A la sociedad de los amigos muertos:
Los egurinos: Abraham Carlos Sotero Velasco (Momia), policía y entrañable amigo, muerto en el 2002. A Francisco (negro) Martínez, muerto de cáncer en el 2005; A Lorenzo Vicuña, pescador, ahogado en el amor del mar.
A mis amigos del Andrés Rázurí, que están leyendo, de seguro: (Chato) Gutiérrez y (Gringo) Rosell. (1982), y hace poco, el “abuelo”, Luis Alberto de la Cruz.
PRIMAVERA DE 1974
EL LA PRIMAVERA DE 1974, nosotros, alumnos de segundo año del colegio Eguren, al llegar tarde a la hora de entrada, siempre nos dejaban esperando 2 horas en la calle. Pero ese día decidimos “hacernos la vaca” yéndonos a la playa, a ver si encontrábamos “vaqueras” del colegio Indacochea o del Tacna, haciendo lo mismo que nosotros: “tirarse la pera”.
Como todas las primaveras, y siempre a fines de octubre -cuando el terror a los terremotos ha sido borrado por la procesión del Señor de los Milagros-, el Sol aparece rutilante entre los cerros de San Juan. Era entonces cuando las ganas de ir a la playa nos incitan a hacerlo «cueste lo que cuesta», como algo involuntario, casi parecido al pecado que no puedes controlar, salvo que después de hacerlo, siempre existe el perdón.
Buscábamos a toda costa revolotear entre las olas, para que nos vean la chicas, y decir « ¿qué tal lo hice, ha...?¡Me viste, viste?» para reencontrarlos durante la temporada de verano, “Ah, te conozco: tú eras el rompe olas, ¿no?”. Y uno orgullosos contestaba: “Sip”.
Era lo mejor, correr olas a pecho limpio, ir 100 metros y regresar aún con calambres en las piernas y sortear remolinos. Amar el peligro y desafiar a la muerte, «esa era vida». Vivíamos sin temor. El riesgo no nos haría visibles ante las chicas del Indacochea y eso era lo que importaba. «Heroicos, valientes, osados». Y no habría “tombo” que nos atrapara y nos echara a perder nuestra aventura, esas que si no las haces luego, no las puedes contar.
Y sí, lo hacía y habían chicas que al menos nos verían en medio de nuestras proezas marinas, sin la vergüenza de regresarnos al colegio de la oreja y el “...llamen a sus padres”, no sería una afrenta sino más bien una “medalla de niño héroe” para empezarlas a contar en los recreos e irlas mejorándolas con el tiempo, hasta sernos viejo.
Con las ilusiones a cuestas, descendimos por la bajada a los baños de Barranco, luego por la ruta del cerro, hasta la ermita de la virgen María, abandonada y destruida, donde supuestamente apareció la luz que guio a los pescadores de Chorrillos para encontrar la costa perdida, el mes en que la luna decidió desaparecer de improviso y la noche cerrada los inundó de temor y pánico de sentirse perdidos en el mar. Cuando en medio de esa incertidumbre y malos augurios, aquella luz ‘santa’ los devolvió al camino, la verdad y la vida.
Pero esa no es la historia real del porqué la virgen está abandonada hasta hoy, escondida debajo del puente peatonal. Ni por qué la gruta se ha convertido en cueva de ladrones, locos, y todos los olores que no quieres experimentar. No, de eso no trata esta historia.
PRIMAVERA DE 1895
- Maldito, te voy a regresar al infierno – decía el padre Francisco Buenaventura Wisse, correteando, linterna a kerosene en mano, entre los pasillos de la iglesia de Barranco.
Fue cuando Chem, sin querer, abrió la puerta al túnel de su escapatoria y que el Padre dejó abierta a fuerza de agua bendita.
- Ven, demonio maldito – repetía el padre, prendido de su rosario como si fuera un arma protectora e infalible.
Los constructores de la Iglesia fueron los primeros en descubrir el maleficio y la presencia la extraña criatura. Esa fue la razón por la cual no lo terminaron a tiempo, ni nadie quería quedarse más allá de las 6 de la tarde en el lugar. «Esta no será una iglesia normal», se decían los constructores, al tiempo que se persignaban: «Ave María Santísima, sin pecado concebida», decías sus esposas, cada vez que le llevaban el almuerzo al trabajo.
