domingo, 15 de septiembre de 2019

El chino "pajarito" y Jacob, el hombre que no moría


El chino Ly llegó a Barranco antes de la Segunda Guerra Mundial, en otoño de 1939, desde Cantón, rumbo a San Francisco, Estados Unidos, donde tenía mucha familia que hacía tiempo se quedó a vivir en el Chinatown, luego de la construcción del ferrocarril transcontinental, sin saber que el destino le tenía algo reservado. Pues, extrañamente terminó en el Puerto del Callao, sabiendo hablar algo de inglés -que aprendió en las fábricas textiles británicas de Hong Kong-, pero absolutamente nada de castellano. Idioma que aprendió solo lo suficiente como para entender lo que escondía un viejo árbol dibujado en el escudo nacional del Perú, desde los tiempos de Adán, la fundación del mundo y el sagrado obsequio de Dios, el mismo que destruyó al ejército más poderoso del mundo y aterrorizó al propio Faraón de Egipto. 


Durante el viaje, Ly compartió la litera con un anciano que aparentaba tener más de cien años, enfermo y medio muerto, con apariencia de no llegar a ningún puerto, a quien por misericordia budista atendió, más por el temor de regresar a la vida convertido en gusano, que por otra razón que no fuera suficiente. Entre agua y comida que probaba a duras penas el viejo, la mitad de la ración lo aprovechaba Ly «No es bueno desperdiciar», hasta que dos días antes de llegar al puerto, el anciano desapareció de un momento a otro sin dejar rastro. 

Cuando entraron a la bahía del Callao y vio por primera vez la isla San Lorenzo, el cual confundió con San Quintín, donde extrañamente no lo enviaron a pasar la cuarentena para descartar si traían cólera asiática a bordo, sino que le otorgaron un pasaporte especial como “camarero” de Jacob Bertestein, pasajero de la nave. 

- ¿Quién es? –preguntó el chino en chino, a lo que nadie respondió porque no sabían hablar chino mandarín. 

Jacob Bertestein se encontraba en el muelle y llamó con la mano a Ly, para que tomara las maletas y baúles que estaban a un lado del espigón, como si tuviera que aceptar su papel de valet, sin parpadear. Una extraña confusión sentía el reciente nombrado “camarero”, cuando vio la bufanda de aquel extraño: era la misma del viejo moribundo que estaba a punto de fallecer en el barco y que había desapareció días antes: blanca y con líneas celestes y una extraña figura que no podía reconocer, sino después de años: “La estrella de David”. Pero no fue tanta su sorpresa cuando supo que no estaba en San francisco sino en el puerto peruano del Callao. 

- No, no puede ser él… ¿o sí? – dudaba Ly del repentino rejuvenecimiento del hasta hace dos días, un anciano moribundo, olvidando que estaba a miles de kilómetros de su destino final. 

Aún asustado y molesto, subieron a un auto que estaba estacionado en la zona de dignatarios, mientras al lado, un hombre muy bien vestido, de smoking negro y corbata michi, lo aguardaba con solemnidad y admiración, a su nuevo jefe. 

- Venerable maestro, vine personalmente a recogerlo –Le dijo con una reverencia casi religiosa. 

Ly se dedicó a cargar las maletas y colocarlas en la cajuela de Ford del 38, muy elegante de color azul marino, que aun guardaba el olor a cuero natural de los asientos. El conductor lo invitó a sentarse delante, mientras el “venerable”, ocupaba todo el asiento posterior. 

- Luego entenderás – le dijo Jacobo a Ly en perfecto chino cantonés, para reducir el miedo que le estaba invadiendo. 

Llegaron a la Av. Alfonso Ugarte y penetraron por un pasaje casi secreto, directo al interior de una casa oculta, enigmática. 

- ¿Me esperas aquí, amigo Ly? – Le dijo el venerable, deteniéndolo antes que bajara del auto, mientras reconocía la voz del anciano moribundo que ahora tendría unos 30 años de edad, y se veía muy bien, “esplendido”, diría Ly, si es que lo mismo sucediera si estuviera él mismo en San Francisco rodeado de sus sobrinos. 

