domingo, 15 de septiembre de 2019

Los Pishtacos y el Señor de los Temblores






AQUELLA MADRUGADA DEL DOMINGO 31 DE MAYO DE 1970, cuando José Daniel no tenía nada en qué pensar, más que llegar al club campestre en Chosica y relajarse todo el fin de semana, sin hacer planes, con el único objetivo de “hacer nada”, y mientras trataba de sintonizar la radio cuya señal se iba perdiendo cada vez más a medida que se alejaba de la ciudad de Lima, trató de reducir la velocidad de su moderno Volkswagen alemán último modelo, «aunque todos eran iguales», salvo que los que vendría del Brasil tendían motores de aluminio, «una porquería», se reía en forma burlona de sí mismo- trató de sintonizar alguna estación de Chosica como una forma de evitar el silencio de la carretera y a la vez, enterarse de algo acerca del Mundial de México y silenciar el ronroneo del motor, enfriado por aire, que hacía monótono los 40 kilómetros que le faltaban. 

Aunque en realidad de fútbol no le interesaba para nada, era la primera vez que Perú participaba con equipo completo, y sería un tema básico en los almuerzos en la oficina, Y, no hablar de ello, sería una herejía nacional o un atentando contra la integración y la «cultura organizacional», del cual el nuevo gerente de Relaciones Industriales hablaba, como señalando quién sería el próximo en despedir. 

Su novia y su futuro suegro lo esperaban en el club y pensaba que sería una extraordinaria oportunidad para aumentar el vínculo familiar, a las que él no estaba acostumbrado. La vida de casa en casa de una tía a otra, terminaron con su sentido de orientación, sin saber ni estar seguro en ningún lado. Heredero de una casona en Barranco, y con una hacienda convertida en bonos revolucionarios de “las fuerzas armadas”, a José Daniel solo le quedaba sacar el mayor provecho de su educación privilegiada, y nada más. Gracias al dominio del idioma inglés que adquirió en el colegio Markhan College, le abrió las puertas para ganar una beca y seguir la carrera de ingeniería textil en Londres Inglaterra, lo cual le aseguraba años prosperidad y hasta lograr la Gerencia General en la Textilera de Vitarte. Planes que sin saber, ese día, tanto su novia como su futuro suegro, no volverían a ver más, al menos como parte de la familia. 

Aún no amanecía y la radio se había quedado totalmente muda, cuando el hombre salió de no se sabe dónde, golpeó el capó, estrellándose contra el parabrisas, rodó por el techo del auto, para dar finalmente de bruces al pavimento. 

José Daniel detuvo el auto y sintió esa extraña sensación de maldad, el dilema de seguir adelante sin ver atrás, «aquí no pasó nada» y abandonar la realidad por el fácil escape. La carretera central estaba vacía inexplicablemente y sería fácil hacerlo cuando vio al hombre tirado en el suelo tratando de balbucear algunas palabras que no entendía y que lo único que lograba escuchar, era esa forzosa necesidad de entregarle un bulto negro que tenía entre sus temblorosas manos. 

- Llénalo, llénalo – decía el agonizante hombre 

José Daniel veía fijamente las manos rugosas y encallecidas de aquel sujeto, que trataba de entregar un último y urgente encargo. 

- Pischtaco, phistaco – decía la voz que cada vez se iba enmudeciendo más. 

Al tratar de levantarlo, haciendo caso omiso al bulto que le entregara, el hombre cogió su muñeca. Al instante, explosionó una súbita luz dentro de la cabeza de José Daniel, como si tuviera recuerdos de hace siglos, escondida en medio de neuronas apagadas por la razón, la ciencia y el tiempo. Sintió un dolor como que lo partía en dos y, sin quererlo, en menos de un segundo, le fue transferido cientos de millones de datos información de los últimos 15 mil años de historia terrestre y más. Una transfusión de mente a mente, como una herencia que, más que afortunada, era maldita. Entonces, soltó la mano y cayó casi desmayado sobre el piso de asfalto. 