- ¡En nombre de nuestro Señor, te mando que regreses a los infiernos!-, se escuchaba decir, mientras y el eco de la voz del padre retumbaba como sermón de domingo por toda la iglesia.
Y es que el padre Francisco descubrió pronto que la luz que guío a los pescadores chorrillanos a la costa de su salvación, no era sino la lámpara de otro sacerdote que terminó loco, luchando con este ser demoníaco, que deambulaba por el cerro, en medio de las cuevas, llenas de moho producido por los manantiales naturales que descendían por los acantilados, llenando de kikuyos y yerba mala, dándole el falso color a la Costa Verde, una engañosa prosperidad en medio del desierto, que la pintaba de alegría a la desértica costa peruana, antes de llegar al puerto del Callao.
Chen, el diablillo que deambulaba todas las noches y que los crédulos católicos lo habían consagrado como Lugar Santo, no era más que «un antro del mal. Producto de gente ignorante e idólatra, que consagran casi cualquier cosa como santo», se repetía el padrecito ya casi medio loco como el anterior, para llenarse de fe orando en latín, letanías con letras de los salmos de San Jerónimo, pensando en que un santo, uno verdadero, «solo brilla cuando hay oscuridad».
- Si te atrapo y te devuelvo a los infiernos, seré un Santo, junto a Santa Rosa y San Martín –aunque la idea de estar al lado de un negro, aún no lo asimilaba bien.
Su abuela Beatriz Wisse Candamo, decía: “Confío en un perro; pero nunca en un negro”, desde que una prima suya huyó feliz con un congolés cimarrón, y terminó muerta en el quilombo de Cieneguilla, junto con sus 7 hijos y marido.
Benefactora «católica apostólica romana y peruana», como decía ella, la abuela, sin saber qué hacer con su plata, donó parte de su fortuna a la construcción de la iglesia y con ello, un lugar dónde trabaje su ensimismado sobrino. Y casi sin pensarlo, la iglesia de Barranco fue levantada a fines de la Gran Guerra, para expiar los crímenes y abusos cometidos contra la población civil, por parte de los invasores del Sur. Pero la decisión final de dónde edificarla, fue la luz que guio a los pescadores. Luz que el padre Francisco acababa de descubrir que no era santa, sino la presencia de Chem en el lugar.
Lucharía contra el demonio hasta el amanecer, pensaba, “¡Hasta el amanecer!, como Jacob”, se repetía para darse ánimos.
PRIMAVERA DE 1974
Decepcionados porque la playa estaba deshabitada, y no se divisaba ninguna falda color ploma a 5 kilómetros a la redonda, decidimos irnos a casa.
Mientras subíamos por la antigua rampa que conduce a los rieles del funicular, en medio de las escaleras talladas en el cerro, hay una cueva. Martínez vio algo que se escondía rápidamente en la entrada. Sotero creyó que era una pareja en pleno “chuculún”, así que «¿Vamos a ver?».
Yo quedé afuera esperando más por miedo que por otra cosa, mientras al cabo de unos minutos, Sotero y Martínez salieron sin aliento y en estampida. No pararon hasta llegar a la plaza mayor de Barranco. Yo me quedé como pidiendo una explicación y dispuesto a correr, cuando pude verlo nuevamente: no atiné a nada sino mirarlo fijamente. Ya nos habíamos visto antes, en mi cumpleaños número 6, pero por primera vez, supe dónde vivía.
Parece que mi actitud, el inesperado reencuentro y mi “parálisis”, le gustó. Ahí supe que no le agradaba para nada que uno se orinara los pantalones de miedo al verlo. Menos a los que usaban su “casa”, para hacer otras cosas, entre ellas, niños. Creo que mi valentía de quedarme ahí, parado, sin atinar a nada, fue el inicio de nuestra amable y telepática amistad.
Se acercó a mí como si fuera una lagartija: dando saltos veloces y deteniéndose de golpe. (La misma forma que cuando lo perseguí por la azotea de mi casa y al atraparlo, me causó la cicatriz en la frente). Alargó su mano rosada, de dedos pequeños y suaves como una esponja marina, tomó la mía y fue entonces que surgió el hechizo.
