domingo, 15 de septiembre de 2019

Justinacha, sin miedo




- Llama a la “chola”, para que limpie la mesa – Dijo la señora Genoveva a su marido. 

Y es que doña Genoveva Caraza Viuda de Vicuña -aunque este apellido la relacionaba con la indiada a la que ella, desde lo más profundo de su corazón y muy sinceramente, despreciaba-, siempre cortaba diciendo “Llámeme Genevova no más, porque yo no soy “de” de nadie”, llegó a vivir a un chalet de la calle Bolognesi y Piérola, sintiéndose de la alta sociedad barranquina, y por eso no se quitaba el apellido Vicuña, porque aún quedaban algunos Vicuñas dueños de viñedos cerca al de los Ugarelli y los Semorile, en los fundos de Surco y eso la emparentaba, «pero no tanto, no tanto…», aclaraba para no sentirse mal. 

Y es que doña Genoveva, como buena camaneja, dueña de un fundo de apenas tres topos -una hectárea para ser exactos-, la hacía sentir como una hacendada poseedora de medio Perú. Y eso que la chacrita, heredada de su abuelo durante la reforma agraria, la tenía alquilada a la asociación de agricultores frijoleros del valle de Camaná, con lo que pagaba las mensualidades de la casa de Barranco, donde se fue a vivir con su segundo marido –después de 20 ensayo-, un contador público a quien ninguneaba por apellidarse Quispe Pillaca, que trabajaba para el Estado, y que prefería ningunear y tratar como un fantasma, allá a fines de los años 60, y que a la vez no reclamaba, ni parecía hacerle daño, que a doña Genoveva la siguieran llamando “viuda de Vicuña”. 

En su nueva casa de provinciana, y creyéndose hija próspera de hacendado sureño, se vino a vivir a Barranco, la ciudad de los poetas y su mejor entretenimiento era pasarse el día diciendo que “chola por aquí, que chola por allá”, Justina obedecía sin pestañar, mitad porque no hablaba castellano, mitad porque solo entendía la mirada malvada de la “Señora”. 

Justinacha, como le decían en Pausa, su pueblito -que quedaba con un pie en Ayacucho y el otro en Apurímac-, nunca supo cómo vino a dar a Lima, salvo que a los 16 años se subió a un camión y amaneció en una ciudad sin cielo de Lima: “Atataw - que feo”, se dijo, apenas pisó la capital, la ciudad sin sombra porque pareciera que nunca saliera el Sol, extrañada de que nada fuera verde, salvo los parques sobrevivientes, en mitad del desierto. 

De tantas novelas mexicanas que veía en las tardes junto a la señora Genoveva, mientras hacía limpieza de casa, lavado de platos, planchado de ropa y toda actividad que no la dejara quieta por un instante, porque si no, se perdía el capítulo del Derecho de Nacer, «qué boneto», porque la “dueña”, la mandaba de inmediato a la cocina como castigo por “andarse de oveja confiada en su Pastor”, como “floja”, de dejar a Dios que haga las cosas que ella está obligada a hacer por ser “la chola” de la casa. 

Pronto, Justinacha empezó a entender castellano, gracias a las novelas mexicanas que veía junto a Doña Genoveva en la televisión. Sobre todo, a decir: «Chamba» al trabajo, «cuate» a los amigos, e «híjole», cuando se le caían las cosas. Pero era cuando iba al mercado central de Barranco y hablaba en quechua cos sus paisanos, la que la mantenía pegada a la realidad, a su tierra y a los apus. 

Una tarde llegó un señor muy elegante, con terno y chaleco y sombrero de paño, que decían era escritor. De hablar pausado y lento caminar, vino a buscar al marido de doña Genoveva, para que le arreglara unos asuntos de impuestos y declaración jurada al Estado. Y mientras los esperaba, a Justinacha le ordenaron que le preparase un café al invitado. 

- ¿De dónde eres? – le hablo en quechua perfecto, a lo que Justinacha se sorprendió. 

- De Pausa, soy. De Ayacucho, mi tierra; cerca de Apurímac, pero más acasito. 

