«Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista», se repetía de los labios para adentro, Manuela Valencia de Montoya, cada vez que cruzaba el puente de los suspiros y miraba a lo lejos el Morro Solar, y recordaba la curva de Chorrillos, la madrugada de enero de 1881, en que los obuses estallaban contra el acantilado, mientras las naves chilenas se acercaban más y más al muelle de pescadores, para probar puntería en la ciudad sobre los edificios más altos.
- Esto mierda no respetan ni la iglesia, - Dijo Manonga mientras todos corría a esconderse en las trincheras.
En medio de la noche, siete años después de la batalla, esa misma visión la torturaba una y otra vez, cuando cargaba la carreta en la hacienda Villa, llevando cebollas y tomates -que terminaban de madurar durante el viaje a los reductos de defensa de Lima-; algunas pipas de barro cocido con aguardiente amargo llamado Pisco, que a la mayoría emborrachaba casi sin darse cuenta, y que ella odiaba con todo el corazón -de ese odio enfermizo cuando no te quieren y que solo ellas son capaces de sentir y que se nota a kilómetros-; y algo de carne salada, para las tropas.
Y esa madrugada, con el recuerdo acuestas de 7 años de antigüedad, Manuela, acompañada de su burrita, la Pocha, recorría las chacras al pie del morro Solar, por Armatambo, rumbo al corazón de Chorrillos, donde estaba el reducto de defensores del morro. Pero esta vez, los oficiales desviaron el convoy hacia el reducto número 2, 5 y 6, de Miraflores. La batalla se había iniciado en la ciudad y no por la Herradura, como se pensaba: las bombas estallaban en la ciudad.
Siete años después, aún resonaba en sus oídos las explosiones de los cañones, la carga y disparo del máuser, el olor a fuego, pólvora y el calor de enero. Pero lo que más le sonaba es el grito que se ganó, después de la batalla:
- Ahí va la traidora.
Manuela lo sabía y los últimos 7 años se lo repetían a cada hora como un pregón, hasta el momento en que lo vio aparecer, luego de siete larguísimos años, a su esposo, en el portal de la iglesia de la ermita de Barranco. Casi pensó que se había muerto y que su marido la venía a recoger. Pero no, era él, vivito y coleando. Le quiso dar de golpes por los siete años de “traidora”, dicho cada día, a cada hora, especialmente los domingos de iglesia. Siete años desde que se la robó de Marruecos, ciudad cerca a Santiago, y que hoy se llama padre Hurtado.
Manonga era chilena y peruana por derecho de sábanas. Pero durante la guerra, era “la enemiga”, la “Traidora”, pese a fabricar pisco y enseñar a salar la carne de campo para que durara más.
Sí, ahí estaba ahora su marido, con ganas de reprochar, pero en realidad, era un alivio como cuando le sacaron la muela luego de 7 días de agonía, a punta de agua con sal y clavo de olor, y las tenaza de doctor de pueblo. Solo pensaba que esta vez dejaría de escuchar la palabra tan odiada:
- ¡Traidora!
Esa madrugada, mientras las primeras explosiones anunciaban el inicio del incendio devastador de Chorrillos, Manuela buscaba cruzar la quebrada de Armendáriz por su lado más angosto, y dejar los alimentos a los defensores de Piérola, el califa que resultó más traidor que Judas, en la estación del tren, junto al reducto Nº 5.
- Traidora, eso es lo que eres –volvía el agravio permanente durante siete años soportado.
Luego de que la armada inglesa dirigiera las operaciones, los chilenos tomaron la ciudad y empezaron a saquear las casas una por una. Una vez que obtenían todo lo de valor, las incendiaban. Manuela cerraba los ojos para no ver, pero era inútil: la mente es más poderosa que los ojos, y te lo muestra una y otra vez, aun dormido y hasta cantando la mejor melodía que se pueda recordar. «Un feo recuerdo, es el peor ladrón de la memoria», decía Manuela soltando una lágrima invisible.
- Traidora –susurró una mujer, en cuanto cruzó la puerta principal de la iglesia.