«Si no me creyeron a los seis años, menos me creería ahora, a los doce», pensé. Pero ya estaba hecho. Esa fue la primera historia que apareció en mi cabeza, como una película sin cortes comerciales.
PRIMAVERA DE 1895
En el verano de 1891, a dos años que llegara el padre a hacerse cargo de la Iglesia de Barranco, luego de que el anterior párroco se volviera loco, Rosario Sotomayor Gamio de la Piedra confesó, en medio de llantos, sofocaciones y suspiros, el profundo amor que tenía por el padre Francisco. Mientras él, en medio de la confesión, se tapaba los oídos a medias y repetía millones de rezos y rosarios, convencido de no haber escuchado nunca esas palabras de amor prohibido de mujer enamorada dichas a un sacerdote en secreto de confesión.
Rosario, la hija de coronel del ejército, lo perseguía día y noche, no solo presencialmente, sino hasta se metía en sus sueños. Durante las retretas de la Plaza Mayor, en las inauguraciones de parques y plazas rediseñadas después de la guerra, en la misa de semana Santa, en bodas y matrimonios, ahí estaba, mirándolo, acosándolo. Sus ojos no se apartaban de él, mientras los asistentes se hacían como el «aquí no pasa nada». Y sin embargo, era evidente. Lo seguía con la mirada hasta que ambos se cruzaban, rompiendo la calma del sacerdote, a ver guiño provocador. La gente prefería mirar a otro lado o quizás esperaba que la “tentación demoniaca”, fuera vencida por el joven cura de la iglesia de la ermita “a ver cómo lo resuelve solito”, a lo que el cura interpretó como una aceptación pública de sus feligreses, no señalarlo como impuro; razonamiento teológico que empujó al padre Francisco y a Rosario a justificarse, entregándose ambos en la propia iglesia al amor carnal y desenfrenado, fruto «del calor del mes de marzo», dijo el padrecito, luego que todo se hubo consumado y en llanto de arrepentimiento.
Pero no, no fue el calor; fue la «concupiscencia» de Rosario y no del cura Santa, como justificaban las betas domingueras y de misa de 6 de la mañana, para justificar a su “padrecito”, que al cabo de dos meses, bajo la brisa otoñal de mayo, armada de valor, deseo y todo lo que una mujer puede sentir por un amor correspondido pero no permitido, apareció en la iglesia, desprovista de toda vergüenza.
- Estoy embarazada – le dijo al cura sin mayor expresión que eso: “Estoy embarazada”.
El padre Francisco quedó atónito. «Los padres deberíamos ser estériles o eunucos», pensó. Mientras veía cómo se derrumbaba tan pronto su brillante y prometedora carrera de aspirante a santo de altar.
- Fue tu culpa, Rosario- alcanzó a decirle el padrecito no sin antes sentirse heredero de Adán: “la mujer que me diste tuvo la culpa, pe”.
Ella no respondió. La profunda decepción abrió al fin sus ojos: «no había amor: solo pasión, solo carne: ¡amor de cura!», le había advertido la bruja de la calle Malambito. Fue entonces que cruzó la iglesia, pasó delante del altar mayor. Rezó mucho en un segundo. Luego bajó a la playa y se perdió en el mar.
Al día siguiente Barranco era un escándalo, pero siempre en voz baja. Esa mala costumbre que tienen algunos pueblos de saber lo que pasa antes que suceda, pero no hacen nada para impedirlo. Un esperar a que muera alguien, para decir “te lo dije”.
El padre de Rosario, en la banca principal del cementerio de Surco, no atinaba hacer mayor cosa que fijar sus ojos en el suelo, mientras escuchaba la misa de cuerpo presente antes del entierro. Ahora Rosario estaría con su madre, muerta en Chorrillos por un proyectil lanzado desde el monitor Huáscar en manos de chilenos, juntas para siempre en el mausoleo familiar. «Debí morir en la guerra; y no morirme en vida», se decía en voz baja.
A su lado y sin saber qué hacer, el padre Francisco seguía con los rezos, golpes en el pecho y la infidelidad cometida “delante de nuestro señor Jesús Cristo, nuestro señor, amén”.
