domingo, 15 de septiembre de 2019

María, la marimacho





No se había ganado el apodo de María la marimacho, hasta mucho después que terminó de matar a un perro con rabia, que la había acorralado en la segunda quinta de Luna Pizarro, mientras su padre sacaba su rifle de caza, con la que mataba ciervos en la sierra de Trujillo y hasta un otorongo en amazonas, y con la experiencia de Guillermo Tell, le dio tremendo tiro en la nuca, que el perro saltó en el aire, no sin antes lanzarle una mirada de agradecimiento, al momento que María la marimacho, lo agarraba a puntapiés, y su padre le decía que el perro ya estaba muerto, y ella contestaba: 

- Quiero que se muera del miedo que me hizo sentir.

Y es que María la marimacho no le daba miedo prácticamente nada, ni las 30 inyecciones de antirrábica que le pusieron, ni los cuentos del cucaracha Cueva, que realmente daban miedo, por la forma cómo las contaba, mitad en serio, mitad mentira, con una pisca de sudor debajo de la nariz y orejas que le temblaban, volteaba la cabeza como si estuviera en medio de un exorcismo, era aterrorizante. Pero María la marimacha, ni chus ni mus, hasta que una tarde de verano, cayeron sobre ellos, una jauría de cucarachas voladoras, y mientras todos corríamos aterrorizados, María la marimacho los mataba uno a uno.

- No le tengo miedo a los cuentos de cucaracha cueva, ni a sus primos voladores.

Muerto el perro, María la marimacho, se ganó el puesto de arquero en nuestra selección de barrio, que la verdad, no duró mucho, pues de una sola patada que le dieron en el estómago, ella misma salió del arco, se llevó la pelota con destreza de Pelé, cruzó la mitad de la cancha, que era justo la casa de doña Trementina, frente al colegio Tacna, elevó el balón por sobre dos mediocampistas, se hizo pase ella misma, pateando la bola contra la pared, y metió un gol con la zurda -pese a que no era zurda-, con dos defensas más que asombrados, asustados y agradecidos a Dios por no haber recibido una patada de ella, después de saber que había rematado a puntapié un perro rabioso.

Desde ese día, hicimos todo lo posible por inscribirla en el campeonato de los padres Oblatos, falsificándola completamente: desde su partida de nacimiento y el de bautizo. Le cortamos el pelo estilo Beatles, porque estaba de moda, y porque el pelo largo en los hombres ya no era una forma de ser marica, como a la Rosita, la peinadora, que cuando uno se molestada, le decía simplemente: Señor, y ella, maldecía en silencio como mejor le saliera, para que no le vuelvan a pegar y perder dos meses de trabajo, acostada en un hospital, como la ves que no tuvo miedo de pelarse con un negro boxeador que le tenía cólera a los homosexuales y cometió el sacrílego insultarlo llamándolo “señor”. Y es que a Rosita no le importaba ganarse dos meses de hospital, con tal de que respeten du identidad de “dama”, «Así de sencillo», se excusaba.

María la marimacho era excepcional en el fulbito y llegamos a campeonar. Sólo nosotros sabíamos que él no era él, sino ella, pero no maliciábamos nada, hasta que en medio de los festejos en el barrio, y mientras su padre aprobaba todo porque en el fondo era su hija mayor y estaba seguro que era hombre porque la facha no importaba, que su abuela bruja le había dado un brebaje para que “sea lo de deba ser”, a ella, a María la Marimacho, le vino la regla.

- Con la naturaleza no se juega -, dijo su padre decepcionado.

Asustada, corrió a esconderse en su casa, dejando pequeñas gotitas de sangre por todo el camino, mientras Toribio Polo se mataba diciendo «yo no fui, yo no fui, no hice nada», todo porque en su casa le echaban la culpa de todo.

Solo supimos que ese día, habíamos perdido al mejor jugador de fulbito, con una tremenda carrera en la liga que disputaba la copa Perú en la cancha Unión de Barranco.

Aunque muchos dirigentes de la liga distrital venían al barrio y preguntaban por ella -o él, mejor dicho-, desde el Club Santiago Barranco, hasta el Génova, incluso los del Buenos Aires de Chorrillos, nosotros solo decíamos que se había ido al norte y que no volvería jamás.

Al año siguiente y luego de una cuarentena forzada en la que no la vimos salir de casa, salvo acompañada de su padre, que religiosamente la llevaba y traía del colegio en donde era auxiliar y profesor, las veces que alguien faltaba, la vimos partir con todas sus cosas. Se mudó y no supimos a dónde hasta esa mañana, cuarenta años después.

Luego de ser dueña de 19 combis y 4 microbuses, había adquirido la línea de Chiclayo a Bagua, con cuatro buses modernos traídos del Brasil, con todas las comodidades posibles, y una innovación: los asientos masajeadores, que no resultó, porque pronto se hizo la fama que dentro -y en pleno viaje-, se armaban orgías dignas de la Roma imperial, con Calígula incluido. Que por eso, a los municipios por donde transitaba la línea, dieron la orden que en cada puesto policial, se interviniera al “bus puteril”. Y como María la marimacho no era tonta, se quejó ante el poder judicial, y no hubo otra que acusar a la agencia, que en sus buses trasladaban droga y hasta terroristas de contrabando, a lo que en verdad la policía, más que ingresar por asalto, lo hacían armados con cámaras fotográficas y filmadoras; una para sorprender a los pasajeros en actividades contra el pudor, y otra, comprobar que todo era cierto, y pedir pasajes de cortesía.

Cuarenta años después, supimos que se había casado cinco veces, y que lo demostraba alzando su mano derecha que terminaba en un puño cerrado, escondido en bolsillo de su pantalón. Que cantaba valses criollo las veces que se ponía triste, para reír; y que callaba, para no llorar. Tenía tres hijos y todos en el extranjero, porque decía que el país se le ama más, «cuando estás fuera que cuando estás adentro», y porque además, fuera del Perú evitaba que a cualquier imbécil le dijeran «papá», porque ella tenía derecho a equivocarse, menos en eso.

Luego del noticiero, cuarenta años después, nos reunimos como quien lo hace en un cónclave secreto, en la que no se comenta nada, salvo que todos la vimos aparecer en la televisión esa noche de marzo, como una de las más importantes emprendedoras de nuestro medio, mostrando una sonrisa de campeona mundial, parada, libre y absuelta de todos los cargos, en las puertas de Palacio de Justicia, luego de que el juez dictaminara ‘no daño colateral’, luego de ser acusada por una discusión con su último marido -que pese a medir casi dos metros y ser el físico culturista profesional y entrenador de estrellas faranduleras-, se había quedado inutilizado del alma y destruido como hombre, la noche que sus bolas no pudieron soportar un solo puntapié de María la marimacho.

Esa noche, nosotros -sus patas-, solo atinamos a reírnos tanto que vimos el amanecer del primer día de otoño, tuvimos con ganas de ir a la playa, para despedirnos del verano, acordándonos del perro, del fútbol y del tío que se había quedado sin bolas, porque nadie le dijo que María la marimacho era tan hombre, como para darle de alma al negro negro bomba, en la playa, hace años.

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