A Alberto Arteaga Solano
Al final de la calle Pazos, en el cruce con Malambito, se encuentra una cruz en medio del camino donde nadie reza. A su costado, un árbol seco y sin vida, que alguna vez fue una higuera vieja. Le llamaban la raya Bolivia, porque Don Simón Bolívar, - “asesorado” por esos cortesanos ignorantes del que se rodean los hombres cuando están en el poder, que no sólo ambicionan lo que no pueden alcanzar, sino que nublan la mente de quien los escucha, decidió separar en dos, una nación. La raya Bolivia recordaba eso, una sola idea: separar con una acequia, que circunda el bordo de las chacras de Surco, con el distrito de Barranco, para siempre.
Precisamente en ese lugar, Víctor Hugo Candelario descubrió el secreto de los tapados. Aquellos “tesoros”, que las familias barranquinas enterraron durante los años de ocupación chilena de la capital, allá por 1881. Joyas de oro y plata y todos aquellos objetos que consideraban de valor: desde una peineta de carey, a muñecas de porcelana china, relicarios, fotos, mechones de cabello de oficiales muertos. Cada uno con su respectivo cariño devoto de reliquia sacramental.
Los científicos afirman que por los años guardados y el contacto con la grasa humana, tanto el oro como la plata e, incluso, las piedras preciosas, sueltan un gas que aniquila a quien las toca. Esa era la razón por la que muchos descubrimientos, terminaban con muertos incluidos, descartando que era por alguna maldición de muerto faraónico.
Sin embargo, era mejor que el alma ansiosa del difunto, custodiaba los tesoros escondidos y no querían, por ningún motivo, que alguien profanara sus recuerdos escondidos. Lo cierto es que muchos de estos objetos fueron encontrados y, -para maldición de los incautos-, caían muertos al instante.
Lo peor era que nadie encontraba el «tapadito», luego de ser descubierto; éste se cambiaba de lugar y dejaba al muerto solo, empapado en orín y baba, señal de haber visto a la “pelona”, antes de morir.
Y es que, según don Candelario, Chem, el duende de la parroquia que deambula por los acantilados, los volvía a tapar para evitar que otro «gestinochuro» (ladrón) cayera en la trampa.
Solo Víctor Hugo Candelario supo el secreto de encontrar el tesoro y no morir en el intento.
Don Víctor Hugo era natural de una hacienda llamada “Amarilis” en Huánuco, camino a Llata, capital de Huamalíes. Un día, mientras unos señores que vivían en Barranco pasaron por dichos lares, vieron los jardines repletos de flores de todos los colores, distribuidos de una manera tan fina, peculiar y artística, que parecían un cuadro impresionista francés. La excelente combinación de colores y tipos de plantas, con esquinas señaladas por Cactus serranos, sábilas sanadoras y San Pedros silbadores, hacía recordar el tallo, espina y flores rojas de las rosas más bellas de Lima y de los jardines de San Petersburgo.
Fue a la suerte de una jugada de barajas españolas, que uno de los hacendados barranquino, ganara la apuesta que incluía el servicio de jardín de don Candelario, llevándoselo a Lima para siempre.
Así fue que cruzaron los andes, bajaron por la provincia de 2 de Mayo hacia Huaraz y llegaron a Chimbote, donde Candelario vio por primera vez el mar y odió para siempre la sal. Luego, viajaron por toda la costa desértica hacia la capital.
Al llegar, Barranco era una fascinación, un oasis después de ver tanda arena y sal. Víctor Hugo Candelario pensó de inmediato, morir ahí, aunque el distrito era tan pequeño, que la gente tenía que irse a hacerlo a Surco o Chorrillos, porque solo vivos y felices, admite la pequeña ciudad al sur de Lima.
Único hijo de una pareja de peones de la hacienda huanuqueña, Don Candelario no tenía más raíces que las cortadas en su faena de jardinero. Poco a poco se hizo fama de artista de jardín, embelleciendo los portales de cada casa, desde la entrada hasta los jardines interiores, sin olvidar las macetas de helechos y flores coloridas.
En Barranco y no había una sola casona que no pidiera sus servicios. Llegaron incluso cartas del extranjero, donde lo solicitaban como experto y lo invitaban a viajar con todos los gastos pagados, a dictar conferencias acerca de arquitectura de jardín; pero que, por no saber leer, se perdía de dichas oportunidades, con el beneplácito de sus clientes barranquinos que por ningún motivo lo dejarían irse.
