sábado, 7 de septiembre de 2019

Colmillo de lobo y la pajarraca

Desde el día que el abuelo Martín -devoto de su tocayo Fray Martín de Porres-, fuera a trabajar de barrendero y alimentador de animales al Circo Karlini, instalado en la curva de Chorrillos, a la entrada de la hacienda Villa, fuera atacado por un lobo siberiano -por quien pagó 20 soles, de reparación civil por no haberse dejado matar, acto abusivo contra el pobre animal indefenso-, dicen que no volvió a ser el mismo. El colmillo del salvaje lobo quedó incrustado en su pierna izquierda provocándole una cojera permanente, defecto que lo delataba las veces que se convertía en hombre lobo, según la vieja Pajarraca que no dejaba de acusarlo y señalarlo con el dedo, de ser un licántropo, desde ese fatídico día del mes de julio de 1921, justo a la media noche, antes de festejar el primer centenario de la independencia nacional. 

Alojado debajo de la vena femoral, los médicos del hospital Loayza se vieron en la necesidad de cerrar la herida, sin extraer el colmillo, cuidando que no se infectara, durante las dos semanas que se mantuvo en cuidados intensivos, a cargo de la enfermera, doña Inés Posada, amante del Presidente Leguía, a quien atribuían que el viejo líder de “La Patria Nueva”, muriera de cáncer a la próstata por las noches apasionadas que se daba en palacio de gobierno, luego de festejar carnavales, atendido por ella en sus crisis de diablos azules que decía le daba y no era más que para quedarse a solas con la enfermera, hasta que el chef de palacio les trajera el desayuno. 

- ¿Se convertirá en hombre lobo? – se preguntaba en voz alta la enfermera y era la primera vez de las muchas que le dijeran lo mismo al abuelo Martín. 

Al salir del hospital, lo llevaron hasta la estación de tren a Chorrillos mientras medio mundo hablaba de la mordida de lobo. Los diarios más importantes de Lima se encargaron de difundir la noticia del fatal accidente, y la vieja Pajarraca de sazonar la historia con la idea de que se convertiría en un hombre lobo. Algo que se acentúo más, pues al llegar, el circo Karlini hacía dos días desinstaló su carpa, dejando en casa de Martín la piel del lobo como regalo, con una nota que decía: «Lobo sin diente no sirve para nada». 

En pleno invierno limeño y con llovizna, la piel de lobo le vino muy bien para abrigarse y tomar té con pisco por las tardes, hasta que una noche, al salir a la letrina a orinar, Martín lo hizo con la piel de lobo es sus espaldas, justamente cuando pasaba la vieja Pajarraca que de la impresión, calló desmallada. 

- Vieja de mierda - dijo Martí, y regresó a la casa, que no era más que varios cuartos en hileras que alquilaban a los trabajadores de la hacienda. 

A la mañana siguiente, la Pajarraca continuaba tirada en el piso, cerca de la letrina, sin que nadie se dignara a recogerla. El último que la ayudó alguna vez, fue acusado de intento de violación y casi lo lincha «ahí no más, sin cura ni murmuraciones», si no fuera por la mujer del hombre que la agarró a golpes a la vieja, logrando bautizarla: 

- ¿Quién se va a fijar en esta vieja pajarraca? – A lo que todos al mirarla, en efecto, vieron a una Pajarraca viva. Desde entonces todos la llamaron la «Pajarraca». 

Zamba, hija de peón de hacienda y negra liberta, la Pajarraca media un metro cincuenta de estatura. Quebradita y sin dientes, hablaba con la boca cerrada, algo extraño que llamaba la atención, de la misma forma su tono de hablar de gallina culeca, que se escuchaba a un kilómetro de distancia. Un tanto gorda y nalgona, caminaba como pato, algo que recién se dieron cuenta el día en que le pusieron su verdadero nombre: La «Pajarraca», porque en efecto, la magia de los sobrenombres, siempre caen a pelo. 

Chismosa y odiada, todos descansaron de sus impertinencias desde el día en que acusó a don Martín de ser hombre lobo. Era su tema, día y noche, en plazas y parques, durante el amarre de la cosecha de la hacienda, y en la pisa de uva quebranta acholado puro, para hacer Pisco. Entraba hasta el medio de los alambiques solo para gritar: “Yo lo vi, lobo, igualito al que lo mordió. Con estos ojos míos que los gusanos se han de comer, te juro. Yo lo vi, lo vi, vi, vi.” 

