo Romano. Un calor infernal de junio, las italianas bellísimas «Politos mojados…», y frente a mí, Lupe, la loca del acantilado. 

- Mira, ve ¿hasta dónde fue a parar? – Dijo Dante Olivera, pidiendo al mozo la lista del menú. 

No era ella, pero sí era ella. ¿Cómo te explico? Tenía la misma edad de aquel entonces. Salimos del colegio a los 17 y ella era mayor, 27 y andaba andrajosa por el borde del acantilado. Su piel morena y su sonrisa intacta, contrastaba con su vestimenta de mendiga y loca. Pero ahí estaba, en Roma. La llamé como un impulso, casi sin control: 

- ¡Lupe! 

- Si, Signore – me contestó. 

- Ala, ¿no me digas que tenía 27 años? Debería tener más 40, unos 67. ¡Choclona! 

Me contestó en italiano y cuando le pregunté si se llamaba Lupe, me dijo que sí, en perfecto castellano. Luego me contó que su madre era peruana, entonces entendí que era la hija de Lupe. Era hermosa como la madre, solo que tenía los ojos verdes del padre. En ella, era una gata, y de la madre, salvaje.

- Así, ahora recuerdo, se fue con un francés… 

Y terminó en Italia, porque al francés parece que no lo quería ni su familia en Francia, ni su esposa, la pituca hija del dueño de empacadora. Pese a ser contador, no daba una en la empresa del viejo, y terminó ninguneado, hasta que se metió en las drogas y acabó en la calle Caraz, comprando pasta al negro Ñeque, hecho porquería… 

- Pobre gringo…, con el cerebro hecho pastel. 

Me contó que Lupe y su padre se conocieron ahí, de vagabundos, y se regresó a Francia con ella, terminando los dos en Italia, de mozos, bailarines de música afroperuana, y cada cosa que se les ocurriera. 

- Aprendió de los peruanos: “si nos suena la barriga alguna cosa inventamos….” 

- Pero no era eso lo que quería contarte, promo, sino lo que me ocurrió con Lupe; no la loca, sino con la hija. 

- Cuenta, cuenta… ¿Unas chelitas? 

- Sale. 

«Me contó muchas cosas acerca de sus padres y que ella era anfitriona porque hablaba castellano, francés e italiano y algo de portugués. Y mientras me hablaba… 

Arturo miraba el mar inmenso y lejano, triste porque su enamorada le partió el corazón esa tarde, “que no iré a la fiesta de promoción, que un amigo te preste a su hermana, no le dan permiso, ¡punto!”, y mientras trataba de aceptar avergonzado, estar solo en la fiesta de promoción. Y, cuando estuvo a punto de llorar, Lupe lo llamó con la mano y le invitó un plato de ollucos con carne, que había guisado en su cocina de leñas, en su refugio en medio del acantilado. Al principio, no quería probar, pero ella le abrió la boca y le zampó una cucharada. Estaba deliciosos. Lupe le preguntó por qué tanta tristeza y él se desahogó terminando por llorar en el pecho de Lupe, algo que nunca pudo olvidar desde entonces. Solo sintió un gran alivio en aquella andrajosa, loca, que cocinaba rico, y los siguientes días y años, regresó tantas veces como pudo. 

«Me llamaba la atención los ojos verdes en una piel morena desteñida por la sangre del francés. La invité a almorzar y me llevó a una pequeña hostería, que vendía comida peruana. Yo por su puesto, quería comer pizza italiana en Italia, y no ir allá para comer lo mismo. Pero ella insistió, que la comida de sus ancestros era cara y que si le invitaban “debía aprovechar”. Me pedí unos tallarines verdes con apanado, que resultó algo así como tallarines al pesto y ella, un ceviche consistente y ají de gallina. Me encantó un detalle de ella. « ¿Cuál?», me dio de comer de su mano, el ají de gallina, como lo hacía Lupe… 

Arturo le llevaba azúcar, arroz, a veces papas y latas de atún que robaba de la despensa de su casa. Lupe, agradecida, cocinaba para él manjares de dioses. Mientras él no podía creer que de esas ollas viejas, quemadas, a fuego de leña, saldría sabores y aromas increíbles, dignas de un Virrey o Presidente de la República. Por eso no sentía pena que su madre reclamara que ahora se gastaba más, que parecía “que alguien me está robando la comida de la casa”, sin quitarle la mirada de encima, y él: «Sí, mamá, no puede ser, de repente la muchacha se la está llevando, ¿no?» Tratando de disimular las pérdidas, a los que pronto repuso haciéndose vendedor de artículos de oficina para la librería El Misti, con lo que ganaba ahora, cubría las desapariciones de casa y hasta le llevaba carne de res a Lupe. 