- ¿Te tratan bien acá en Lima? 

- Sí, pero mejor era cuando no sabía castellano; ahora no. 

La señora Genoveva los escuchaba hablar, y desesperada, por no entender quechua -además para no perderse un capítulo de “Chucho, el roto”-, pidió permiso, y se fue, porque, pensaba que el quechua era el «Idioma de la servidumbre», motivo por el cual jamás se atrevería a aprender ni si quiera a saludar en ese idioma. 

- Me da un permisito, don José María – Dijo al visitante. 

- Vaya no más, doña Geno…, -y agregó mirando a Justinacha y hablando en quechua- : Más bien si tienen un matecito de coca, o un emoliente Pauseño, sería mejor. 

Justinacha se sentía muy cómoda con aquel hombre, y le preparó el «emoliente más exquisito que he probado en mi vida», exclamó Don José María. 

- Allá, en mi tierra, rico se prepara. Limón fresco, clavo de olor, su secreto es… Rico, ¿no? 

- Calienta el cuerpo… Con el emoliente uno disfruta mejor el amanecer de los andes – Dijo Don José María, soltando un suspiro como de nostalgia. 

- ¿Usted de dónde es? – Preguntó Justinacha. 

- Soy serrano por mi madre. Mi padre era limeño, barranquino, y fue juez en Ayacucho; conoció a mí madre en Huanta y terminé naciendo y viviendo por allá… 

- Debe saber mucho usted, señor que habla dos idiomas y no se confunde – Dijo Justinacha. 

- ¿Tienes miedo? Yo tenía miedo… A veces soñaba en castellano y otras en quechua. Escribo a veces también así. 

- Miedo no me da; porque solo 4 o 5 cosas dan miedo, el resto no… 

- ¿Cuatro o cinco cosas? – preguntó casi interesándose. 

- De algo que me contó mi abuela, cuando chiquita yo era. 

«Justina, mi Justinacha, antes que todo existiera, los humanos eran atormentados por demonios que leían el futuro a su antojo, y de esa manera, los engañaban llenando sus mentes de miedo. No hay peor miedo, Justinacha, que tratar de ver el futuro, porque en él puede pasar cualquier cosas, todo lo bueno y todo lo malo, Justinacha, –me decía mi abuelita-. Y lo peor es que nada de eso ha ocurrido, pero cuando habita tu cabeza sientes como que verdad es, y eso destruye la cabeza, nubla la visión, amarga el ánimo y llena de picaduras de abejas el corazón. 

«Eso hacía los demonios de los cuatro vientos. Uno anunciaba terremotos, catástrofes y muerte. Creyendo que en cualquier momento se iban a morir, nadie hacía nada, vivían derrotados, pensando “para qué, si mañana nos podemos morir”. Entonces, solo de dedicaban a recolectar y depredar los valles. Una vez que se comía todo, iban al otro valle. Y allí los esperaba el segundo demonio: el hambre. Al no encontrar nada, les invadía el miedo y hasta guerra hacían contra otros hambrientos también y se mataban entre ellos. Y si no morían, acudía el tercer demonio. 

- Interesante tu historia, Justinacha. 

- De mi abuela es, señor… pero déjeme terminarle, pues… 

«El tercer demonio era la enfermedad. Si no los mataban los huaicos y el hambre, los mataba la enfermedad del frío: una gripe se convertía en pulmonía y morían ahogados sin respirar en el hielo de los Apus más altos, los que tienen nieves eternas, ahí no más, tosiendo y de frío. 

“Entonces venía el cuarto demonio, que era el peor: la vejez. Cuando no tenías dientes y no podías mascar carne de llama, ni maíz, nada… Casi morías de hambre. Pero eso no era lo peor; lo peor era que a los viejos los dejaban atrás. A nadie importaba. Si un puma o un oso los encontraba, ahí no más morían devorados. 

- Hasta ahora, la sabiduría de los viejos se pierde por su debilidad y los más jóvenes no cuidan eso. 

- Si pues… 

“Pero esos demonios asustaban a todos menos a 2 de ellos, nunca; nada que hicieran contra ellos, podían, señor, nada. 

