domingo, 15 de septiembre de 2019

Atilio, alias Tarzán


En Barranco no hay día en que no te cruces con un loco; locos sobran en plazas, calles, avenidas y mercados. Los hay agresivos, chistosos, silenciosos, habladores, gritones, pegalones; también los que son locos completos, otros a medias, otros un poquito, y, los peores, los que se hacen los locos. Pero casi nadie conoce a un loco de nacimiento, o, mejor dicho, ver nacer un locura de un momento a otro, como la vez que en medio del «feliz cumpleaños a ti» y a punto de apagar las velas pidiendo el deseo correspondiente, a Atilo se le ocurrió, bajarse la bragueta, subirse a la mesa y mear encima de la torta de cumpleaños, de Joselín, ante la incredulidad de los presentes. 

Y es eso lo que nunca pudo olvidar Joselín, en su cumpleaños número diez, a quién le decían “joselito, el niño cantor” porque andaba rascándose los cascabeles todo el día, y su padre sin saber, ponía en su radiola a todo volumen las canciones del español, hasta que en el cine lo vio cantando la canción, ahí, a pantalla completa, decidió romper todos los discos y echarlos a la basura: “Car’e cojudo, tiene”, dijo para justificarse. 

El padre de Joselín -o Joselito el de los cascabeles-, trabajaban en la Empresas Eléctricas Asociadas, hasta que Velasco la nacionalizó, convirtiéndola en Electrolima. Buen trabajo, buen sueldo y un futuro preparado para el hijo, ya que tenían preferencia para ingresar a la empresa, la única compañía que gozaba de los sueldos indexados y aumentaban de acuerdo al costo de vida, de forma automática, lo mismo que los recibos de la luz, por lo que la “revolución” no importaba. Y es por eso que las fiestas de Joselín se hacían en El Rancho, en un tipo escenario acondicionado en San Antonio Miraflores. Y ese año, por mandato y conciencia revolucionaria, fuimos invitados todos los del barrio, y no solo del colegio San Luis, el de los pitucos de Barranco. “Se van a codear con la ‘gentita’ de vóley playa, paleta y tabla Hawaiana”, decían nuestras las mamás orgullosas. 

Por su puesto que llegamos puntuales, y el guardián de la puerta nos señaló ‘Gate’ de servicios creyendo que veníamos a recoger comida para chancho. “No señor, tenemos entradas”- 

- Se dice invitación, zambito. 

Ese “zambito” me sonó a pendejada así que: “Ya tío, ahí ta’ la invitación”, y una vez dentro veíamos a las figuritas de los cuentos de hadas: Hansel y Gretel, la Caparusita roja, de carne y hueso, y su vestidito jardinero. Hasta una “Bella durmiente”, haciendo su espectáculo, mientras nos sentíamos los 7 enanos del cuento. “Todos gringuitas, como las figuritas de Disney”, decía Zocotroco, el tartamudo del grupo, que esta vez habló clarito. 

Llegamos al punto de la fiesta donde instalaron dos mesas, una con la torta y regalos y la otra, nos esperaba a nosotros: dulces, galletas, butifarras y harta gaseosa. Saludamos a papá de Joselín, y el “pase pase”, mirando a los papás del San Luis, “Es que estos llegan solo a comer, jaja”, alcanzó a decir con una sonrisa de pitucón acomplejado, con pantalón orinado, a sus compañeros de Electrolima. “Yo también soy revolucionario, tengo responsabilidad social”, respondió el padre, más que respuesta, con un tono de justificación de nuestra presencia ahí. 

Atilio Medina siempre fue el más callado del grupo, no teníamos historia de él, salvo que hablaba con las palomas que vivían en el techo del colegio Tacna, y que estaban en pelea con los gallinazos de la ermita y los pelícanos que se salía del mar por falta de comida, porque Velasco se había tirado todos los peses para ser el primer exportador de harina de pescado en el mundo. Y esa es la razón por la que en cada desfile militar, los pelicanos cagaban el auto presidencial de general, en la avenida Brasil. Después de eso, nada, hasta esa fiesta en la que meó el pastel de Joselito 

- Viejo de mierda – mascullábamos nosotros a manera de venganza. 

Luego de la meada nos echó de la fiesta, aunque de todas maneras nos iríamos en solidaridad con Atilio. Lo que nos molestó en realidad, fue que no pudimos llevarnos nada en nuestras bolsitas para la mamá, porque sí: “si te dan torta, debes llevar otra para la mamá, ¿no?”, era la evidencia que regresábamos de la fiesta pituca de Joselín. 

- Fuera mierdas – se vengó el portero que nos creía pirañas en la puerta de El Rancho. 