« ¿Qué había dentro de mí; qué demonio me susurró al oído, que instinto animal me poseyó esa noche?» – se torturaba desgarrado el padre Francisco, mientras miraba con rabia a los asistentes al entierro. Nadie acusaba, pero el silencio de las miradas era claro el mensaje: “Yo sé lo que hiciste, padre pendejo”.
Atrapar a Chem lo salvaría del purgatorio, porque él se sentía salvo, siempre.
- Te atrapo y seré llamado el “vencedor de demonios” – pensaba, mientras veía su nombre escrito en tratados de exorcismo leídos por la alta curia del Vaticano, como el nuevo Ángel Miguel, “combatiendo demonios ancestrales en las lejanas tierras de los incas”.
Así que, armado de tantas cruces como podía cargar, Santas Biblias, tres rosarios y una botella de pisco con agua bendita, se echó a buscar y atrapar a Chem, mientras éste, asustado, corría por toda la iglesia, a son del eco de los rezos en latín. Cuando llegaron a la puerta, Chem salió en pleno día, hora en la que no debía salir, cuando empezó el gran terremoto.
El padre creía firmemente que los elementos estaban de su parte. Que ese sería la prueba mayor de santidad. Que su estatua se erigiría al pie de la iglesia “aquí mismo, venció al demonio”, que de hecho, se convertiría en el «Santo Mayor de todos los católicos, apostólicos y romanos» de Perú y de Malasia. Que Rosario nunca había existido y que el placer es apenas un instante, que su maldición eterna terminaría ahí, en ese preciso instante, delante de todos, en medio de la sacudida terrenal y testigos todos de la lucha de un padre contra un demonio, “como el Ángel Gabriel, mismito, con espada y todo”.
Fue cuando la viga que sostenía la campana se quebró en dos producto de movimiento telúrico, cayendo sobre el padrecito luchador, la campana de bronce de mil kilos sobre su cabeza. Ahí quedó, tendido, con todo el cuerpo expuesto, su sotana completa y su cabeza debajo de la gran campana.
PRIMAVERA DE 1974
- ¡Qué historia, Chem!
Y es que Chem no habla; simplemente al tocar su mano, procedía mágicamente a transmitir historias, a borbotones y en imágenes «porque la lengua y la palabras matan, decía: insultas como arrojando piedras que no regresan y firmas papeles conteniendo palabras escritas, para luego terminar maldiciendo el día que lo hiciste”. Solo aquel osado que le tendiera la mano entraría en su universo, desde los tiempos en que ni si quiera existía mundo, tiempo en los que nada era. Que él no tenía propósito y que simplemente existía; hasta que empezó a contarme sus historias, las mismas que ningún humano podría jamás entender y que solo yo, en mi fantasía de niño, le podía creer, con respeto y con amor. Chem sentía que su soledad había terminado, como mágico consuelo de alguien como yo, que no huía al verlo; si no que al contrario: lo observaba fascinado, descubriendo tesoros escondidos en las historias nuevas y antiguas, antes de escucharse en el silencio del cosmos el “hágase la luz”.
Chem, premiaba a los mineros de la sierra, con oro y lo llamaban Muky; a mí, sus historias cada noche, antes de dormir.
Luego de este reencuentro con Chem, nos despedimos y seguí la ruta los rieles de funicular, subiendo por el cerro, hasta llegar a la plaza mayor de Barranco.
Ahí me reencontré con Martínez y Sotero, que se mojaban la cabeza en la pileta de la Venus del Nilo, en medio de la plaza mayor, era el medio día y los policías ya no podían regresarnos al colegio. «Salimos temprano, pe; el profe está en reunión sindical, ya», nos podíamos justificar.
- Hola, muchachos – les dije como saliendo del cine Raimondi, acabado de ver la película de mi vida-, ahora ya sé por qué en el mes de mayo, aparece en la plaza de la iglesia antigua, una sotana sin cabeza.
Desde entonces me volví un “cuenta cuentos”, desde el patio del colegio en la hora del recreo; en fogatas de campamento; como en clases de la universidad; como en cualquier parte... De alguna forma Chem y yo, nos volvimos uno, hasta hoy… y por siempre, creo, con una nueva historia, antes de dormir.
Barranco, 25 de julio de 2004






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