El sacerdote empezó a hablar de la guerra anterior, de los 7 años de la destrucción, de los bomberos italianos fusilados en Barranco por tratar de apagar el fuego, y de los 4 años de ocupación. De la gente traidora y de los héroes también. Del francés loco, Bergasse du Petit Thouars, que luego de ver a Chorrillos destruido, amenazó al comandante inglés Sterling, y al jefe de las operaciones militares de desembarco, Manuel Baquedano, declararle la guerra a Inglaterra, si se atrevían a amenazar a ciudadanos neutrales, o incendiar Barranco, Miraflores o Lima. Y con la cara que le puso, parecía un Napoleón resucitado.
- Hoy hablaremos de judas – Dijo el sacerdote.
«Cura maldito, ni él me va a dejar en paz», se dijo Manuela, con un trinar de dientes para que todos supieran que no estaba rezando, sino maldiciendo. Y cuando el cura iba a realizar la homilía, Máximo Montoya apareció de improviso. Todos se quedaron asombrados. Estaba más delgado, más viejo, más cansado, pero con una sonrisa que solo los viejos lo sabían interpretar: estaba satisfecho de haber llegado, por tanto, él se daba su propia bienvenida.
Siete años antes, en una calurosa noche de enero, y luego de la batalla con olor a carne chamuscada, pólvora y lágrimas, Máximo Montoya se ofreció a llevar a una patrulla chilena a la sierra de Lurín, en donde los notables de Chorrillos y Barranco, había escondido sus tesoros, para que no cayeran en manos del enemigo. A partir de ese día, Manuela sufrió las consecuencias de esa decisión. Por eso, cuando lo vieron entrar por la puerta, ese domingo después de siete años, todos lanzaron una mirada de odio y la oportunidad precisa para matarlos a los dos por “traidores y tu mujer chilena, también”.
En medio del silencio que precede a una tormenta, Máximo miró a Manuela y Manuela a Máximo. Ambos se acercaron, se miraron, se reconocieron, se amaron, como cada noche, el barco, de Valparaíso al Callao, una y otra vez, en medio de los sacos para que no supieran de la polizonte que se traía Máximo a Lima. Fue entonces que una voz rompió el mágico reencuentro:
- ¡Traidores!
El chusma empezó a rodearlos, cada quien con su argumento. « ¿Cuánto te pagaron los chilenos, Máximo?» « ¿No sabes que tu mujer alimentó y emborrachó a las tropas enemigas?». «Ambos son de lo peor.» Iban repitiendo uno a uno los argumentos para darse valor y terminar en linchamiento. Cada vez más aumentaba los reproches y los insultos, hasta que el sacerdote habló.
- Antes de morir, Manuela y Máximo, ¿tienen algo que decir? – Sacerdote patriota, decían.
Ambos seguían mirándose como que el mundo hubiera dejado de existir. Entre ellos no podía caber más el amor guardado por siete años de angustia, zozobra y destrucción, encerradas en el «¿Dónde estarás?, ¿qué estarás haciendo?, pero ya estás aquí…” Las dudas en medio de la soledad: « ¿Con quién estás, dónde desperdicias tu amor, mi amor, el nuestro…?».
Mientras Máximo no decía palabra: Después de una gran batalla personal que duró siete años en las alturas de Lurín, masticando dudas, evitando lanzar certezas imaginarias, evitando preguntas: « ¿con quién estarás, Manonga?», el alma termina muriendo, y el cuerpo penando.
Pero todo había terminado esa mañana de domingo de misa. Ambos sentían lo mismo que la primera vez, en la placita de Marruecos, a la salida de Santiago cuando se conocieron. Y el amable marino Arturo Prat que los acercó al muelle de Valparaíso, para iniciar la aventura de amor, con un genuino “Suerte, muchachos”.
- ¿Qué tienes que decir? – dijo el sacerdote, tomando el control de la violencia endemoniada de los rostros de los presentes.
Máximo entonces, miró a su alrededor, con una sonrisa infinita, y dijo:
- Quiero confesarme.