Después de la guerra, Chorrillos no volvió a levantar su esplendor de antes, ni si quiera el hotel Tarry, que alojaba a tanto limeño en los tiempos de verano, quiso el dueño reconstruirla, luego que el guardián, descendiente de José Olaya y apodado “El Víbora”, lo dinamitara con pertrechos y chilenos dentro. 

Ir a Barranco era la única solución para escapar de la Pajarraca. Muchas casonas quedaron intactas y otras aún con los amagos de incendio y las perforaciones de bala en las paredes, resultado de los tiroteos, cuyos dueños tardaron más de 40 años en regresar para ver cómo estaban sus propiedades, palacios y casonas abandonados. En parte, gracias al comandante francés de la brigada naval del Pacífico Sur, Abel du Petit-Thouars, Barranco no fue azotada por la soldadesca enemiga, tanto como lo fue Chorrillos; pero lo que sí se requería era mucha mano de obra experta para la recuperación total de su antiguo esplendor. 

Muchas ventanas y cenefas que adornaban los techos de las casonas eran de madera, por lo que había que desmontarlas y proceder a resanar, incluso, volverlos a tallar completamente. Por el contrario, las paredes, no fueron problema. El primer piso se levantaba de bloques de adobe y los hoyos de bala se resanaban fácilmente. La dificultad se encontraba en los pisos superiores, generalmente de quincha: paredes levantadas con madera y vigas ligeras, cubiertas con caña y bañadas con un pastel de arcilla, cal y yeso. Se debían tumbar todo y volverlas levantar. Era una estructura propia de la ciudad de Lima, acostumbrada a terremotos, que hasta la Catedral se reconstruyó de madera, luego de su devastación que incluso se prohíben las velas, para evitar incendios. 

- Ese es lobo, hombre lobo es. Yo lo vi… – Escuchó sorprendido, la voz de la Pajarraca en el mercado. 

Luego de un año entero de tranquilidad, Martín se fue a vivir a la quinta San José de la Av. Grau, donde alquilaban casas de dos cuartos y baño compartido, que habitaban generalmente expertos carpinteros y albañiles, los mismos que formaron la primera Mutual de Ayuda, “Artesanos de Barranco”, creando una comunidad criolla, alegre y divertida, que convertían sus tiempos de no “hacer nada”, en música y baile. Un día -para su mal-, llegó también la Pajarraca, con sus dos hijos retrasados, que servían solo como cargadores de bultos, que llegaban del Mercado Central de Lima y que vendían en las plazuelas del distrito, tiradas en el piso: papas, camotes, cebollas y todo los productos que venía de la sierra central. Sin presagiar que, en medio del “¡caserita, caserito, compre!”, oculta entre la multitud, estaría la voz inconfundible de la Pajarraca, lista para acusarlo nuevamente: «Hombre lobo es, yo lo vi». Sin que Martín tuviera la más mínima oportunidad de convertir tamañas piedras, en pan. 

Tres años después de la mordida del lobo y empezada la construcción del Mercado Modelo del distrito, la Pajarraca empezó a vender menú para los obreros, no sin antes sazonar a sus comensales clientes, diciéndole a todos que “ese que se llama Martín: hombre lobo es”. 

Cansado de la injuria, Martín se quejó al maestro mayor de obra, Agustín Montoya, quien reprendió a la vieja amenazándola con prohibirle que traiga menú a vender a «los muchachos porque me va a “salar” la obra», lo cual detuvo por un tiempo, las agresiones verbales y las infamias de la Pajarraca. 

Martín de vez en cuando dormía con la piel de lobo y salía rumbo al baño común en medio de la noche, tratando de comprobar antes, que la Pajarraca no estuviera dando vueltas por ahí, hasta que un día, apareció detrás de él, agarrándolo a palos, ayudada por sus dos hijos retrasados. 

Lo extraño ocurrió cuando fueron a la comisaría y Martín acusó a la Pajarraca de hostigamiento y falta de respeto, a parte de los porrazos recibidos. Pero, en lugar se salir a favor de Martín, el comisario escuchó atento el relato de la Pajarraca, quien sacaba recortes de periódicos y revistas, asegurando que Martín, era hombre lobo, que "«solo he actuado en defensa propia, ayudada por mis pobres hijitos que salieron nomás para ayudar a una pobre madre…». 

- Eso es invento de esta vieja Pajarraca – dijo molesto Martín, sin saber en lo que se metía, pues el comisario respondió indignado. 

- Oiga usted, ¿no le han enseñado a respetar a una dama? ¿No tiene abuela, madre, esposo, hija? Póngase correcto o lo meto al calabozo. 