Ahora teníamos historia de Atilio, aunque su viejo se enteró de la “hazaña”, y le dio de alma. Nosotros teníamos qué contar pero desde ese día, y todas las mañana, Atilo empezó a gritar desde la azotea a las seis de la mañana, igualito que Tarzán, el hombre mono, que por magia, se había convertido en Atilo. 

Todo el barrio empezó a despertarse al principio con terror, luego con menos angustia que el día anterior, pronto con aburrimiento. Otros, por el contrario, los despertaba a la hora exacta parta ir a trabajar y daban gracias al mismo tiempo que echaban a la basura los despertadores japoneses que no servían para nada, salvo para maldecir al ver las boletas de pago con los descuentos por tardanza, cada fin de mes. Atilio era su salvación, tanto, que le regalaban galletas, caramelos, chocolates y hasta un calzón estilo Tarzán. 

Cansados otros, como la vieja Zambrano, una mañana lo esperó desde las 5:30 con un balde lleno con agua, y Atilo, al subir a la azotea para dar su matutino grito de Tarzán –porque la Zambrano debía esperar a que él disparara primero-, le vació todo el balde con agua fría, repleta con hielo de adoquines que vendía en verano, para cerciorarse que estuviera bien fría-, y algo de pichi de vieja, para que se curara. Porque según ella, esa es la forma de curar a los locos: agua bien fría y la primera pichi de la mañana. 

Atilo, sorprendido, se llenó de todo el aire que pudo, media bocanada de suspiro y media bocanada de susto, y empezó a gritar: ¡agua a la loca! Y así recorría las calles, asustando a medio Barranco, con sus gritos descomunales. Tarzán en la mañana y su: 

- ¡Agua a la loca! –todas las tardes. 

Por supuesto que otro loco, Piamo, se corría de él, porque a su paso la gente los miraban a los dos, pero más a Piamo, como si fuera culpable de que Atilo se volviera loco de la noche a la mañana, como si la locura fuera un virus que se mete por el aire o por una mirada impropia, se alejaba para no sentir culpa alguna: “Yo soy loco desde siempre”, decía para sí, como justificándose. 

Y todos sabíamos que Piamo, que era loco congénito, seguía la carretilla de su padre, un hombre de unos de 90 años, que recogía botellas vacías, para llenarlas de lejía y ron de quemar para cocinar, para luego venderlas en el mercado, fue cuando supimos que el viejo se llamaba Abraham, pero el día que nació su único hijo, él era muy viejo: “Por eso salió loco”, se decía como culpando la edad, a la vez que reprochaba a su mujer el por qué se le ocurriría parir a sus 70 años, «que por eso se murió dejando a ese loco». Y así, silencioso, manco del brazo izquierdo, pensaba que algún día Piamo partiría de su lado, como un chivo expiatorio rumbo al desierto de donde él mismo había llegado. 

Pero sucedió lo contrario y normal: el viejo se fue primero, 111 años de edad, con la vista perdida en el horizonte como esperando una promesa que nunca llegó. 

La cosa era que en Barranco no solo era ciudad de locos; los habían mujeres, como la loca pegalona, que andaba medio calata, y que era mejor no mirarla de frente, porque simplemente te daba un manazo con el clásico «¿Qué me miras?», mientras se corría cuando veía venir a la loca Paca, una negra que dicen se volvió loca porque dio a luz a ocho hijos en una sola noche, la misma en que su marido se fue de la casa, y ella decidió apagarse y no pensar más. Denunciada por sus parientes, determinaron que era totalmente irresponsable y la llevaron a un instituto de salud mental, en la avenida del ejército, de donde escapó el día en que la Popis, la perra del vigilante parió 8 perros, y la asustó tanto la idea, que antes que recobrar la razón, decidió andar por el mundo, porque según ella, «… si Dios cuida de las aves, ¿porque no iba a cuidar de ella?», y se marchó. 

Y en eso tenía mucha razón, pues Atilo caminaba las calles y los mercados y nunca le faltó un plato de comida, y cosas extrañas que encontraba al hurgar en la basura: trompos viejos, que él los hacía bailar igual; canicas de colores, medio rotas medio intactas; muebles viejos que él veía como tronos de un rey o mesas ceremoniales de gente con faldita de masón, que sacaba de alguna casona de “Gran Maestro venerable”, muerto, y que cargaba con devoción y sentido magnánimo, tal como lo hiciera una hormiga, directo para su casa, que era una covacha de estera, frente al colegio Eguren, cuando solo era un pantano. 

Los del barrio lo tratábamos igual, como si no se hubiera vuelto loco; pero con la firme convicción de no dejarnos contagiar, hasta que fuera estrictamente necesario. Solo nos hacíamos los locos, cuando caíamos en una fiesta, tal como paracaidistas, y decíamos que nuestro hermano, primo o tío ya estaba dentro, y comíamos más que los propios invitados y salíamos mejor librados aún, porque el secreto de ser un paracaidista en medio de una fiesta ajena, es convertirse en el alma de la misma. Así que con los bailes de Jhon Travolta, y la salsa canera colombiana y el ‘se me perdió la cartera’, la hacíamos… Hasta que llegaba Atilo. 