«Y después los linchamos a este par de traidores», dijo una voz encubierta por la ira del anonimato o resguardada por la cobardía del sin rostro. Máximo habló:
- En 1869 trabajé en la construcción del ferrocarril central –empezó Máximo-. Llegué a Huancayo, mientras muchos caían enfermos y muertos. Yo no me enfermé ni caí con fiebre. Entre los jefes del gringo Henry Meiggs, habían chilenos supervisando y dibujando planos. Muchos de ellos enfermaron y murieron. Y otros, no.
El sacerdote escuchaba el relato, con la paciencia perruna a la hora de almorzar, y Máximo prosiguió.
- Esa mañana de enero, después de la batalla de Chorrillos, me llevé a una patrulla de 13 soldados, para conducirlos al tesoro enterrado por los patrones. Mientras subíamos, siguiendo el borde del Río Lurín, los soldados iban enfermando, picados por millares de mosquitos patriotas. Esperé pacientemente los 4 años de ocupación, y los tres últimos haciendo algo de dinero, que de verdad, nadie tiene. Peleé en Concepción y nos traicionaron en Huamachuco. Luego, inicié mi regreso, con la sola esperanza de llegar y ver a Manonga, y si ya no estaba, ¡morir sin miedo!…. Pero ahora vivo, vivimos, y todo está justificado.
Entonces, Máximo metió su mano en su morral, mientras todos se ponían alertas por si acaso sacaba un arma. Extrajo 13 botones con el escudo chileno, y los arrojó en medio de la pista de novios del atrio mayor de la iglesia frente a la nave principal.
- No pude cargar sus cuerpos y menos con sus cabezas. A los tres que no murieron por la enfermedad, los maté yo mismo… Pero ahí están: treces malditos invasores, y el nombre de cada uno para que no se me olvide la próxima vez que nos veamos, sea en el cielo o el infierno», dijo Máximo con prudente ira.
Los botones oscurecidos, ahora brillaban ante los ojos de los presentes. Trece soldados invasores muertos por la fiebre de Huta y los puntapiés de Máximo, mientras Manuela lo tomaba por el brazo, mirando con amor, a su héroe personal.
En medio de un silencio sepulcral de la iglesia, ese domingo de mayo, nadie quería reconocer los argumentos de Máximo. Se habían acostumbrado a insultar, vejar, vituperar y humillar a Manuela, que prácticamente estaban perdiendo su única diversión, o quizás, el gusto de tener algo en común que compartir, a falta de buenas cosas por hacer y sólo por el placer de destruir a un ser humano, cosa muy común entre los peruanos, víctimas de la superioridad inca y luego española.
- Tu mujer, Máximo, tu mujer: dio de comer y emborrachó todas las noches a la soldadesca invasora. Eso no se justifica…
La gente empezó nuevamente a vociferar. Ya habían decidido dar muerte a Manuela, y solo esperaban la ocasión y ese, era el momento justo. Nadie debía salvarla, y si Máximo se interponía, peor para los dos. Entonces, Manuela habló, mirando a Máximo directamente a los ojos, sin esperar justificarse con los demás.
- Cada noche te esperé, Máximo. Cuatro años no conocí el agua, ni me bañé, ni me peiné, por miedo a que me violaran como habían hecho con muchas de mi edad. No respetaban mi condición de chilena; pues nunca negué ser peruana en cuerpo y alma, por amor a ti, Máximo. Cuatro años llevando y trayendo alimentos y aguardiente fresca a los invasores. Cuatro años sintiendo miedo; cuatro años con la esperanza de que este día llegue. Amor, mezclado con el miedo; odio, con la sonrisa de quien debe sobornar; paciencia, cuando tienes el alma envenenada por la fuerza de la venganza; cerrar los ojos, y seguir mirando el horror, evitando que eso llegue al corazón, para mantener intacto tu amor, Máximo. Lo que es tuyo, el enemigo no podrá tomar.
