A Karla Siguas
Jennifer Flament amaneció el primer día de sus 16 años, con un huevo de pez entre sus sábanas. Por extraño que parezca, a sus padres no les llamó la atención. Por el contrario, lo tomaron como un experimento más del curso de biología del último año de colegio, porque quizá ya se habían acostumbrado a ver tantas cosas raras en Perú, que no era de extrañar que lo enseñaran en el San José de Cluny de Barranco, por lo cual, continuaron con su agenda del día: terminar las conclusiones de su estudio antropológico de las tribus amazónicas, que les había tomado 5 largo años realizar, y, al fin, poder regresar a Francia, ‘la civilisation’. Pero lo que ninguno de ellos pudo presagiar era que luego de 10 años del descubrimiento de aquella mañana, un 15 de agosto del año 2007, a las 18:30 horas exactamente, sabrían por fin para qué servía ese enorme huevo de pez y cuál era el precio exacto de la ternura.
Y es que un día antes del hallazgo, Jennifer tuvo una experiencia que nunca olvidaría. Parada en el rompeolas de la playa barranquito, decidió capturar con su nueva cámara digital de 6 megapíxeles, los colores de la invernal Lima: el verde botella del frío océano, el eterno cielo plomizo color “panza de burro” -presente casi todo el año-, contrastando con el musgo adherido entre las rocas, mientras las olas reventaban entre ellas, produciendo espuma blanca como las nubes del cielo, con agua de mar, revelando las infinitas tonalidades de la vegetación marina.
Solo pudo recordar la mano fuerte que la sostenía de la muñeca al sacarla del agua. Un remolino se acercaba a ella mientras se tragaba una parte del mar y del muelle, cuando José Daniel, pescador deportivo, se dio cuenta del peligro inminente. Dejó la caña a un lado y fue en su auxilio. Extrañamente, Jennifer no estaba empapada, pese a sumergirse en el remolino al derrumbarse el suelo de rocas que la sostenía.
- ¿Mi cámara?, ¿Dónde está mi cámara? –exclamó desorientada.
José Daniel solo atinó a señalar el mar y regresar sin dedicar más tiempo a la adolescente, que bien sabía no entendería lo que acababa de pasar.
Jennifer cruzó el puente peatonal, pasó por la ermita abandonada, tomó el camino de la derecha junto al cerro, y se paró a mirar desde la explanada antes de subir rumbo el puente de los suspiros. “Que extraño, casi muero y no me he dado cuenta”, se dijo, mientras el mar formaba el cruce entre olas frente a ella y el litoral de la bahía de Lima se veía ahora más claro, que incluso se observaba gente caminar en la isla San Lorenzo. Descubrió entonces que ciertas circunstancias y experiencias no están hechas para ser razonadas, sino pensadas: no el por qué, sino para qué. Esas cosas que solo pueden hablarse, haciendo.
Llegó a la casa alquilada de sus padres, cerca del acantilado, ya muy tarde y, antes de acostarse, su madre le preguntó por la cámara. Ella simplemente contó lo que había ocurrido y que según el pescador, pese a caer al mar, no estaba mojada.
- ¿Yacuruna? ¿En el mar? – Dijo extrañada llamando a Jack.
- Sería bueno incluirlo en el informe – Dijo el esposo, tratando de interesarla.
Jennifer supo que era una antigua leyenda amazónica, que narra un espíritu que se lleva a jóvenes vírgenes, seduciéndola para que lleguen al borde del río, luego, abrir un remolino y sumergirlas en las profundidades para jamás volver. Las convierte en su esposa, y ellas solo pueden regresar a la superficie convertidas en delfines rosados.
- Eso lo agregaste tú –dijo la esposa riendo.
- Algo de creatividad, ¿no? – Y agregó Jack, reflexionando: - Interesante historia.
Jennifer se alivió pues no tenía que disculparse por perder la cámara, pese a que su relato salía de los límites de la realidad. Y es que sus padres estaban tan acostumbrados a escuchar ese tipo de historias que no lo consideraban una excusa; sino algo posible, incluso un “indicio” para justificar un investigación, por lo que ambos bajaron muchas veces a la playa para ver en directo, al Yacuruna, cerca del muelle rompeolas, recorriendo desde la bajada de Armendáriz, pasando por las Cascadas, Los Pavos, Barranquito, Los yuyos y los límites con Chorrillos; llegando incluso hasta la herradura, pero nada. Lo que en realidad buscaban, era encontrarse con el extraño pescador que salvó a su hija, hasta que la aparición del huevo en la cama de Jennifer los regresó a la realidad.
Una vez que se fue al colegio, dedicaron la mañana entera a examinar ese extraño “regalo” que tenía su hija en el cuarto. Pronto vieron que estaba perdiendo humedad. La llevaron a la cocina y la empaparon con agua de caño.
- Sal…
- ¿A dónde’
- Que necesita sal –dijo la esposa.
