Che Carlitos era hijo de un mecánico de la marina, cuya fama se la había ganado a pulso, afinando y comprendiendo los motores diesel de combustión interna, mientras que los demás decían que los barcos a gasolina eran mejores. Pronto fue muy diestro en el desmontaje y remontaje de motores de barco, los pistones y las válvulas, el monoblock y el cárter, con su mar de aceite que llevan dentro, necesarios para mover un enorme barco de 180 toneladas, cuyo motor era diez veces más grande que el de un auto normal. Para él, era cosa de patriotismo: «Qué vergüenza sería quedarse varado frente a las playas de Valparaíso, seríamos el hazmerreír de los chilenos, esos mierdas», se decía. Y, aunque estaba feliz con su carrera, tuvo que abandonarla desde el día en que visitó los baños de Barranco y se enamoró de Petronila Balandra, chorrillana conocida por todos, la que le preparaba unos pescados fritos, con cebolla y tomate, y un puntito de ají amarillo, que levantaba literalmente muertos, tanto como su pariente que nadaba 40 kilómetros hasta el Callao, para llevar cartas a los patriotas, y también a una “enamorada que él tenía allá en un solar de La Punta”, según relatos familiares.
Pronto, che Carlitos aprendería de su padre el oficio de pescador improvisado y olvidarse del oficio de mecánico de motores de barco, por amor. Ahora, debía remar o izar una vela destartalada para salir a pescar desde el muelle de Chorrillos, -porque Barranco no tenía muelle- y porque en realidad, pese a tanto mar en la bahía de Lima, barcos, no pasaban por este lado, salvo el que se hundió en la playa de la Herradura, pensando que una fogata encendida por algunos indigentes que vivían en esos tiempos en el Morro Solar, era en realidad la entrada al puerto del Callao, y mientras asaban sus pecados en una fogata, encallaron, para la risa de los marinos expertos y para la gloria de los rescatistas, lo cuales al final de la jornada, solo indicaron que nada se pudo salvar, pero ese verano, todos amanecieron ricos y abundantes, con cosas tan extrañan como un telescopio, que se convirtió en un negocio redondo para ver la luna desde el morro o una que otra calata indiscreta la noches sin luna, por un “gordo” de 20 centavos el minuto.
Che Carlitos vivía con sus padres a los pies del Morro, a la entrada del barrio de Armatambo, en una casita hecha de madera de todos los tipos y de todos los tamaños, que su padre coloreaba con pintura de barco de todos los colores. Decía que era como vivir en el barrio de la Boca, en Argentina, y que así sería su casa, un pedacito del barrio que tanto extrañaba, la única vez que fue a recibir instrucciones de unos mecánicos italianos y alemanes, que decían ¡Heil Hitler!, a cada rato y ¡Salute Duce!, a lo que él respondía con una sonrisa mitad en español y mitad en italiano, repitiendo lo mismo, mientras que para sí mismo se preguntaba en perfecto español peruano «¿Y quién chucha será ese, duche de su ma’re?».
Entonces, Che Carlitos, sabiendo lo mucho que le gustaban los tangos a su padre, se consiguió toda la música que pudo, y, en su tocadiscos de cuerda y discos de piedra pizarra, los escuchaba una y otra vez, hasta que la aguja se gastara, y él siguiera oyendo como si fuera el propio Carlos Gardel, quien se la cantaba en su habitación. “Caminito que entonces estabas, bordeado de trébol y juncos en flor, una sombra ya pronto seré, una sombra lo mismo que vos”. Y la gente le pagaba veinte centavos por canción, pero che Carlitos tuvo que parar el éxito musical, porque Felipe Pinglo llamaba al tango música “extranjerizante”, y José Carlos Mariátegui propulsaba eso de «peruanicemos el Perú», y la gente de izquierda de Barranco le había puesto la cruz, prefiriendo los valses criollos y a la bellísima Chabuca Granda, que él no le importaba, «total, está buenaza esa gringuita; pero yo, sigo con mi tango, carajo», terminaba, revolucionariamente, diciéndose a sí mismo para darse ánimos.