Luego, al caer la noche, Ly sintió hambre cuando un hombre, vestido de smoking, le trajo algo de comer. “¿Adivinan también?”, pensó, mientras escuchaba sonido de espadas y hablar enrevesado, «¿Quién salvará al hijo de la viuda?», alcanzó a escuchar y a traducir meses después, de las tantas ocasiones que acompañó al mismo lugar y con los mismos ruidos y su pan con butifarra como cena. 

Mientras Ly seguía comiendo su tentempié español, de lonjas de jamón y cebolla, sin querer enterarse más, tal como lo haría un sirviente de la ciudad prohibida en Pekín: “Los asuntos del emperador que no te concierne: no te concierne”, decían los soldados chinos, cuando atravesaban con sus lanzas algún opositor. “Quizás acá es lo mismo, así que mejor miro para otro lado”. Se dijo Ly, para estar seguro y confiando de no ver, ni oír ni hablar nada de aquello que “no me incumbe». 

Casi a la media noche, salieron de la casona y tomaron camino al sur, por la Av. Arequipa, hacia Barranco, llegando a una casa cerca de la playa donde no hay “puerto ni barcos”, se sorprendió Ly. Luego, ingresaron por la cochera de una gran casona, tipo inglesa, con enredaderas de madreselvas que trepaban por las paredes. 

Ly llevó las maletas y baúles hasta la habitación de Jacob, y a él lo enviaron con la servidumbre, en unos cuartos individuales pero con baño compartido, más allá del patio trasero. Ly se instaló con su atado de ropa, y procedió a darse un baño de ducha, ya que el barco solo lo hacía con agua de mar y al estilo caballo. 

Pronto se percató que a la casa inglesa, siempre acudían hombres vestidos de smoking, exclusivamente a conversar con Jacob, quien hablaba en casi todos los idiomas. A Ly le encantaba conversar en chino con él, pero de esa manera no aprendería castellano y menos inglés, para llegar a San Francisco y encontrarse con su familia. Por lo que trataba de entender todos los idiomas a la vez. Afinando el oído para distinguir uno del otro, sobre todo para diferenciar a los diplomáticos norteamericanos y los ingleses, mientras duraban sus charlas hasta llegar la noche en la casona de Barranco, donde todos, incluyendo monjes indios y malayos, saludaban a Jacob con una reverencia solo vista ante un monarca o emperador. También acudían representantes de circos, magos extraordinarios, empresarios de la industria del espectáculo, quienes mostraban igual respeto, cuyo nivel de reverencia, solo se podría ofrecer a alguien que tuviera el poder de la vida y la muerte sobre ellos: «como emperador», pensaba Ly . 

Un día llegó un negro como de dos metros, con ojos amarillos que brillaban de noche y decían que era un gran maestro haitiano de Vudú, seguido de otros que parecía zombis y, detrás de él, un séquito de aprendices cubanos de Shangó y brasileros portadores de los brebajes milenarios de la macumba, que aseguraban “parar de sufrir”, a quienes Jacob recibía con una mirada de profesor de primaria, viendo a sus alumnos ingresar al aula luego de regresar del vergel. 

Cierta tarde, llegó una dama hermosa, con andar muy lento, casi como si el tiempo no trascurriera sobre ella, a la que el chino Ly quedó prendado, más cuando vio a Jacob besarla en la boca a penas la vio. “Ha de ser la novia del Señor”, suspiró Ly. 

- Te presento al amor de mi vida – y dirigiéndose a ella:-, él es un gran amigo de viaje – la mujer le extendió la mano y Ly no paraba de escudriñarla de pies a cabeza, y quedar absorto de ver tanta belleza junta, quedando finalmente electrizado por la suavidad de su tersa mano. 

Ojos verdes transparentes, cabello castaño oscuro, piel de un color inexplicable blanco, casi un mármol, y su olor a mar, que impregnaba todo el ambiente, así estuviera dentro como fuera de la casa. Solo cambiaba su expresión de Diosa, cuando miraba a Jacob: «definitivamente enamorada», pensó Ly. 

Los dueños de casa trataban a Jacob como si él fuera el verdadero Señor y Amo del lugar. Cada mañana le traían todos los diarios impresos, que leía y comentaba las noticias, con un tono de catedrático universitario. Al llegar la tarde, después de almorzaba, tomaba una siesta y esperaba la noche. Era la hora de armar telescopio para observar las estrellas. 