Tenía sal marina regalada por un chef en Paracas y la disolvieron con el agua de caño. El huevo empezó a tomar su volumen y tonalidad de colores transparentes. Antes que llegara Jennifer del colegio, instalaron la piscina de lona en el patio de la casa, y contrataron una cisterna para que trajera agua de mar.
Después del almuerzo, Jennifer preguntó por su huevo, a lo que como si de algo normal se tratara le dijeron que estaba en la piscina del patio, ¿a ver qué pasa?
Casi 6 meses después, cuando llegó el verano, y luego de que la piscina se le instalara un purificador, un techo ligero y una cámara de seguridad improvisada con una JVC de cinta, ahí estaba, nadando libre.
Cada vez que salía del agua, recobraba las piernas de Jennifer, pero una vez vuelta a la piscina, era un pez, de cabellos castaños y ojos verdes. Era igual a Jennifer y crecía tan rápido, que pronto tendría la misma edad aparente. Perecerían hermanas gemelas.
Los franceses eran de pocos amigos y, para no hacerse de más, siempre hablaban en francés, incluso en el colegio en donde todos estaban encantados de reconocer el acento de Marcella, cuando los esposos iban a dar una charla acerca de su trabajo de antropología y de las leyendas amazónicas.
La única diferencia de Jennifer y su gemela marina, fue el día de su graduación, donde la excusaban por no hablar, ni francés ni castellano, a lo que nadie objetó ni molestó, porque su sola presencia llenaba de amor todo el recinto. Era extraño que a la gente le cayera bien tan solo al verla, pese a que ambas eran idénticas en todo, algo hacía que preferían el silencio de la Jennifer muda.
- Fue criada por los abuelos en Francia, por eso no habla; no entiende el castellano – decían para disculpar su silencio y su mirar de niña sonriente siempre.
Pero la verdad, no era necesario, Jennifer hablaba con ella, y ambas estaban felices de ser su intérprete la una de la otra. La belleza de ambas, cubría todo.
- Pero si habla francés, en el colegio lo hablamos todos… -dijo la directora del San José de Cluny, extrañada.
El padre de Jennifer trataba de decirle que tenía problemas del habla, “¿Cómo le dicen acá?: Gaga”, por eso no habla ni en francés. No le gustan las burlas.
- Oh, excusez-moi, Monsieur -, de disculpó la directora.
«Pero la verdad era que no necesitaba hablar. Ella escuchaba a las amigas con diferentes males de amor y solo se limitaba a no dejarlas de mirar directamente a los ojos y dibujar su enigmática sonrisa, hasta que ellas mismas encontraban respuesta precisa y la forma exacta para aliviar sus males del corazón. “Si pues, qué se habrá, creído controla hasta mi forma de vestir, todo porque ha ingresado a la universidad, Católica… Sí tienes razón, lo voy a matar con la indiferencia”, y salía contentas y listas para la guerra.
“No, mi hija: quería que lo hiciéramos ahí, es su casa, todo porque sus papás estaban de vacaciones en el norte. Que “si no” me iba a dejar… Y sí, como tú, en silenció me fui... «Fuira de acá, atorrante», le dije”
“Qué horror, terminé con mi enamorado y ¿sabes? Se quiso matar, en mí delante… Le traje un cuchillo: « ¿Mátate si eres hombre?», le dije. Y el maricón se puso a llorar…
Ella escuchaba y no decía nada. Parecía que le gente encontraba su propia voz en ese silencio, en medio de la sonrisa inexplicable que daba respuestas sin si quiera abrir la boca.
Amigos de Jennifer trataron de enamorarla y ella, igual: una sonrisa que interpretaba como que ella estaba a una altura demasiado para ellos. Todos los que lo intentaban al menos salían con un aire glorioso de haber robado unos minutos de su atención. Eso era más que haberla amado toda la vida. Hasta el día que se topó con el gordo, Malcom Allison.
- Fijo, la rompe… -se decían los chismosos, algunos cachimbos y otros aún en la academia tratando de alcanzar un cupo en la universidad.
Jennifer y su hermana se encontraban en la playa los pavos y Malcom tomó a la hermana de brazo, y cargada en hombros, la llevó al mar. Jennifer gritaba, mientras le daba de golpes, hasta que se metieron los tres al mar. Y eso cambió todo.
Malcom, Jennifer y su hermana, desaparecieron entre las olas. Dos cuadrilla de salvataje ingresaron al mar en su busca. Del club Regatas de Chorrillos llegaron tres veleros para sumarse al rescate. Y luego de unas horas, al caer la noche y antes que se ocultara el Sol, se dieron por vencidos: “Se han ahogado”, dijo el capitán del cuerpo de salvataje. De pronto, los tres chicos aparecieron de la mano, pero Malcom ya no era Malcom: tenía la vista perdida, casi ni hablaba. Sus ojos tenían el asombro de no solo haber visto un fantasma, sino el cementerio entero, como una marcha de protesta.