Luego de que nadie lo aceptaba en los concursos de radio nacional, ni la recientemente inaugurado radio Barranco, de la calle Bolognesi, Che Carlitos seguía cantando por veinte centavos los tangos de moda que sonaban en los cines, con Gardel y compañía, en el mercado, bares y uno que otro velorio y entierro, o a pedido del difunto que, como él, amaba el tango. Sobre todo las noches que salía del cine y cataban por toda la avenida Piérola “Percal”, “El choclo”, “Yira”, y todas la que le pedían, porque todas las sabía de memoria y que cantaba igualito a Gardel, hasta en la sonrisa mientras entonaba cada sílaba con letra en castellano y tono argentino. Hasta la propia Lucy Smith lo animaba a cambiar, a cantar valses limeños, «con ese tono tanguero, una innovación, amor»; pero Che Carlitos ni “bola”, que de tanto decirle no, ella -la famosa estrella de la radio, Lucy Smith-, como decía la canción, se murió joven y más que por amor, de «purita rabia, por ese terco degenerado», contaba la tía que la crio.
Che Carlitos recordaba la vez que dejó de cantar tangos por una semana.
Fue la mañana en que llegó tarde de su concierto callejero y su padre lo dejó dormir y se hizo solo a la mar. Esa mañana de mayo, ocurrió el gran terremoto de 1940 en donde se vino abajo todo el malecón de Chorrillos y él no estaba con su padre en el mar. Nunca su pudo perdonar eso, hasta que un día se dio cuenta que debía soltar ese “saco de pescado muerto que ya apestaba”, y debía permitirse disfrutar de la vida. Que el trauma de ver los restos de la lancha de su padre, con arañazos de tritón en el estribor, signo de la lucha en el mar de seres con miedo de la furia en pleno océano abierto, después de un terremoto, decidió de una vez por todas, olvidar.
Esa fue la única vez en que casi se convence de dejar de cantar tangos y dedicarse a otra cosa que le permitiera al menos, pagar la luz..
Antes de cumplir los 21 años, día de su mayoría de edad, un almirante de la armada peruana, que conocía a su padre, y que frecuentaba la casa muy a menudo para comer pescado -y que vivía en Barranco, pero pasaba la mayor parte en Chorrillos porque le hacía recordar el Callao, pero sin barcos-, lo llevó al SEMAN, Servicios de Mantenimiento de la Marina. Ahí, aprendería el oficio de las máquinas, puesto que «de tal palo tal astilla, doña Alejandrina», le decía a la joven viuda que cocinaba pescado con cebolla, tomate y un punto de ají, que ponto sería el plato predilecto de los balnearios del Sur, luego que la contrataran para trabajar de cocinera al club Regatas, y se convirtiera en la afamada pescadorita del pescado frito, el escabeche de robalo y su famoso pescado a la chorrillana, que orgullosamente llevaba su “mote”..
Después de diez años, Che Carlitos cantaba ahora los envejecidos tangos, pues el mambo de Pérez Prado, y las calatas del Nero Nero, y de los clubes nocturnos de los portales de la Plaza San Martín, acaparaban la atención de todos. Ante una Tongolele exuberante y una exótica Betty di Roma, no podía haber tango que compitiera con ellas. Nada en realidad. Así que fueron años muy duros, justamente cuando su madre desde Argentina, le enviaba cartas diciendo que odiaba el pescado y que asaba carnes ahora y se había vuelto a casar y que tenía 4 hermanos que era casi seguro que nunca los conocería porque Buenos Aires era Europa, y aquí gracias a Perón, hasta los pobres parecen ricos, y que al final, no regresaría nunca. Que le perdonara, pero que allá estaba mucho mejor.
Che Carlitos siempre se quedó con la duda del por qué su madre no le contestó nunca ninguna de las 66 cartas que le recibió hasta que le dijeron que se había suicidado en el subte de barrio de once, pero que no había sido así, sino que como peronista, luego del golpe de Estado y con marido sindicalista, en realidad la habían desaparecido, y que no dejó nada, ni la dirección de los hermanos que decía tener y que el Cónsul de Perú nunca encontró. Duda que le retorcía la conciencia, porque en ningún momento recibió el ansiado: “ven, a cantar tangos”, dicho por su propia madre, confirmando que no le gustaban los tangos o que en realidad «cantaba feo».
Así que che Carlitos no pensaba más: él seguía cantando tangos, y al hacerlo, no miraba al pasado, no había nada, solo veía tango atrás, tango delante, tango a los costados y tango mañana, pasado y siempre. Así que cuando, después de las celebraciones por el día de la madre, un mayo al atardecer, le llegó el memorándum de felicitaciones diciendo: «Está Ud. jubilado», el vio la oportunidad de su vida, dejar el taller del SEMAN y dedicarse a cantar tangos.
La jubilación le llegó a Che Carlitos a los 51 años, «treinta soportando a estos mierdas que en el fondo no aman el tango», y que solo lo hacían cantar como “mono” de feria, en los aniversarios de la marina y la fiesta del Comandante General «algo exótico, nomás para recordar los viajes alrededor del mundo», se decían sin que él se enterara.