Ya Ly empezaba a hablar algo de castellano y se acercaba a los hombres de smoking, en la terraza de la casa, viendo el mar a lo lejos y las estrellas. 

- Fue el día que diseñé el becerro de oro por orden de Aarón – Alcanzó a escuchar decir a Jacob, luego uno hizo un gesto de toser. 

«Debe ser un joyero», pesó en automático el chino Ly, que como buen asiático, evitaba conversar con los demás, aduciendo “No entender, yo”, retirándose a pie juntillas como si fuera un eunuco de la Ciudad Prohibida, sin dar explicaciones y sin hacer preguntas. 

Otra noche, mientras estaban leyendo un libro, Jacob lo cerró rápidamente en cuanto vio a Ly acercarse. «…él no entiende de esta cosas –dijo a los presente y continuó:-. Salomón usaba este libro para atraer a las fuerzas ocultas en el centro de la tierra», dijo Jacob, al mismo tiempo que dirigía su mirada a Ly, como indicándole que se retirara. 

Unas semanas después, Jacob regresó de un viaje que lo ausentó 10 días, lo cual alegró a Ly, pues durante ese tiempo no tenía nada que hacer y la casa permaneció vacía y triste, cuando un hecho mágico aconteció, que cambió la vida de todos. 

Meses atrás, los dueños de casa mandaron a elevar los muros perimetrales del patio trasero, levantándolo a uno 5 metros de altura, haciendo imposible que los vecinos pudieran ver su interior. Una vez terminado y después de un ritual de jueves por la noche, a la mañana siguiente, y sin explicación alguna, apareció un árbol gigantesco en medio del patio. 

- Es árbol de quina – le dijo Jacob a Ly, y al resto del personal de servicio, explicando los cuidados que debían realizar, a la vez de prohibir que toque sus ramas: - Cuiden de no hacerlo, por su bien. 

Luego, Jacob explicó que los pueblos antiguos del Perú, usaban su corteza como medicina. Que era un árbol ancestral, destinada a salvar a la humanidad. «El árbol de la vida». Lo llamaba emocionado y con lágrimas en los ojos. Decía que de su corteza se extraía una substancia llamada quinina, un alcaloide antipirético, antipalúdico y analgésico, el cual servía para aliviar las fiebres y dolores, hasta que se usó para el tratamiento de la malaria, enfermedad que diezmaba a poblaciones enteras, salvando millones de vidas. Que de las 29 especies conocidas, en el Perú se encontraban 20, de las cuales el que estaba en el patio, era la madre de todas. Que incluso, salvó la vida de la esposa de un virrey llamado Luis Jerónimo de Cabrera y Bobadilla 1629, y que el padre jesuita, Alonso Messia Venegas la llevó a Roma en 1631, como un regalo de Dios, porque eliminaba las “tembladeras” producidos por la malaria. 

- Ese arbolito está en el escudo nacional, señor, y de ahí el secreto del pisco sour, el amargo de angostura –dijo Jerónimo, el chofer de la casa. 

Jacob respondió que sí, que en efecto, lo que introdujo el libertador Simón Bolívar como símbolo del escudo nacional peruano, representando el reino vegetal, y la madre de todas las plantas medicinales del mundo, y es la bebida nacional. 

- Pero, por favor: ¡no toque sus ramas! –sentención Jacob a todos, como una amable pero severa advertencia. 

Ya habían transcurrido 7 años de su llegada a Lima, y Ly no conocía Barranco más que la calle que se divisaba desde la azotea, y la ruta hasta la Av. Alfonso Ugarte. Debía acordar con Jacob cuándo debería irse y hacer su vida, para poder viajar a San Francisco. Las noticias de la guerra llegaban a raudales, desde la invasión a Polonia, el bombardeo a Perl Harbor y el suicidio de Hitler. 