«El tiempo con Lupe en el almuerzo, pasó volando y entre vino y vino, debía regresar a la estación, sacar mi maleta del casillero, y tomar el tren a Milán. Mi esposa tenía el e-mail con el aviso de mi llegada, pero Lupe, sonriente, dientes blancos, labios iguales al de su madre, un recuerdo de sus 27 años… y bueno… 

Pese a ir a la fiesta de promoción con la hermana de un amigo, Arturo se sintió desolado. Se olvidó de todo y en plena fiesta, salió a la alameda y enrumbó hacia el acantilado cuando vio a Lupe. Parecía que lo esperaba y él no tenía nada en las manos, salvo la orquídea que no quiso darle a su pareja de baile, y la guardó en su bolsillo, aludiendo que se le había olvidado. Lupe lo merecía, así que ella, al ver la flor, extendió su brazo hacia él, que sin dudarlo, se lo puso. Ella lo tomó de la mano y lo condujo por el sendero del cerro, hacia los matorrales llenos de flores rojas de verano. A la luz tenue de la fogata de la cocina, que iluminaba el refugio a través de los arcos formados por dos ladrillos. Lupe, la loca andrajosa, lo llevó al paraíso. 

- Oe, me dijeron que te tirabas a la loca – lo empalmó Dante en el aire, como bajándolo de las nubes y colocando el vaso de cerveza vacía sobre la mesa. 

- Y no sabes cuántas veces, promo, y lo que muchos no querían averiguar es qué era lo que Lupe guardaba debajo esos harapos andrajosos y sucios. ¿No sabes… ni tienes idea? 

«Fuimos luego a recorrer la ciudad a pie y llegamos a la Fontana di Trevi. Una belleza. La fuente de la vida. Me contó que «en ese lugar, una condesa, Carlota de México, después de entrevistarse con el Papa Pío IX, empezó a delirar. Acusaba a todos que la querían envenenar. Solo tomó agua de esta fuente, antiguo acueducto de la roma imperial, y volvió a la cordura». Yo encantado por el tono italiano de su castellano, algo musical… Saqué un sol y lo tiré a la fuente. «Questo non è fatto, signore», me dijo, y me dio de tomar agua de su boca… 

- ¿Nooooooh? ¿Te besó la mocosa, -bueno, 27 años no es mocosa-, pero para tus 56, puede ser tu nieta… No; nieta, no: ¡Sobrina! Tampoco, tan poco. 

«Confieso que algo pasó. Me veía de 17 años, totalmente idiotizado, embelesado, un mocoso llevado de la mano por esa chica extraña, hija de Lupe, mi Lupe, la Loca Lupe. Y bueno, ella también era algo loca como la madre, ¿no? Y seguimos caminando por la ciudad de Roma, donde la gente ni se percataba de mi edad y la de ella; parecía algo normal. En Lima, me hubieran pulverizado, gritado “viejo verde o chibola cojuda”. Pero estaba en Italia, así que fuimos a museos, tomábamos café helado al paso, gelatto di albaricoque, que no sabía ni que era albaricoque, y ella sí. Ella lo sabía todo. Llegamos al camino de San Pedro, por donde el «Santo regresó cuando Jesús lo llamó cobarde», me dijo ella, entonces la abracé y besé como a Lupe, con mis 17 años de aquel entonces. 

- ¿Ahí no más, en el suelo? – Exclamó asombrado Dante. 

Arturo sentía el calor punzante de sus dedos terminados en uñas suaves, como cascabeles de perla, mientras le llevaba a su lugar secreto, inexpugnable. Lo tumbó de espaldas en su colchón que hacía de lecho nupcial. Ella se desnudó completamente, mostrando su cuerpo de Diosa, algo que ocultaban sus harapos a la vista profana. Se imaginó a Elizabeth Taylor haciendo de Cleopatra, y él, Julio César, no, no: Marco Antonio, luego de vencer en la Galias. Exhausto, con miedo temblando entre sus piernas, mientras ella, mirándolo de arriba hacia abajo, sometiéndolo, aplastando su cuerpo indefenso, total… 

- Qué tal experiencia, promo… 

«Estuvimos en el hotel toda la noche, y no quería dormir, no al volver a tener 17 años con Lupe, solos, sin tiempo, sin espacio… 

- Sin edad, vejete verde… 

No me sentía viejo en ese lugar; al contrario, ni me veía viejo cuando echaba un vistazo a los espejos de la habitación. Tenía la fuerza que nunca tuve. De pronto, me vino el olor a mar, el viento tibio del acantilado, el perfume de las flores de hierba mala y el kikuyo de la enredadera de las faldas del acantilado, el sonido de los chorrillos de aguan deslizándose por el cerro. Barranco, yo y Lupe, en Roma… Cada vez que quería hablar, me cerraba la boca con un beso, y volvíamos a empezar… Hasta que no pude más… 

- Te despertaste, ¿era un sueño? ¿Te moriste? 