- Y quienes eran, ¿otros dioses acaso? 

“Eran un hombre y una mujer, los padres de todos nosotros… 

- ¿Adán y Eva? – Se adelantó don José María. 

- No pues, señor, ese cuento de blancos es… – Se enfadó un poco Justinacha. 

“Las catástrofes, el hambre, la enfermedad y la vejez, no podían llenar de miedo a esta pareja de enamorados que ni caso hacían. 

“Ellos, para no tener hambre, la tierra sembraban pues, con semilla, con surcos y con chaquitaclla, rompían la tierra dura de los andes. Maíz nunca faltaba. Contra la enfermedad, aprendieron a cuidarse, abrigarse y conocer el secreto de las plantas…. 

- ¿Cómo el emoliente? 

- Usted, señor, lo ha dicho: ¿rico no? 

“Empezaron a sembrar quinua, la kiwicha, el aguaymanto y miles de granos más, por lo que los demonios se enfurecieron y tomaron la decisión de infundirles miedo con tormentas, inundaciones y terremotos, ordenando a las aguas de los ríos, inundar los campos que ellos sembraban y cuidaban. 

“Cada vez que los ríos se salían de su cauce, los dos huían a las alturas de los Apus cercanos; luego, bajaban y entonces, con música de tambor y quena, danzaban tomados de las manos… Eso enfurecía a los demonios más, pues, que no se cansaban de mandar truenos y relámpagos, que los amantes incluían en sus danzas, felices ellos. Y un día, los demonios acordaron: “Dejemos que la vejez los destruya”, seguros que con el «mal del tiempo», terminaría con su amor y su “falta de respeto hacia ellos, sus dioses”, a quienes ni caso hacían. 

“Pero nuestros enamorados, como niños, se levantan muy temprano para sembrar; mientras lo hacían, jugaban; mientras labraban la tierra, cantaban; y, cuando cosechaban, agradecían a la pachamama y no al cielo, a los Dioses. Y los demonios más y más se retorcían de envidia y de dolor 

“En aquel momento los demonios de la tierra, llamaron al Mayor, la muerte, pues nadie escapa al miedo que produce escuchar tan solo su nombre, y decidieron, entre todos, ponerles trampas: primero, mataron a sus 12 hijos; luego, incendiaron sus tambos donde guardaban los granos; por último, hicieron caer estrellas del cielo, sobre sus campos y agitaron las aguas de los ríos y los mares. 

“Al ver todo perdido: hijos, campos, almacenes, todo, quedarse sin nada; los amantes huyeron hacia las alturas, haciéndolo como ellos sabían: ayudándose, saltado, lanzando cuerdas, si acaso cantando… Pese a todo, seguían siendo como niños. 

“Eso enfurecía más a los demonios que provocaban derrumbes, les lanzaban piedras y ellos, le parecía aún más divertido. Incluso, cuando la lluvia formaba avalanchas, ellos los saltaban ayudados por sus sogas, y recordaban las veces que lo hacían solo por diversión, por lo que nunca sintieron la furia de la naturaleza como calamidades. Al contrario, se apoyaban más y más: no era dos, eran uno, y eso perturbaba a los demonios. 

“Cuando los demonios, cansados de mandarles todo tipo de desgracias y calamidades, decidieron bajar ellos mismo a enfrentarlos para darles fin. Hicieron que del Apu brotara agua hirviendo, a lo que la pareja mezclaba con el agua de lluvia y las sales de la tierra, transformándolas en aguas termales. 