Desde entonces, lo supo todo. Debía regresar a la ciudad y tomar la carretera al Sur; entrar por la antigua Panamericana hacia los Pantanos de Villa, Chorrillos y llegar a Pachacamac antes de las 3 de la tarde. Luego, ensebar al ídolo de arriba abajo y esperar que el Yana no subiera a él. 

Todo le era extraño hasta ese momento; solo sabía que debía actuar: «¿Por qué tengo que hacerlo?, ¿Por qué yo?», se habló a sí mismo, aturdido, asustado, pero sin dejar de hacer. Regresó a su auto y pensó: «un hombre muerto y él era el responsable». Entonces, ocurrió: el hombre que yacía en la pista, simplemente, ya no estaba, desapareció y solo el pote con grasa humana se hallaba en manos de José Daniel. Y sí, se sintió libre, podía seguir su viaje y olvidarse de todo. « ¿Quizás haya sido un sueño o una pesadilla? » trató de explicarse, y enrumbó hacia Chosica como si nada hubiese pasado. Por un momento se sintió libre de responsabilidades y feliz. 

- Mi primer error – dijo años después. 

Cuando llegó al club y dio su nombre para que lo dejaran entrar, ya había amanecido y el sol serrano brillaba con mucho esplendor. Le parecía todo de maravilla y que el accidente no había ocurrido nunca, que su novia estaba esperándolo y que nada podía entorpecer ese día. Entonces, sacó su maletín de la cajuela y ahí estaba, el pote de barro con grasa humana en su interior. 

- El Dr. Martínez y su hija han ido a la ciudad por víveres – le dijo el administrador de los bungalós del club. 


En ese instante, lo asaltaron destellos de imágenes de una ciudad destruida, sepultada por una avalancha de nieve y rocas, y miles de personas corriendo despavoridas, asustadas, muriendo, lo despertó de una ensoñación silenciosas. José Daniel sintió un pánico súbito, dejó su maleta sobre la cama y subió a su auto nuevamente, y a toda velocidad y sin dar explicación, regresó a Lima. 

Apenas salió de la carretera central, dobló a la izquierda y tomó la carretera al sur. Llegando a los pantanos de Villa, cortó unos juncos y los ató. « ¿Por qué hago esto?», se dijo. Luego continuó rumbo al sur. El puente recién inaugurado facilitó la entrada al santuario que aún no estaba señalizado, ni sabía en donde se encontraba el ídolo de madera, el Dios de las “cuatro caras”: Pachacamac. 

No había tiempo que perder, el pote con la grasa humana estaba empezando a hervir. Conducía hacia la subida a Lurín y vio la entrada cruzada con una tranquera enorme de madera de eucalipto. 

- “Súbala” – ordenó al guardián que -como si supiera-, obedeció en el acto. 

Estacionó su auto cerca a la bajada que conduce a la ciudadela y llegó hacia una especie de anfiteatro. Ahí se encontraba el ídolo, en medio de unos totorales casi como si fuera un adorno. Entonces lo vio todo como una sucesión de fotografías, millones de imágenes de cuando la bahía de Lima se derrumbó debajo del mar, dejando el resto del valle a 30 metros sobre el nivel del mar. « ¿Volverá a pasar?», se dijo mientras bajaba por las escalinatas de la ciudadela, recordando el día lejano de 40 siglos de acumulados recuerdos. Luego, otra vez las imágenes y los gritos del puerto de Callao, debajo de las aguas siglos más atrás, como si fuera un recuerdo vivido hacía poco. 