Martín quedó indignado. Años escuchando a la Pajarraca injuriarlo por un desgraciado accidente que le pasó hacía años, ahora la propia autoridad policial la apoyaba, dándole todo el crédito a una mentirosa. 

- ¿Usted es albañil? – preguntó el comisario. 

- Carpintero también; y estoy aprendiendo electricidad, para instalar en las casa que aún no tiene. 

- Borracho, pisquero, hombre lobo es… -Dijo la pajarraca. 

- Cállese vieja de m… -respondió directo Martín, cuando dos policías se echaron sobre él, mandándolo 3 días al calabozo. 

Los obreros de construcción que edificaban el Mercado Modelo, orgullosos de saber que sería el más moderno del distrito, en plena Av. Grau, se extrañaron que Martín no fuera a trabajar esos tres días. El delegado del sindicato tuvo que ir a su casa a averiguar qué pasaba, enterándose que estaba preso: “Por escándalo y violencia pública. Desacato a la autoridad e insulto al uniforme”. 
Mercado de Barranco, 1925



Martín no regresó a la obra nunca más, no solo por evitarse explicaciones sino por vergüenza, conformándose con realizar pequeños trabajos de resane de paredes e instalación de ventanas de madera, que el viejo Fortunato Flores, puso como negocio primero, y luego, un lucrativo aserradero en la Av. Bolognesi, ya que las ventanas de hierro forjado de las rejas no aguantaba la erosión de sal del mar, oxidándose al cabo de un año. Barranco era una «mina de oro», decía cada vez que firmaba un nuevo contrato de ventanas, puertas, enrejados de madera, con todos los muebles de cocina incluido. 

Un día llegó un periodista al aserradero de don Fortunato, buscando a Martín, el presunto “hombre lobo de Barranco”. 

- No puede ser – dijo Martín, agarrando a puntapié al periodista y su fotógrafo a quien arruinó su moderna cámara con flash de bombilla, último modelo traído de contrabando desde Nueva York. 

Lejos de quedarse sin noticias, publicó al día siguiente: “Colaborador de nuestro diario es atacado vilmente por el presunto hombre lobo de Barranco”. No contenía fotos, pero los dibujos y caricaturas hablaban por sí solos. 

Si un diario lo decía, entonces Martín era ahora, un hombre lobo de verdad. 

«¿Gomeando a un periodista’» – comentaba su antiguo jefe, Agustín Montoya. «Violento, pelador, escandaloso» – decían las damas honorables de la quinta San José. 

Martín se volvió la “comidilla” del barrio, que iba de boca en boca como reguero de pólvora. Cuando conseguía un contrato, era cosa de horas para que fueran con el cuento de la Pajarraca, al dueño y, antes de botarlo, no solo buscaban la forma de criticar y desvalorizar sus obras en madera, albañilería y hasta de ayudante de jardinero. Sino que encontraban la manera más cruel de ningunearlo: comparar su trabajo con el de los demás, incluso, con artesanos italianos de la Escuela de Bellas Artes y Oficios de Milán, recién llegado al Callao. 

« ¿Eres carpintero o verdulero? Acá no valen los “mil oficios, ¿ha?”». - riéndose de él antes de echarlo, para que no creyera que lo hacían solo por su mal su trabajo; eso era lo de menos. Lo que intentaban hacer con él, es que se sintiera peor: «un don nadie, un bueno para nada». 

Cuando caminaba por las calles, las mamás ocultaban a los hijos o cruzaban a la vereda de enfrente. Si subía al tranvía, viajaba solo pues nadie quería ir a su lado. Poco a poco, de tanto hablar de «El Hombre lobo de Barranco», la gente empezó simplemente a ignorarlo. Hasta cuando hacía cola para el pan, atendían al que estaba detrás de él. Los taxistas remisse que esperaban clientes en el ovalo de Balta, a penas lo veían venir, colocaban un cartel: “fuera de servicios”. Ni los colectivos a Surco lo querían llevar, algunos hasta simulaban que el auto se malograba a medio camino, con tal de no ir al lado del “El hombre lobo de Barranco”. 

Martín no recibía la visita de nadie, ni de sus hijos que quedaron en Chorrillos, esperando solo a que mande plata. Ignorado del mundo, rechazado por su familia, ninguneado en su trabajo; del terror que sentía pasó a la total aceptación de su condición de un “muerto viviente”, esperando una noche de luna llena, lo convirtiera realmente en un hombre lobo. 