“Los demonios se desesperaban más, cuando vieron que de la alforja, el hombre sacaba pan para comer y semillas, y maíz, y habas y chicha para beber, dándose los dos un banquete en medio del pretendido sufrimiento que les querían infundir. Y acá, entre nos, le diré el secreto: Los dioses y demonios nos envidian, porque no pueden sentir amor, no pueden hacer nada por alguien más que no sea para ellos mismos; por eso su mejor arma para dejarnos de amar es infundirnos miedo, incluso, contra nosotros mismos, evitando que seamos lo que debemos ser. Por eso provocan hambre, enfermedad, pobreza, vejez, muerte... son cosas que asustan... Pero el amor, los venció a todos: a los Dioses les enseñaron a amar y los demonios... a ellos, a sufrir de envidia, que es la esencia su propio infierno 

“Los demonios ancestrales decidieron provocar la solución final: causar un gran terremoto y que el propio Apu los sepultara a ambos para siempre, «a estos irrespetuosos que no tienen miedo a sus dioses, los mataremos nosotros mismo», se decían. Fue entonces que un gran terremoto sacudió a todos los Andes, todos los Apus, elevándolo por sobre todos los mares de la tierra, mientras los amantes, en lugar de pedir perdón a los cielos, se abrazaron al Apu mayor, derramando sus comida y su chicha de jora echa de maíz, en señal de despedida y agradecimiento por todo lo que les había dado. 

“Entonces desde los más profundo de la tierra, desde el corazón del Apu más grande y poderoso, se escuchó: 

“Hagamos a estos como nosotros”. 

«De pronto, a los amantes que veían todo perdido, pero más enamorados, les brotaron poderosas alas gigantes en las espaldas, que ellos batieron como niños con juguete nuevo, elevándose por sobre todos los Apus, la tormenta, el cielo mismo, llenándose de tanta sabiduría adquirida, discerniendo y separando el mal de los demonios del bien de los Apus. 

«Estaban ahora tan alto que ningún mal podía alcanzarlos. Fue entonces que sucedió. 

- ¿Qué, Justinacha, acaba que me has dejado perplejo? –Dijo el escritor. 

“Emergieron de las aguas de un gran lago, en lo más alto de los Apus, casi cerca al cielo. Descendieron al valle y descubrieron tierra fértil. De las alforjas, sacaron las semillas guardadas, un par de papas del paraíso, que se multiplican solos porque no tienen semillas, como las uvas, y luego: el maíz, las habas, la Kiwacha, el amaranto, el aguaymanto, y cientos más… 

“Ahora no les interesaba que la tierra no fuera plana, harían pequeños andenes en los Apus y trasladarían el agua de los puquios de las alturas, hacia abajo, por fuerza natural. Lo que importaba era no tener miedo a comenzar de nuevo. 

- Cómo yo, pues, cuando me vine a Lima… 

- Linda historia, Justinacha – Dijo don José María -. Me resuelve la fundación del Cuzco, el ombligo del mundo y de dónde vinieron Manco Capac y Mama Ocllo 

- Por eso miedo, no tengo yo, pues señor. Pero le aclaro, el Padre Manco Capac y la Madre Mama Ocllo, no son dioses, pues; son humanos. Lo único que hacen los dioses y demonios es hacer sentir miedo. –Y concluyó rotundamente-: Dios no da miedo; da soluciones, pues, para eso tenemos cabeza: para pensar. 

Cuando doña Genoveva bajó a ver a don José María, Justinacha estaba bien sentada en su silla personal de la sala, contando su historia, a lo que la regañó bruscamente. 

- No la reprenda, yo la invité a sentarse… - La defendió don José María 

- Estas cholas son buenas para nada, confianzudas son. 

- ¿Me la puedo llevar? – Dijo don José María, aprovechando la ofuscación- Estoy necesitando una asistente en casa. 

- Llévesela, si le paga los 15 días de este mes –Dijo doña Genoveva, buscándose un ahorro de trabajo gratis, sin saber que se ganaba un pleito con su marido «que ahora dónde conseguir otra chola, que no solo hable quechua», le dijo al enterarse, cosa que doña Genoveva demoró dos semanas en encontrar una y aplacar la ira de su marido, que bien sabía que era puto teatro para sentirse el “hombre de la casa”. 

Desde ese día, don José María vio de otro modo el mundo, y siguió disfrutando de las historias que Justinacha le contaba cada tarde, cuando empezaban las novelas mexicanas y ambos apagaban el televisor. 

Balconcillo, La Victoria, 15 de setiembre de 2015. VES, 29 de mayo de 2019

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