“No, no hay tiempo que perder”, se animó. Cuando al fin llegó, el ídolo estaba casi como un tronco seco, sin brillo. Saltó a la hondonada, y cuando estaba a punto de embadurnarlo con la grasa, siguiendo las instrucciones que le dictaba su cabeza, apareció el Yana, frente a él, junto al madero eterno, “levantado en el desierto”, adornado con conchas de abanico, regalo de los hombres del norte. Y, cuando empezó su trabajo ancestral de pishtaco, el Yana, como una sombra fantasmal, pisó la espalda de José Daniel y se colocó en la cima del ídolo y empezó a sacudirlo: primero lentamente, para luego, con más fuerza telúrica, intentar arrancarlo del suelo. José Daniel seguía desesperadamente untando al Dios Pachacamac con la grasa, cuando se percató que el viejo tronco empezó a doblarse casi como una serpiente y salió disparado hacia el suelo. Al despertar un policía lo observaba con desconfianza y detrás, dos arqueólogos evaluaban los daños a las reliquias que se guardaban ahí. « ¿Era un sueño, una pesadilla?» Fue la primera vez que rompió el eje del tiempo y aún no se daba cuenta del poder que llevaba en sus manos. Era un vigilante, un nuevo guerrero, tratando de evitar que la tierra y el mar, intentaran tragarse una vez más, a la ciudad de Lima. 

- Son las 3 y 15… Llévelo a la comisaría para formalizar la denuncia por daños a propiedad del Estado. 

Cuando el policía lo levantó, José Daniel miraba el pote de grasa humana en el suelo. Estaba roto. «Debe ser una pesadilla, debería estar en Chosica, viendo la inauguración del mundial de México 70, o nadando en la piscina, con mi novia y….» Todo empezó a temblar. Mientras el policía y los arqueólogos miraban hacia las paredes y los techos del viejo recinto Ishma, José Daniel no apartaba la vista del ídolo que se contorneaba como serpiente sobre la arena salada, que alguna vez estuvo debajo del mar, mientras el Yana trataba de montarlo como si fuera un caballo. Eran dos dioses o espectros que estaba luchando entre ellos sin que nadie ganara. Esteban buscó nuevamente lo que quedaba del pote y se lanzó a embadurnar a Pachacamac hasta que el Yana no pudo montarlo más, se resbalaba y caía al suelo. El ídolo de palo volvió a ser un madero viejo fuerte, duro; pero ahora lucía brillante, clavado fijamente en el arenal, cuando el terremoto cesó. 

El policía y los arqueólogos lo vieron todo y quedaron espantados. 

- Señor, será mejor que se vaya y olvidemos esto –le dijo el policía, evitando hacer informes largos e inexplicables, que ni contándolo borracho en una yunza, le creerían. 

Cuando José Daniel volvió a su auto y condujo con dirección a Lima, la ciudad estaba cubierta de polvo, las pistas rajadas, y a cada paso, gente con mucho miedo, aterrorizada: «Ya pasó, ya pasó», se decían unos a otros. Cuando llegó a Barranco, solo un par de paredes de viejos colegios habían caído sin matar a nadie. «El hombre de la carretera tenía razón», se dijo, pero recordaba aún las imágenes de una montaña de nieve que caía, pero no era Lima el objetivo. « ¿Dónde?», se preguntó. Y mientras escuchaba la radio y la televisión, que aún anunciaba los pormenores de la inauguración del mundial y uno que otro reporte de los pocos daños del terremoto, José Daniel regresó a su casa, y se dispuso a dormir. Ya mañana hablaría con su novia, total, los teléfonos estaban cortados y él necesitaba descansar. 

A la mañana siguiente y luego de varias réplicas sísmicas, Lima era una ciudad que se recuperaba pero lo peor, no se sabría hasta el medio día: “La ciudad de Yungay había desaparecido con 60 mil habitantes”. 

- No, no era un trabajo; era una misión de miles de años que se volvía a repetir: “mantener la tierra en su lugar” – repetía años después, consolándose de la boda perdida, que “No estaba loco, que no me entiendes; que ve y dile, ¿que no te ven, que no los ves?”. 

40 años después, José Daniel se convirtió en el hombre que cada tarde de mayo y octubre, recibía el mismo encargo: untar al ídolo con ofrenda de pishtaco, que los Uros le traían el primer domingo del mes previo. Hablando sin contestar, oyendo para hacerse el «que no ve, ni habla, ni escucha». A los ishma, Uruos y al mismo Yana, nadie los puede ver; solo él: «Me creen loco, que hablo solo…». Así aprendió a no decir palabra alguna, porque sabía que entre ellas, se escondían «…los perores males de algunos: dar demasiadas explicaciones». 