Jubilado, tenía la oportunidad de dedicar el resto de su vida a cantar tangos. Pronto, todos lo veían caminar con su pulido traje sastre a raya, corbata y sombrero a lo Gardel y la chalina amarrada al cuello, así fuera verano. Al principio era gracioso, casi un póster de Gardel en tamaño natural y en vivo y en directo, y con la misma voz. Muchas veces lo invitaron a cantar a la televisión, incluso lo contrató el propio don Augusto para la Peña Ferrando, pero ya estaba pasado de moda. Che Carlitos se actualizó, y habló con unas bailarinas argentinas, para que animaran su número, que al principio fue un éxito rotundo. Che Carlitos firmaba autógrafos a la salida de los Cine Teatro, hasta el día en que no le pidieron: «solo el autógrafo de Pelusita, por favor», la vedette más solicitada de su grupo de coristas, que sin querer queriendo, lo fueron empujando hacia tras.
«Chiquita, Chinita y Popea, las bailarinas de Nerón», eran el éxito del momento. Más aún cuando empezaron a bailar sin él, sin Che Carlitos, volviendo el tango, nuevamente al baúl de los recuerdos.
Che Carlitos, pasado años, vivía solo, esperando amar y ser amado, soñando en el día en que sería “al fin descubierto” y el éxito le llegara de improviso, por casualidad, como tantas veces lo había visto en las películas americanas del cine Barranco, Balta, Zenith, Premiere o Raimondi. Pero que, sin embargo, este nunca le llegó, salvo el instante en la peña Ferrando.
Antes de que su terno de tanguero envejeciera del todo, Barranco empezó a popularizarse por las peñas criollas. Lugares donde se cultivaba la música criolla, se inventaban letras, se componían los acordes y se sacaba el sonido característico de la guitarra peruana, con todos barrocos e imposibles de imitar, creadas por Oscar Avilés, Zambo Cavero y Polo Campos.
Las Guitarras, los Michis y las Peña Poggi, atraían a los seguidores de Chabuca Granda a Barranco. Viernes y sábado los locales estaban repletos, sobre todos, cuando actuaban los bailes afro de Perú Negro, apoyadas por el General Velazco. Todo ello, a Che Carlitos ni le llamaba la atención, pese a los muchas invitaciones del empresario Mario Poggi Arana, que había formado toda una familia alrededor de su peña, lo animaba a ensayar «con esa voz de tenor criollo, podías improvisar como el maestro Roberto Tello, una innovación de voz de tango a la música criolla ¿qué dice?», lo animaba, presentándolo al equipo completo del fondo musical, incluso a Charito Poggi, que cantó un día en el Canal 5 y se hizo famosa. «Le hemos puesto hasta bongós a la música negra... Podemos hacer algo con tu voz de tanguero». Pero Che Carlitos, al escuchar “Estrellita del Sur”, solo recordó a Lucy Smith, se aguantó una lágrima de tanguero macho que muere de amor en silencio, y se fue en silencio, buscando una esquina para cantar:
«Nostalgias, de no escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca
Como un fuego su respiración.»
Una tristeza que el mitigaba en las letras de los tangos, para no sentirlas. Un Alter Ego que le permitía vivir, una fe inquebrantable, una esperanza que solo la muerte le podía arrebatar. Al punto que no pasaba mucho tiempo para que todo dolor que sintiera, se guardara en sus en el bolsillo
Apenas cruzaba las calle, en su rostro se dibujaba la espléndida sonrisa de Gardel, y siempre listo a cantar un tango, incluso, al que no se lo pidiera ni le pagara un sol. Total, la jubilación que cobraba puntualmente y mes a mes, servía para financiar su larga carrera de tanguero viejo y sin fama, salvo algunas fotos, que se negaba a ver, porque decía que cuando llegue a viejo los vería y aún no lo era, o por lo menos no se sentía viejo, pues no se olvidaba aún nada..
Más bien, era exótico, por no decir medio payaso, andaba disfrazado de cantante de tango por Barranco. “Tanguito”, lo llamaban de cariño por no decirle loco, porque en realidad cantaba muy bien, pero ya estaba pasado de moda.