El loco, desde la puerta, nos señalaba con nombre y apellido, dirección y hasta teléfono -porque algunos teníamos teléfono pero la mayoría no-, a lo que salíamos disparados, porque nadie nos conocía, ni la dueña del cumpleaños. 

Por una extraña razón, empezaron a llamarnos «la collera del loco», algo realmente aterrador para el negro Ñeke, que lloraba de angustia: «No quiero ser loco, no quiero», repitiéndolo tanto, que teminó con alzhéimer en su vejez. 

“La collera del loco”, se volvió tan popular que la Allison lo sabía. Ella estudiaba en el Hans Christian Adersen de Miraflores, hasta que el colegio se mudó a Monterrico. Linda de ojos azules, pecas hermosas, cabello castaño, se pegaba a nosotros desde que le arreglamos la bicicleta en el malecón de los ingleses y nos agarró cariño. 

- Los de mi cuadra o estudiaban mucho o son aniñados. Medio maricas, parecen – decía desencantada de sus amigos de barrio. 

- Bueno, no estudiamos mucho pero machos, somos bien machos, machazos – atinaba a decir. 

Luego nos fue presentando a varias amigas, la Rosirenen, Jenifer, Bonnye y a la Genoveva, que tenía nombre de vieja por su abuela. Entablamos mucha amistad y hasta agarramos vieja con ellas y no les importaba que Atilio nos descubriera con su “Agua a la loca”, se acostumbraron a nuestras aventuras: bajar a la playa en invierno, subir pos las laderas, e ir a los juegos mecánicos y al circo Cavallini, y meternos de gorra. Todo fue una maravilla, hasta la fiesta de promoción. Ya estábamos pensado en alquilar los ternos y corbatas, comprar perfume, desodorantes de a sol, la orquídea y “toda esa vaina”. Cuando: 

- Iremos con los chicos de la cuadra, eso ya son cosas de mis viejos –nos dijeron. 

- Hablamos con tus viejos, somos amigos, aventura, playa… piquitos…. – dije casi con lágrimas de macho cabrío. Entonces fueron muy claras, limpias, precisas, como un bisturí: 

- Ay, chicos, ustedes son para la joda… 

De pronto apareció Atilo, con su grito de Tarzán y las bañó a todas con pichi caliente 

Era la única vez que pensábamos al unísono y exclamamos casi como un coro y en perfecto canto coral gregoriano: 

- «Loco de mierda». 

Cuando en realidad no sacó de un momento incómodo, vergonzoso, el día en que nos rompieron el corazón, “Bien echo a esa con…” 

Fue el verano de 1978, la mayoría de la collera éramos de cuarto y, por primera vez, habíamos salido invictos, y reparando seriamente el corazón. Fue el mejor verano de todos, porque al siguiente terminábamos la secundaria, la promoción, la fiesta de fin de año (con las del barrio), y empezar a pensar que haríamos de nuestra vidas: universidad, escuela técnica, ejército, marina, aviación, cuando mirábamos a Atilo, corretear palomas y gaviotas, pensado para nosotros «¿Y qué será de este?», ese verano en que no teníamos más en que pensar, terminar el colegio y no sabíamos aún que las vacaciones se extenderían casi un año, por la huelga magisterial de SUTEP, cuando descubrimos en ese invierno y sin hacer nada, que la mejor forma de pasar el invierno es haciendo algo, o indefectiblemente, terminaríamos como Atilo, o escribiendo cuentos. 

Y mientras la “collera de agua a la loca”, se iba desarticulando, por causa de las novias imprevistas a las que por su puesto, nosotros intentábamos mantener la soltería, para evitar tener la cara de imbécil que ponía el pavo Angulo, el día que se enamoró y no lo podíamos reconocer, porque todo en él había cambiado y lo poco que reconocíamos era su voz de pito que no le había madurado, en medio de la cara de estúpido en que lo había convertido Lucia. «Ni de vainas», repetíamos, tirándonos de cabeza a la ola más grande que venía contra nosotros, sintiendo el choque antártico de la corriente de Humboltd del océano pacífico en la playa los Pavos, como Angulo, sin presagiar que todos llevaríamos la misma cara de estúpido algún día y que dependía de cuánto tiempo la cargaríamos -felices y a la vez descontentos, tal como si fuera cargar una cruz-, nuestra vida de casados con destino divorcio, como la mayoría nos pasó, después de años. 