- No te preocupes, la grasa es de gente que no tiene importancia, que solo gastan el aire y el espacio – le dijo una vez un Ishma para consolarlo. 

Una mañana de diciembre, desde lo alto del Morro Solar de Chorrillos, veía la gran batalla de los Dioses que dejaron sus marcas en Nazca para descansar. Todo el santuario de Ishma yacían debajo del mar de la bahía de Lima, y una cicatriz de 30 metros de altura, lo señalaba, desde el día que resbalaron hasta el fondeo del mar. Los viejos ríos subterráneos que brotaban agua dulce de los cerros, se habían secado y sería una muy mala señal. El sistema hidráulico de Lima se encontraban vacíos y los edificios se hundirían solos. Debía continuar con su trabajo sin que nadie se percatara que no hablaba con nadie, que conversaba con los Ishma, o los pishtacos Uros, que no estaba loco, que tenía una misión, algo que lo volvía héroe anónimo, que perdería a su amor, familia, amigos, para realizar la encomienda milenaria que los pishtacos no podían hacer. 

Muchas tardes dejaba su ofrenda de barro en las huacas de Lima, pequeños ladrillo que formaban una especie de colina, regados por todo el Valle de la capital: Armatambo, El Búho, Mateo Salado, Pucllana, Llanamarca, Puruchuco y cientos más, como señal de agradecimiento de los guerreros que duermen debajo, los defensores del mundo, los guardianes de la humanidad. 

Todo eso sabía José Daniel, y tardó muchos años en diferenciar con quién hablar de eso y descubrir si era una persona viva o un Ishma, un Uros o el misma Yana, para evitar que lo llamaran loco, demente, trastornado. Esa era su penitencia, su cruz. Cuando le dirigían la palabra, José Daniel tardaba unos segundo en contestar. Miraba fijamente a su interlocutor y a veces, ni si quiera contestaba. Era la incomprensible magia de ya no tener tiempo, sino que pasado, presente y futuro, los veía en una sola línea, tratando de atrapar la verdad exacta del tiempo que vive en realidad, separado de los acontecidos que quedaban por venir. Una locura que solo José Daniel pudo dominar meditación pura y absoluta soledad. 

Los únicos que lo entendían y admiraba era el viejo Carl Miller, aviador de la segunda guerra mundial, defensor de Londres, capitán de la Real Fuerza Aérea, héroe combatiente contra la aviación nazi de la Luftwaffe Alamán, y Herbert Dugdale, masón y rosacruces consumado, accionista mayoritario de la textilera donde José Daniel trabajaba. Gracias al bono de accionariado que le regaló el gerente inglés, José Daniel tenía asegurado su misión hasta el momento que decidiera morir, porque era inmortal desde el día que recibió en pote de grasa humana de los Pishtacos. 

Muchos años después, José Daniel, consideró dejar su inmortalidad, el día que sintiera haber hecho o sido malo del todo. Cosa que no ocurrió sino hasta que viajó en el Humboldt, rumbo al Polo sur, Junto a Jeff y Gabriela, a matar el último de los gigantes. En ese momento exacto en que recordó las palabras del Ishma: 

- “Debe morir un malo para que los buenos, vivan”. 

Fue el día que comprendió que la paz se encuentra en medio de sucesivas guerras. Y que la suya, nadie la podía ver. Que la tranquilidad de la tierra, los mares en su lugar, los ríos en cause, se debía a una eterna lucha, silenciosas. 

- Lima, mi bella Lima: ¿no sabes cuánto cuesta tu paz? – Se dijo un día, desde lo alto del Apu mayor de la ciudad, el cerro San Cristobal; mirando al pequeño río Rimac que, inexplicablemente, sacia la sed de 10 millones de habitantes. 

Ese día, como muchos, se dispuso a seguir guerreando, una y otra vez, lo mismo que hicieron desde el mismo día que se recompuso el mundo, a la mañana siguiente de llegar a Caral, hace 5 mil años. 




Surco, 10 de noviembre de 2010 – VES 26 de mayo de 2019.  


1 comentario:

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