Los rituales especiales se realizaban los días jueves y duraban hasta bien entrada la madrugada. Desde que el árbol creció milagrosamente, todas se realizaban alrededor de él. Una madrugada, Ly, desde una rendija de su puerta, observó cómo el árbol cambiaba de color. Se volvía casi de cristal y de colores infinitos, como reflejo de piedras preciosas. Cuando uno de los hombres se acercó a tocar sus ramas, al instante, fue pulverizado como un rayo y desapareció. 

El resto de los concurrentes no hizo la menor señal de extrañeza, escuchando las explicaciones de Jacob, pero desde entonces, Ly cuidaba mucho que nadie en efecto, tocara ninguna de las ramas. Realmente era peligroso ese árbol, aunque extrañamente el resto de los acompañantes de esos ritos ancestrales, ni se inmutaban ante los eventos, como si ya supieran, pero solo quería cerciorarse de que era cierto: comía gente. 

“Chino irse ya, San Francisco: primos esperar”, le dijo a Jacob, cuando en medio de una tarde, irrumpieron un grupo de personas raras, con barba y patillas largas, hablando en alemán que Jacob contestaba a cada interrogante sin inmutarse. Vieron al chino, -y como siempre-, le ordenaron que se retira del lugar; pero esta vez, Ly se quedó. 

- Él no tiene nada que ver, amigos, -dijo Jacob-: Shalom a todos. Es casi un hermano para mí. Vayamos a lo nuestro. 

Luego de enseñarles algunos documentos, los comando, ya más tranquilos, le entregaron el aro que llevaba Brysy, la novia de Jacob, que recibió casi como algo esperado. 

- Vendrá usted con nosotros y se olvidará de ella –Le dijeron a Jacob. 

- Debo despedirme de mis amigos, antes –dijo casi como dando una orden. 

Los comandos le hicieron caso y esperaron al anochecer, comiendo y tomando jugos que la servidumbre le preparaba y traía al patio. Don Abrahán Meyer, el dueño de la casa y gerente de una empacadora en Barranco, los atendió dignamente, a la usanza inglesa en medio de una toma de rehenes. 

Al llegar la noche, muchos dignatarios acudieron para despedirse de Jacob, quien dijo: “Haré el rito de York, tal como la hacía con Ben Hiran Alí Hasam, para enfrentar a Yesabella”, le dijo. 

Luego de la fogata en medio del patio, Jacob de acercó a Ly: 

- Buen amigo… Te voy a hacer un regalo. 

- Qué sea dólares para ir a San Francisco, don Jacob. 

- Es algo mejor –sacando de su bolsillo un pequeño frasco y una piedra roja, le dijo:- Consigue todo el plomo que puedas. Derrama esté líquido primero en la piedra y luego que caiga sobre las barras de plomo. 

- ¿Y qué hacer eso? 

- Oro, Ly, oro. 

Ly sin pensar, los escondió rápidamente. Los comandos se acercaron y con gran respeto, le dijeron que debía irse, que en el Club Regatas esperaba un velero rumbo al Callao, y de ahí, un barco los trasladaría a «Jerusalén», alcanzó a escuchar Ly. 

Casi a la media noche y en presencia de los comandos partisanos israelíes, el chino Ly y el señor Mayer, Jacob inició su ritual. El árbol empezó a cambiar de color, a llenarse de luz, hasta convertirse en portador de frutas, como joyas valiosas. Desde la raíz, brotaban sombras oscuras: “¿De dónde venimos?”, exclamó Jacob. Luego, el tallo dejaba escapar una luz interior por sus hendijas, “¿Quiénes somos?”, clamaba en voz alta ahora y entrando en trance. Las ramas se agitaban como serpientes: “Las ocho inteligencias del hombre que lo elevan sobre el reino animal: Matemática, lenguaje, música, botánica, control del cuerpo, conocimiento del alma, dominio del ser”, iba enumerando cada una de ellas. “La sabiduría son mis flores cuyo perfume atrae y mis frutos, las enseñanzas que imparto”, decía mientras Ly, recordaba el árbol de su pueblo natal en la China meridional. “Vengan las aves a anidar y vuelen para formar otros nidos, vayan a poblar la tierra y multiplíquense”, sonaba increíble los que decía, y continuó: “Todo parásito del mal que carcome mis raíces, mi troco y mis ramas, sean exterminados por la justicia de la verdad positiva”, clamando ahora a voz en cuello y cayendo exhausto a piso, mientras los comandos israelíes lo seguían con atención, escuchando atentos todo el conocimiento escondido en aquel árbol y que nadie al parecer, prestaba atención. Fue entonces que Jacob se acercó y tomando una de las ramas, la extrajo convirtiéndose en una báculo cuya punta curva, parecía la vara de un pastor ovejero: “El cayado de Adán, Enoc, Noe, Jacob, Moisés, Josué, Jesús…», prosiguió, nombrando a todos sus antiguos dueños. En ese instante, el árbol desapareció. 