- Él no es loco: «excéntrico», más bien… –Decían en la peñas, cuando lo animaban a cantar un tango mientras ensayaban en las tardes, a mitad de semana-. Aunque sea para darle ánimos, para no quitarle su sueño. Aunque sea por joder…
A veces competía con la banda del señor de los Milagros de Barranco, cuando daban serenata disfrazados de mariachis mexicanos, y él decía que lo anunciaran como el «triunfador de la Peña Ferrando», y los mariachis Fernando Quispe, Francisco Mamani, y el Trompetista José Francisco Sánchez Machaca, lo apanaban elevando el volumen de la música ranchera, popularizada por Jorge Negrete, pedro Infante y Javier Solís, a nivel de retreta, opacando el viejo tango de Che Carlitos.
Con el golpe militar de 1968, algunos generales lo invitaba a la Escuela Militar de Chorrillos para cantar tangos y recordar algunos, a las mujeres que encontraron en el Buenos Aires de Perón, con tormentas bíblicas y primaveras repletas de flores: harta carne, «cruda y cocinada»; las italiana que hablaban en «che, mirá», y las veces que se amanecían en los veranos casi sin noche, en los pub de la «Europa de Sudamérica», de la calle Santa Fe, o irse a juerguear a San Telmo y comprarse una antigüedad de recuerdo. Una capital que no dormía como la Lima, «ciudad de mierda», decían los generales, mientras Che Carlitos se angustiaba pensado si alguno de ellos había conocido a su mamá, que de la cocina, pasó al club regatas y terminó en Buenos Aires sin decirle “ven”.
Che Carlitos cantaba tangos, sonreía y caminaba con su terno envejecido por los años y las noches interminables buscando quién quisiera escuchar un tanguito por un sol. Y, mientras lo hacía, miraba al vendedor de tamales, que un día dejó de vender. O el que traía papel higiénico con su pregón «papel sedita, sedita, para las niñas gorditas gorditas», o, «papel Paracas para las niñas flacas flacas». El que esperaba a la puerta del colegio con su gelatina que servía en un papel de manila, o el de las empanadas “Rica Rica”; o el que tenía su carretilla pintada de verde y dos pinos cooperativos, iniciando su empresa socialista, y lo feos chicles nacionales, que se compraban solo por el sticker adhesivo del topo Gigio, o una gaseosa en bolsa llamada «boogly»; o quizás a los que vendían trucos hechos con alambres y clavos, que sorprendía, pero que, al descubrir cómo se desataban, perdía la magia instantánea. O el que remataba figuritas con su «Ya la, sí la, y no la», del álbum Navarrete. Cada uno en su tiempo, cada uno reemplazado por otro más joven, mientras que Che Carlitos -cantante de Tango-, miraba ahora atrás, delante y a sus costados, y sabía que él era único. Que si en caso moría, moría con él, el último tango en Barranco, sin percatarse que en los bares le pedía «una de Pedrito Otiniano o de Iván Cruz, mejor». Y él no sabía ni si quiera quiénes eran.
Che Carlitos insistía una y otra vez que él cantaba tangos, que había triunfado en la peña Ferrando y que había inventado un motor que funcionaba con agua en sus tiempos del SEMAN, pero que un general se dio de baja por eso, y se fue del país con su invento para patentarlo en Estados Unidos y que solo supo de él, cuando le envió una carta, indicándole que su carrera de militar se había arruinado por culpa de él, y que su invento no servía para nada y que «por las puras lo había patentado en los Estados Unidos y gastado miles de dólares; que nadie daba un dólar por ese invento estúpido. Y que no se preocupara, que a nadie le interesa un motor que funcione con agua». Todo escrito en un papel color rosa, con la silueta de un conejo y que decía «Mansión de Hugh Hefner».
Y sí, Che Carlitos fue un gran inventor, pero que pagaron muy bien para asegurarse nunca fabricarlo y que, además, cobró otro: el general amigo de su padre. Che Carlitos hubiera pasado a la historia con tamaña idea, aunque empresarios los petroleros de Texas, Dubai o Caracas lo hubieran mandado matar. En fin, lo que viniera primero. No obstante, lo que nadie podrá negar es que che Carlitos pasó toda su vida haciendo lo que le gustaba, buscando su sueño y llevándose a la tumba la duda grande de no haber comprobado si en realidad habría servido para algo su invención o si su pasión por dedicarse al tango valió realmente la pena.
Solo recordamos las tres noches que se repetía una y otra vez “Yira” en su viejo tocadiscos, y la policía abrió a puntapiés la puerta, encontrándolo sentado en su silla de sala, en Jr. Tiravanti, apretando una carta escrita en papel color rosa, una noche de luna llena, la misma en que la primera explosión de un coche bomba, arrebataba el sueño a todos los peruanos por los próximos 10 años.







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