Fue al medio día de febrero en que Atilo que, desde la vez que la vieja Zambrano lo había bañado en agua fría, hielo y pichi, «agua de poto», según las enemigas de la vieja Zambrano y que por eso se había vuelto más loco-, quiso a salvar a tres bañistas que se estaban ahogando frente a la playa de Barranco, cerca al monte de arena, donde se juntan las olas haciendo una equis. Y, mientras los salvavidas -que eran policías y expertos-, luchaban por sujetar a Atilo que repetía «Yo los salvo, Yo los salvo: yo ser Tarzán», la gente atinaba a sentarse cómodamente, como si se tratara de un espectáculo de circo Cavallini. 

- Yo salvar: yo ser Tarzán –repetía Atilo, en idioma de Tarzán. 

Despojado de su bufanda, pues decía que todas las enfermedades entraban por el cuello y que mientras lo abrigara «nada te podía pasar»; teoría que lo hacía andar calato en invierno y abrigado en el verano, Atilo persistía en salvar a los que se estaban ahogando. 

Ya la mayoría de barranquinos lo conocía, pero esta etapa de héroe, no. Así que todos aguardaban fielmente en su butaca de arena plomiza y zona VIP, «a ver ¿qué pasaba con el loco?». 

Los policías lo agarraron, lo golpearon, lo cogotearon. “Oe, oe, abusivo”, gritaban algunos. Pero Atilio era invencible, como todo loco. 

- Yo salvar: yo ser Tarzán –repetía, mientras las gaviotas picoteaban la cabeza pelada de los salvavidas. 

Cuando sacaron semi ahogados a los tres bañistas, gracias a la intervención de tablistas del Club Waikiki de Miraflores, los policías salvavidas aún seguían peleando con Atilio. 

Pronto, se pusieron a dar respiración boca a boca a los rescatados y resucitación cardiotorácica, y todos los demás procedimientos que se requerían, hasta que uno de los semimuertos, resucitó: 

- Déjame, carajo, que me estás haciendo pasar vergüenza –Y sentenció:- La próxima, lávate la boca, oe, tufo de perro. 

Atilio, desconcertado, miraba al mar tratando de ver a los que pedían auxilio mientras nosotros seguíamos sentados en la arena. De pronto, le gritamos «Agua a la loca», para que se dejara de bobadas y Atilo empezó a señalar: 

- Ahí, ahí: se están ahogando. 

Tratamos de mirar, pero sabíamos que era mentira: ahí no había nadie ahogándose. 

- Ahí, en esa ola… - Gritaba Atilo. 

Fue cuando cometimos el error: 

- Sálvalo, Atilo – y le comenzamos a dar aliento, imitando a Tarzán. 

Entonces Atilo, se desnudó por completo, “poto calato,”, y se lanzó al mar, nadando incansable, braceada tras braceada, hasta que no lo volvimos a ver más. 

Si avisábamos a la policía salvavidas, nunca entrarían a salvar a Atilio y Atilo no volvió a salir del mar, pese a que entramos con mucho miedo a buscarlo; miedo, sobre todo, al descubrir que en el mar también había peces locos y encontrar en Atilo un su reino, era difícil de sacar de la cabeza. Así que una hora antes de que se oculte el Sol, salimos del mar casi caminando sobre las olas. 

- Como es loco, seguro se casó con una sirena –dije para dar ánimos. 

No avisamos a nadie -ni a su familia-, que no volvió del mar. Estuvimos contando historias de cómo sería ver a Atilo casado con una sirena, frente al mar y a Poseidón como su suegro. Imaginamos hasta que le organizábamos la boda, viéndonos en la fiesta como invitados de honor; al son de la orquesta subacuática; probando el menú escogido por nosotros mismos, con todo lo que nos gustaba. Una fiesta en la cual no nos pedirían jamás tarjeta de invitación, ni se atreverían a criticar nuestra forma de vestir, hablar, comer…. Un lugar tan cómodo, donde olvidaríamos totalmente el miedo que nos echen por cualquier cosa que hiciéramos; incluso, las que ni si quiera tendríamos culpa alguna. Simplemente, por no ser parte del “paisaje”, como en “El Rancho”, “El tenis de Barranco” o “Las Terrazas”. Atilo no lo permitiría, total: era el yerno de Poseidón y estaba loco. 

«Espero que no se haya orinado encima de su propia torta de bodas», dije en silencio, riéndome de mí mismo, muchos años después, en medio de una borrachera, en el urinario del Bar Juanito, y creyendo escuchar un grito de Tarzán, que provenía de los acantilados, entre la neblina, o quizás era el duende Chem, tratando de imitarlo, para que me acuerde de esta historia muy entrada la noche de un mes de marzo como este.




Barranco, 16 de enero de 2013 

Reescrita el 09 de marzo de 2019

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