- Listo, señores – Le dijo Jacob al jefe del comando de asalto-, solo yo lo puedo tocar y ustedes saben que los puedo destruir a todos juntos. 

- Lo sé –le respondió el comandante-. El rey de Salem lo espera en Jarah. 

Una vez que todos se fueron, el señor Meyer se acercó a Ly -que estaba muy asustado y pensando dónde conseguir plomo-, para indicarle muy amablemente la puerta de salida. 

- Creo que tu trabajo ha concluido –Sentenció en viejo inglés. 

Ly recogió su ropa, el dinero ahorrado y salió de la casa muy de noche. Caminó dos cuadras y cruzó la calle San Martín, con el monumento a Sáenz Peña en medio de la pista. Llegó al jirón Cajamarca y fue directo al cine Raimondi. Pronto vio un chifa abierto a esa hora y quiso comer algo, cuando detrás estaba Brysy: 

- Acompáñame, Ly – Ya casi eran las 11 de la noche y ella caminaba con una tristeza infinita que el chino no se atrevía a preguntar, porque «ya sabía» y sus tripas dejaron de sonar. 

Bajaron por la calle Unión hasta la Av. Grau, y llegaron al parque municipal. Ahí Brysy le entregó una maleta con dos kilos de plomo, con una condición: 

- Jacob era Cartaphilus, condenado a caminar por siempre… Yo soy su esposa, y nunca dejaré de quererlo, pero me arrebataron el anillo de bodas. Era mi vínculo con él, herencia del propio Amohun Ra, algo a lo cual nunca renuncié en los 40 años de caminar por el desierto junto a Moisés. Pero me lo quitaron. Ahora me queda poco tiempo. 

Ly no entendía nada y era mejor para él. Recibió la maleta, pesada con el plomo dentro. 

- También le llaman Samar, Asuero o Venerable Maestro a mi hermoso Cartaphilus. Él conoce los secretos de Salomón, la piedra filosofal y la fórmula para convertir el plomo en oro. Ahora va a Israel. Será utilizado para refundar la nación. 

Ly seguía sin entender. 

- Él fue testigo del arca de la alianza y el único sobreviviente del terremoto de Moisés. Jacob está condenado a ver el fin del mundo. –dijo atropelladamente Brysy, soltando una fuerte respiración, y continuó:- Solo era joyero del faraón, un artista; nunca quiso ofender al construir el Becerro de oro. Seguía las órdenes de Aarón. Dos mil años después, en su taller de zapatos vio a Jesús. 

Lo único que entendió Ly fue: «fin del mundo y Jesús». Brysy prosiguió: 

- Nunca le perdonó que lo pateara en público mientras cargaba la Cruz, apurándolo porque le estaba arruinando el negocio, y Jesús, como a la planta de higos, le dijo: “Yo me levantaré y seguiré andando; pero tu seguirás aquí hasta mi regreso”. 

- ¿Y eso cuándo fue? 

- Ay, amigo Ly. Tu haz sido el mejor de los compañeros de Cartaphilus: sin saber, sin preguntar, sin tratar de entender. Eres un amor, Ly. – dijo Brysy y le reveló-: Por dos mil años más… 

Luego de contarle más secretos antiguos de la tierra desde los tiempos en que Adán recibiera el cayado del árbol de la vida, y este pasara a manos de Abrahán, Isaac y Jacob, luego a Moisés para conducir al pueblo al Éxodo, ella le dijo el máximo secreto: 