Sus padres lo llevaron a los estados Unidos, para tratar de reanimarlo. Dejó el primer ciclo en la Universidad de Lima para siempre, mientras trataban de hacerlo hablar de lo que realmente sucedió: “Poseidón, el océano, la batalla de los dioses, Lima se hunde”, decía en forma neutra, como si toda emoción se hubiera borrado de su corazón: miedo, amor, odio, tristeza, alegría, nada había dentro. Malcom cambió cuando se fue de montañista al Himalaya, dispuesto a batir todos los record de altura del mundo, hasta que apareció como el primer peruano ordenado como monje tibetano.
Jennifer en cambio, desde entonces, fue otra. Supo que su hermana venida del mar era una auténtica sirena, que en realidad ella era su madre y lo que le pasó esa tarde, simplemente no fue el Yacuruna, sino Tritón, o ambos tal vez.
Y así, hasta ese 15 de agosto de 2007, cansada de sus estudios y prácticas de televisión, sus padres abandonaron la idea de regresar a Europa, siendo asesores de ONS en el Perú, y ella, tratado de escribir un guion para cine, pasando sin sobresaltos, 10 años de su vida estudiando cine, mientras su hermana la sirena, se había convertido casi en una compañía imprescindible.
- Pareces un gato –le dijo Jennifer una vez.
Y esa tarde, con un sol tenue de invierno, bajaron a la playa, por la bajada a los baños de Barranco, ambas abrazadas como hermanas contándose secretos. Jennifer se sobresaltó por un momento, pues el pescador de aquella tarde, estaba nuevamente ahí, parado, son su caña. De pronto, empezó a soplan un viento helado, caía la tarde y el hombre se lanzó contra la sirena, embadurnándola de grasa todo el cuerpo
- ¿Qué hace? ¡Suéltela! – Gritaba Jennifer, sin darse cuenta que detrás estaban sus padres.
- Déjalo. José Daniel hace lo que tiene que hacer…
Un remolino se formó en el mar y Tritón apareció de improviso extendiendo los brazos hacia su hija, la sirena. Sin presagiar que un gigante lo atacaría por detrás. La tierra empezó a temblar cuando desde la playa, Jeff lanzó un rayo que iluminó toda la ciudad de Lima, haciendo retroceder al gigante. Los yanas no pudieron sujetar a la sirena y huyeron por la costa, rumbo al sur.
- ¡Terremoto! – decía todos, esa anochecer del 15 de agosto de 2007.
Los padres de Jennifer sabían todo. Incluso el día exacto que pretendían destruir nuevamente Lima y Tritón dio a su hija como parte del sacrificio, convirtiéndola en mitad sirena mitad humana, para evitar la destrucción de Lima. Ahora José Daniel y Jeff, tenían la pieza fundamental para lograr su cometido. La trompeta de Tritón volvió a sonar, el cielo se iluminó como partido por un rayo, cuando el temblor cesó.
- Detuvieron un gran desastre, hijita – Consolaron a Jennifer, presa de miedo.
Los tres vieron a José Daniel, Jeff y la sirena, ir hacia una camioneta Hammer. Jennifer no pudo más, y fue corriendo hacia ellos. Percatándose de los instrumentos tecnológicos que llevaban dentro, así como mantas y vasijas de barro muy antiguas.
- Mi bebita – Dijo Jennifer con una ternura de madre sin lágrimas, combinando el miedo de perderla, con orgullo de saber de lo que era capaz.
- Mi padre me llamó Gabriela –habló por primera vez en lengua humana, ya no en silencio.
Gabriela, sí, Gabriela estaría siempre en la mente de Jennifer, único alivio al ver la camioneta alejarse. Desde entonces, de ella provendría la voz interior en los momentos de soledad, de misterio, de viajes y de peligros. «José Daniel, pelando con los yanas del aire; Jeff con los gigantes de la tierra; y yo, en el mar que sustenta el planeta entero», explicaba sintió la voz de Gabriela dentro de su corazón.
- Ay, no saben cuánto cuesta tu paz, amigo…
- ¿Y cuál es el precio de la ternura…? - Dijo el padre de Jennifer. Soltando un suspiro.
Los tres regresaron en silencio a casa, sin saber nada de la destrucción de Ica y todas las iglesias que se cayeron ahí, hasta la mañana siguiente del primer día sin Gabriela.
Durante los años que transcurrieron, siempre sentía temblores fuertes o leves. Era entonces que pensaba en José Daniel, Jeff y Gabriela, peleando por evitar la destrucción del mundo. Comprendió aquellos de que “…los cielos sufren violencia y los violentos la arrebatan”. Ahí, justo adelante de nuestros ojos; en la tierra, en el mar, en medio de los Apus.
Jennifer nunca dejó de saludar el nuevo día y despedirlo al anochecer, sabiendo que alguien cuidaba de ella, de todos. Que no era fácil, que hay cosas invisibles que necesitan de nosotros; así no los podamos ver: están ahí, en el silencio, y lo único que necesitan de nosotros, que les digamos gracias, de vez en cuando, aunque no lo necesiten.
3 de junio de 2019
| Karlita, la de "la lámpara y los libtos", de aquel 2007. |






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