De la noche a la mañana, todo Barranco amanecía llenó de esplendor, color, aroma y belleza juntas, que ya nadie quería bajar más a la playa. La mejor distracción era caminar viendo los jardines y flores que crecían desordenadamente bellas, tocadas por la mano mágicas de don Candelario, como si no obedecieran a ningún plan humano, sino más bien divino, que las plantas y flores, solo atinaban a escuchar la voz del mismo Creador, traducidas en las manos del diestro, del jardinero encantador.
Y todo comenzó cuando el patrón de la hacienda de Huánuco le explicó que él mismo le había escogido su nombre el día que nación, que como padrino, eligió Víctor Hugo, y le contó todas las historias escritas por el romántico francés. Desde el “Jorobado de Notre Dame” hasta la revolución francesa y las aventuras angustiadas de Jean Val Jean, en “Los miserables”. «Quiero escribir historias así, pero con mi plantas, patroncito», decía Candelario apenas cumplió los 13 años.
Desde entonces, Víctor Hugo desarrolló el arte de contar historias a través de las plantas y estas las escuchaban, haciéndose de formas tan intricadas, que mano humana sólo podían alimentarlas y cuidarlas, porque las formas y la distribución de los colores, sólo eran posibles, dejándolas en libertad. Ahí radicaba el secreto escondido del caos.
Todas las mañanas, iniciaba sus faenas antes que saliera el sol. Con su bicicleta de jardinero, su hoz y su cortadora de césped, amarrada con el mango hacia tras, recorría los jardines día tras día.
A veces se encontraba en un trance al ver cómo crecían y tomaban formas naturales, que se olvidaba incluso de cobrar por su trabajo. Apenas cortaba las hojas secas, regaba algunos puntos del jardín a mano y salpicándolas como rocío de lluvia, para que estas lo obedecieran, como si fuera una danza milenaria. Candelario las encantaba engriéndolas, amándolas, con un sentimiento sólo experimentado por un recién casados o un Santo llegando al paraíso.
- Mi secreto -decía- es verlas crecidas aun siendo semillas».
Y literalmente parecía que podía ver crecer los árboles delante de sus ojos, antes si quiera de ser plantados, apenas semilla.
Todo sucedió la vez que llegó tarde a casa. Empezó a escuchar música en la Casona del Caballo Blanco, la misma que se encontraba en medio de la lagunita de Barranco. Ese día vio pasar a la «viuda negra», pero como don Candela ya sabía cómo espantarla, no tenían temor a transitar las calles a altas horas de la noche y distraerse en lo que fuera.
Y es que a fines de los años cincuenta, pocas eran las distracciones para un hombre de mediana edad. Pocos tenían televisión, así que si quería divertirse, tenía que pagar un “gordo” de 20 centavos para ver al llanero solitario a las 3 de la tarde, cuya señal del televisor en blanco y negro, casi siempre se perdía en la parte más interesante del capítulo.
Víctor Hugo prefería ir al cine, porque no le gustaban los comerciales con cosas que no iba a comprar. ‘La vida es bella’ y ‘Lo que el viento se llevó’, fueron las películas que influenciaron en hacer que los jardines se volvieran más frondosas, pues las plantas se acostumbraron a oír las historias de las últimas películas que daban en el flamante cine Barranco, contadas por Don Candelario, cuando trabajaba en el jardín y ellas escuchaban.
Emocionadas, las plantas, las flores, las enredaderas de helechos y madreselvas, junto a los árboles, cambiaban de lugar y forma durante la noche, volviéndose un cuadro nuevo al amanecer, en tanto que el jardinero, alegre, descifraba la película completa, contada el día anterior, entre las intrincadas formas que la naturaleza le anunciaba.
Los dueños de las casonas solo atinaban a quedar extasiados y con la boca tan abierta, limitándose a esperar cada viernes, después de un estreno de cine, ser sorprendidos por la forma nueva con que amanecían sus jardines.
Durante una de las tantas funciones de cine, Don Víctor Hugo salió triste y asustado. Era la primera vez que asistía a una película de terror. Era Franqueasteis. Le daba pena el personaje. «Es triste ser el padre de algo tan feo», se decía mientras caminaba rumbo a su casa, cerca de la raya Bolivia, mientras razonaba en el mostrito hecho de pedazos de otros, como si fuera la versión «mal lograda de Pinocho», pensó.