- Sé que no vas a entender, amigo Ly, pero aquel «… sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.» Búscalo en Hebreos 7:10, Cartaphilus va al encuentro de Melquisedec, en Dubai… Él tomó del árbol de la vida, rechazando el del bien y del mal; no tiene principio ni fin…; y el menor cuidará del mayor y el mayor será belicoso… 

Y mientras Brysy trataba de contarle todos los secretos que Ly era incapaz de entender realmente, ella se fue desvaneciendo, desvaneciendo hasta que solo la pudo reconocerla en la cara de la estatua de la fuente, e imaginar a Jacob, portando el báculo sagrado rumbo al medio oriente, y luego en la sesión de las Naciones Unidos, reconociendo a Israel como estado soberano y a Dubai, Emiratos árabes unidos, la nación más rica y ostentosa del mundo, donde habitaba el extraño Melquisedec. 

Ly amaneció dormido en la banca del parque a la mañana siguiente y buscó un hotel cercano, ya que en ese entonces varios estaban atendiendo a los visitantes en la bajada a los baños. Una vez instalado, hizo lo que Jacob lo había instruido: Vaciar sobre la piedra filosofal el líquido sobre las barras de plomo hasta que se desintegraran. 

- Oro –exclamó Ly contento. 

Con el tiempo, el chino puso una pulpería en una esquina la Av. Bolognesi, y trajo las primeras bicicletas chinas y el servicio delivery, como hacía en Cantón, y como era tan flaco, todos los llamaban “el chino pajarito” cuando lo veían ir con su triciclo importado de China y que vendió por millares hasta que alguien lo copió, ir por las calle «ligerito, como pajarito», llevando la mercancía. 

Años después, cuando gracias al oro con el que juntó su primer capital y hubo reunido suficiente dinero para no llegar “pobre”, abandonó el negocio y se fue a morir a San Francisco, no sin antes ver a Jacob, al lado de Golda Meir y de David Ben Gurión, en el noticiero del cine Raimondi, en la fundación del reciente Estado de Israel, luego vendrían la guerra de los seis días y la consolidación del estado judío. 

Muchos años después, ya Ly en San Francisco, desde una estancia en la casa de su sobrino nieto, desde la terraza, viendo el océano Pacífico y San Quintín de verdad, recordó el barco en el que llegó de Cantón a Lima; del viejo que se convirtió en joven; de su musa que se convirtió en estatua y una estatua que era ahora su musa. 

Ly se enfrentaba a lo que Jacob presenció en miles de personas y cientos de amigos, sin mostrar más sentimiento que verlos ir, dejando que las lágrimas perdieran todo sentido para él, convirtiéndose en algo extraño, un alma incapaz de ser tocada por el dolor, porque solo podía ver y experimentarla en otros, pero nunca en él mismo, su propia muerte. 

Observaba venir a la Parca sin que ella se fijara si quiera que Jacob hubiera cambiado gustosamente -con placer y hasta alegría- de lugar; pero estaba condenado a vivir por una eternidad, por lo que atinaba a sonreír en señal de resignación. No eran solo las personas: amigos, parientes, maestros, lo que perdía, sino algo más profundo, «lo que realmente representaban en la vida personal de cada uno y su real significado: amistad, cariño, devoción, admiración, amor…» Quizás lo que aún guardaba, era la leve esperanza de que algún día todo llegaría a su fin, porque ese era el trozo de humanidad que sentía aún quedaba dentro de él, «es quizás lo que nos diferencia de los animales, porque no tiene fin», dijo una tarde tomando té con el chino Ly, en el jardín de invierno. 

- Adiós amigo Jacob, hasta el fin de los tiempos –Alcanzó a decir mientras sus sobrinos lo escuchaban tal y como se escucha a un viejo morir: en silencio y respetando todo su mundo dentro. 

Y cuando Ly miraba las estrellas como polvo ante sus ojos, Jacob vio caer las Torres Gemelas de Nueva York, desde la ventana de su cuarto en el hospital geriátrico, y atinó a decir: “Adiós amigo Ly, buen viaje”, y volvió a tener nuevamente los 30 años de edad de aquel entonces, cuando estaba a bordo del barco, rumbo al puerto del Callao, a recoger lo que dejó escondido entre las ramas de un árbol, hacía 500 años atrás. 



Villa El Salvador, 11 de marzo de 2019

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