- No, pues, me quedé dormido. 

- ’tas viejo – dijo riendo Dante Olivera. 

A la mañana siguiente ella no estaba. Mi celular tenía 40 llamadas y 39 mensajes de texto, «qué dónde estaba, que me esperaba en la estación, que era un desconsiderado, que perdía un día…» Era mi esposa, y yo en Roma, sin haber tomado el tren, solo por estar con Lupe. 

- Y Lupe: ¿Dormida?, ¿bañándose?, ¿en la cocina? 

- Ella se fue... 

«La fui a buscar al Coliseo Romano, a ver si la estaba haciendo de guía turística y no la encontré. Pasé por la hostería y fui a la Fontana. Ahí estaba. Respiré hondo y me acerqué a ella. 

- ¿Te la volviste a chapar? – Apuró Dante dándose un trago de cerveza. 

No, nada de eso, me trató como si nunca lo hubiera conocido. Intenté insistir, pero había un par de policías que ya se estaba acercando, y me hice el loco, que hablaba por teléfono con mi esposa. 

- ¿Se hizo la loca, como su madre? ¡Te ignoró jo jo jó! 

No, no era loca; se hacía la loca. Lupe le devolvió algo perdido a sus 17 años y devuelto nuevamente a sus 57: su virilidad, su hombría, si acaso su propia identidad. O quizás la simple sensación que da el amor puro, de existir para alguien más y no solo para él y las responsabilidades de la vida, los hijos, la familia. A lo largo de cinco veranos consecutivos, Lupe fue su compañera hasta que llegó Flor. Arturo dejaría de ser el extraño que desaparecía de las fiestas en la madrugada borracho y regresaba cuerdo y feliz, a la mañana siguiente. Se casó, tuvo hijos, y su esposa en Italia, tratando de hacer dinero, para que ambos fueran, al manos una vez en la vida, a Venecia, como el sueño de bodas incompleto hace más de 30 años. 

- Bueno, amigo, toda una aventura. La próxima semana es el reencuentro de promoción. 

- 40 años. Tiempo de salir del desierto ¿no? – dijo Arturo soltando un suspiro. 

- Y tu mujer, ¿no se enteró? 

- Jajaja, me dijo: ¿cuidadito no más que te hayas encontrado con una bruja de esas que abundan en Roma. 

Ambos amigos se despidieron y Dante Olivera no podía no podía sacarse de la cabeza la experiencia de Arturo: «Y sí, quizás mi viejo amigo imaginó todo eso o tal vez haya sido un sueño que lo agarró de improviso en la banca de la estación de trenes rumbo a Milán, a recoger a Flor. Que el reencuentro, con Lupe en Roma, solo fue alguien que se parecía a Lupe, la loca del acantilado de Barranco; y esa “otra” Lupe no era la de hacía 40 años atrás, aunque fuese idéntica… «Par de brujas, par de locas totales, las dos», pensó, Dante sonriendo sin querer. «Pronto, sintió miedo que solo hubiera ocurrido en su cabeza de viejo, por lo que mejor creer que su amigo no tenía alzhéimer o algo peor. Era mejor creerle que todo fue verdad, que ella apareció en el momento preciso, en su instante de quiebre crucial y necesario; de un querer “algo más”, que solo Lupe era capaz de adivinar, con su alma de loca, como aquella tarde de colegial sin rumbo con el corazón roto en el bolsillo, necesitado a alguien urgente se lo pueda remendar», se alivió Dante que su amigo no se hubiera vuelto loco. Cruzó la tranquera de la Encantada, rumbo a su casa. «Y bueno, sí, estamos en la edad en donde aquellos remotos día, y de forma sobrenatural, en Roma, mi amigo Arturo volvió la vida entera a devolverle algo que ni si quiera se daba cuenta, había perdido. La quinta esencia de su propia vida, la que lo salvaría por segunda vez, con una medicina antigua, que solo alguien con alma de alquimista y mente de loca, podría suministrarle directo a la vena en forma de Lupe». Y mientras seguía pensando en la experiencia de su amigo, deseó en el fondo de su alma, tener una experiencia igual. 

- Lupe – se le escapó en forma de suspiro a Arturo y continuó su vida como si todo hubiera pasado, soñando con regresar a Roma cuando cumpliera 50 años de egresado del colegio:- « ¿Por qué no?» - se dijo a sí mismo y se fue silbando, haciendo planes otra vez, como si algo o todo a la vez, comenzara de nuevo. 





Ves. 05 de junio de 2019.

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