Mientras cruzaba la calle Pazos, observó que alguien cavaba en la tierra, junto al árbol muerto y la higuera seca. Se quedó parado y en silencio. Influenciado por la película, esperó y espero, hasta que vio que el hombre bailaba alrededor de la fosa, cuando, de pronto, cayó muerto.
Eso mismo vio la última luna llena, en medio del plenilunio, pero esa vez, huyó del lugar. Ahora quería quedarse a ver ¿qué pasa?
Vio que la higuera se convertía en un árbol sin categoría botánica. Simplemente, no tenía de forma. Esta vez, don Candelarío quería saber qué es lo que pasaba frente a ese “árbol malo”, se dijo.
Cuando se acercó, vio a Chem cubrir rápidamente el agujero abierto por el huaquero nocturno, mientras desaparecía entre la maleza. Se acercó lentamente a donde estaba el hombre tendido de bruces, con una antigua libra de oro puro en su mano.
- Sin duda, había encontrado al tapado y la muerte, juntas – se dijo.
Chem estaba escondido y desde ahí, observó a Víctor Hugo, inseguro de cómo decirle que no destapara el escondite del tapado. Y, sobre todo, que él no era el responsable de aquellas muertes. Sólo volvía a tapar el hoyo, para que nadie encontrara tesoros que le pertenecían más a los recuerdos de una familia, que al valor que supuestamente se encontraba.
De pronto, Víctor Hugo Candelario supo todo desde el principio. La maleza que crecía ahí sin ton ni son, bañados por la escasa garúa y afeadas por la sal de la brisa marina, hablaron con claridad. Cogió entonces la moneda, con mucho cuidado, abrió un hoyo en la tierra, en el mismo lugar que lo había hecho Chem, puso la libra de oro dentro, y la volvió a enterrar.
- Nos vemos, Chem – le dijo.
Extrañado, el duendecillo no supo qué hacer ni qué decir. Por primera vez alguien no le tenía miedo ni le echaba la culpa de todo y, además, sabía su nombre. «Creo que lloró de felicidad», me contó una tarde de pisco, frente al mar, mientras cortaba el césped del jardín.
Ante ese muerto de susto, Víctor Hugo llamó a la policía, quienes lo interrogaron hasta el amanecer, y no levantaron cargos en su contra, pues todas sabían que la mano verde y la cara con una extraña expresión de felicidad del «muertito», indicaban que había descubierto un tapado «y por eso se ha muerto», sentenciaban.
Transcurrió una semana, cuando Don Víctor Hugo compró al contado la casa más grande de Barranco, cerca al Palacio de Pedro de Osma, en la avenida San Martín. La policía dudó por un instante. Creyeron que había matado al descubrir el tapado y lo ocultó hasta que no le hiciera ninguna acusación; pero todo eso quedó de lado, cuando apareció en la televisión, en blanco y negro y medio borroso, el único ganador de la Polla, la carreta del año “Presidente de la República”, en el hipódromo de Santa Beatriz.
Nada menos que 12 millones de soles, en letras gigantes y con las 12 carreras ganadoras en la cartilla de apuestas de caballos.
Víctor Hugo tuvo 14 hijos en aquella casa. El día de su muerte fue el hombre más feliz de la tierra. Su jardín amaneció con una hermosura sin igual, que por un momento, todos pensaron que «así debía ser el paraíso».
Y, mientras iba rumbo al cementerio de Surco, los girasoles, amapolas, floripondios, rosas, claveles y jazmines, abrían sus pétalos esplendorosamente, sin tomar en cuenta las pesadas gotas de llovizna que caían sin parar. No hubo tristeza alguna, nada tenía ni llanto ni dolor en su expresión: Víctor Hugo Candela regresaba al hogar para vivir para siempre.
En su vida, todo su trabajo, esfuerzo y dedicación, solo fue para darnos a todos un pedacito del Edén. Que de alguna forma y humildemente, cuidó del jardín y que su misión había terminado con divino éxito.
El jardinero milagroso pidió ser enterrado en el suelo y sin ataúd, envuelto en una mortaja de lino blanco. Su deseo era seguir vivo entre las flores y árboles y su carne, convertido en abono puro, como un pago a la tierra que tanto amó.
Y así fue.
Quizás esa es la razón por la cual la Av. San Martín, tiene tantos árboles, plantas, flores y helechos, porque todas ellas recuerdan aún a Víctor Hugo Candelario, cuya humildad de jardinero no evitó que fuera bendecido por las riquezas del cielo, el humilde cuidador llamado por siempre, “el jardinero de Dios”.
Barranco, 10 de marzo de 2012

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