Sentía que La Pajarraca con su “cuento”, había tomado el control sobre él, de su vida, su familia, la gente, su trabajo, en fin: « ¡Todo!». Y, cuando pensaba seriamente volverse un vagabundo, pronto se acordó de los trucos de magia que vio en el circo Karlini. 

Pronto, empezó a sacar cosas del sombrero, desaparecer y volver aparecer barajas; incluso, a tocar una quena y hacer bailar una cuerda sola por en el aire. 

Ensayaba en su cuarto de la quinta, luego en el patio, donde los hijos retrasados de la Pajarraca primero vieron con desconfianza; luego, interés: por último, empezaron a hacer trucos ellos solos, riendo como pajarracos. Dejaron su trabajo de bailarines de humiteros de puerta en puerta y quinta en quinta, para aprender los trucos de magia que “el hombre lobo de barranco”, les iba enseñando sin que su madre, la Pajarraca, se enterara de nada. 

Contento por el nuevo oficio de mago de plazuela, Martín comenzó a encandilar a su público con cada vez más sorprendentes y complicadísimos trucos de magias y sortilegios indescifrables. Pedía a los asistentes participar, no sin antes advertir que esa noche no habría luna llena, y por tanto, no se convertiría en “Hombre lobo”. Pero, por supuesto, la Pajarraca también estaba entre la multitud con su: «A ver cuánto le dura tu nuevo trabajito de charlatán », acompañando su risa burlona con sorna de pajarraca. 

Esa magia es conocida, hasta mis hijos lo hacen, jajaja» - le gritaba la Pajarraca con voz burlona. 

Cuando Martín se acercaba a ella, tratando de congraciarse, «…de olvidar todo, que desde ahora todo sería mejor, que lo de Chorrillos quedaba olvidado y que Barranco era una oportunidad de conseguir un nuevo trabajo, ser amigos, recobrar a su familia olvidar…» Pero la Pajarraca, al contrario: lo miraba con asco y rechazo. 

Pichiruche eres, los magos del circo Karlini, esos sí eran buenos magos”- se lo repetía torciéndole la jeta con mirada de asco destructivo. 

De esa forma su peor enemiga, ahuyentaba a su público, ya no con la idea de que él era el “Hombre lobo de Barranco”, porque decirlo «solo lo haría famoso. No, eso nunca». Lo que hacía la Pajarraca era burlarse de él, en donde estuviera y con quien anduviera, y cuando Martí quería responderle, lo amenazaba con el comisario. 

- ¿Quieren aprender un nuevo truco? – Dijo Martín una tarde a los hijos de la Pajarraca. 

- Siiiií – Le contestaron con voz de retrasados. 

Entonces empezó el juego. Se acercaban las fiestas de navidad, los cohetes y rascapiés y eran común escucharlos estalla en todas partes de Barranco. Se vendía en la calle y el mercado, sobre todo, los recién llegados de China. Cada familia reventaba los suyos. Martín usaba kerosene para hacer figuras en el piso, que luego los encendía, colocando cohetes que estallaban como si fueran un castillo real de fuegos artificiales, siguiendo una secuencia pero, en el suelo. Los hijos de la Pajarraca, contentos, tratando de hacer las mismas maravillas, pero Martín no los dejaba: «Tenían primero que aprender para no fallar». 

Llagado el día de celebrar la Noche Buena de 1928, los hijos retrasados de la Pajarraca le prepararon una gran sorpresa a la media noche: Tener un castillo de fuegos artificiales, dentro de casa. 

Los bomberos de la estación Miguel Grau, acudieron de inmediato, sofocando el incendio; pero la pajarraca y sus dos hijos retrasados, salieron por los aires debido a la explosión, y hasta el día de hoy, no se les volvió a ver por el barrio. 

Martín, por su parte, seguía haciendo trucos de magia, pero ahora sin usar fuego. 

- Son muy peligrosos – recomendaba al final de cada función, en el parque Raimondi, a los parroquianos que salían del cine y les quedaba aún un sol en el bolsillo, para ver hacer la magia, de la bueno o de la mala. 

Un día se fue con un circo mexicano, rumbo a Chile luego de una temporada de fiestas patrias. Dicen que se le vio marcharse contento, cojeando apenas y tocándose el bultito del colmillo de lobo que aún se encontraba alojado en su pierna izquierda, el otrora hombre lobo de Barranco, para no saber más de él. 



VES, 7 de junio de 2019

No hay comentarios:

Publicar un comentario