La concurrencia seguía convencida que ninguna palabra bonita, podría detener su decisión, mientras Máximo miraba a su esposa como tratando de callarla, diciendo con su mirada que no era necesario mayor explicación. Manuela entonces, volteó la vista hacia los presentes, que le devolvían la misma mirada de odio, desprecio, rechazo y sed de venganza.
- Durante muchos años, -continuó Manonga- ,aún antes de la invasión, los trabajadores de la hacienda apagaban su sed de venganza y la amargura de la injusticia, tomando aguardiente hasta morir. Los más imbéciles se emborrachan por amor; y los débiles, para no morir. Uno a uno los vi degradarse, destruirse, aniquilarse, por nada que valiera la pena.
Miró a doña Amadea de Aragón, la cuzqueña con dejo serrano, y dijo:
- Tu marido, borracho y con diablos azules en el cuerpo, destruyó a tu familia y casi te mata a ti. ¿Recuerdas Amadea, lo infeliz que eras? –y luego, mirando al resto: Y muchas de ustedes saben lo que pasa cuando el diablo del licor se te mete en el cuerpo.
Entonces, Amadea Aragón, le respondió:
- Y eso que tiene que ver con que hayamos decidido darte muerte por traidora.
Manuela sabía que ese día dejaría de ser Manuela, y pasaría a ser llamada Manonga y de una sola bofetada, la tumbó al suelo.
Ya no era la joven acusada por un marido ausente, sino de la esposa que recuperaba a su hombre hecho héroe, y que los años que no se bañó, no era porque le gustara, sino por la honra que defendía no muriendo cobardemente, sino conviviendo con la muerte noche y día, cosa que la mujer, tendida ahora en el suelo, no supo cuidar rendida por los ojos azules de un soldado inglés con uniforme de chileno. Manuela era el templo de Máximo.
- Rabona de soldado chileno fuiste tú, Amadea…. Por eso tu marido te pegaba. Eras una “poto loco”, cuando veías a un inglés.
Todo Barranco sabía la vida de todos y de todas, y por ahí, una voz temerosa, susurró «bien merecido lo tiene la vieja Amadea, sacavueltera», pero fue acallada por la hipocresía cómplice de barrio. Manonga entonces, les dijo a todos:
- Cada vez que alimentaba a esos malditos soldados, le daba de beber pisco de la más alta calidad, los emborrachaba una y otra vez, cada noche, todos los días. Y, mientras mataba sus pasiones con mis olores acumulados, evitaba así que tocaran el territorio que solo le pertenece a Máximo, los iba matando de envidia poco a poco. Porque algún día esos borrachos querrán regresar por más. Tratarán de imitar, de copiar; pero no podrán. Perderán su identidad y cambiarán el de nombre a una ciudad: pisco; para que crear que ahí nació, solo para burlarnos de esos chilenos de mierda. Y esa será mi mejor venganza: que pierdan el respeto y la dignidad en sí mismos por una botella.
Todo el mundo sintió un nudo de serpiente subir por la garganta, amarrándoles la lengua, y no les quedó otra cosa que salir por el atrio de la iglesia, con la cabeza hundida entre sus ropas, con la mirada enterrada en el piso, arando la vergüenza, hasta que no quedó nadie. El sacerdote ingresó a su confesionario, y solo se le escuchó llorar con un susurro de paloma vieja. Y, mientras Máximo Montoya y Manuela (Manonga) Valencia, salían por la puerta principal, la iglesia iba envejeciendo. La pintura empezó a deteriorarse, los santos desaparecieron, los ángeles perdieron sus alas, y se desmoronaron, con sus trompetas a cuestas. El púlpito de madera tallada, se agusanaba a gran velocidad y caía como hecho de ceniza. A cada paso que daba la pareja, todo lo detrás de ellos, desaparecía como si el tiempo corriera a la velocidad de la luz.
Cuando ambos salieron, de lo que era la iglesia de la ermita, en lo alto del acantilado, de pronto, solo quedó su fachada. Por dentro, todo estaba destruido, Dios no habitaba más ese lugar, salvo unos gallinazos comiendo basura… hasta el día de hoy y por los siglos de los siglos…
Barranco, junio de 2013








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