Calixto llegó a Barranco una tarde de julio, luego de cargar papas y camotes en el terminal de La Parada en La Victoria, cuando el camión que debía regresarlo a Yungay su tierra, lo abandonó en la plazuela de la calle Lima y Dávalos. Sin saber qué hacer, solo atinó a buscar un tranvía que lo llevara de vuelta a Lima, y tomar el primer bus de regreso, cuando sin querer, encontró a su tío perdido vendiendo yerba santa, “pa´la garganta” y más.
- Tío, ¿usted por aquí…?
Gritó Calixto alegre de ver a alguien conocido en medio de caras nuevas e irreconocibles. El tío, en cambio, tardó solo un milisegundo para recordar todo su pasado y ver la cara de Eusebia reflejado en el de Calixto, que de algún modo, traspasó su viejo y orgulloso corazón de hombre que sufre de amor contenido por la prima hermana, que terminó por estallarle en mil pedazos.
Luego de enterrarlo en una fosa común en el cementerio de Surco, Calixto se vio obligado a seguir el oficio de yerbatero del Tío Calixto, pues sin hijos, solitario -señal de la pena de amor que lo perseguía-, no tenía descendencia y apenas vivía en un callejón de la calle Talana, acompañado por un gato tan infiel, como la ex que le partió el corazón.
Casi sin querer, empezó a ser experto en el manejo de las yerbas curativas, mientras escuchaba la canción de Celia Cruz:
Traigo yerba santa pa' la garganta
Traigo keisimon pa' la hinchazón
Traigo abrecaminos pa' tu destino
Traigo la ruda pa' el que estornuda
También traigo albahaca pa' la gente flaca
El apazote para los brotes
El vetiver para el que no ve
Y con esa yerba se casa usted.
Descubrió que la gente sabía bien para que servia cada “yerba santa”. El Boldo como la Muña, ayudaban a la gente mal del hígado, estreñimiento y flatulencias. El Cedrón era lo mejor para tratar el insomnio y los cólicos biliares, además que relajaba y ayudaba a desinflamar los cólicos estomacales. La Uña de Gato, aliviaba los dolores de úlceras, trataba tumores y hasta prevenía el cáncer. La Hija Santa, ayudaba a la falta de apetito, purificaba la sangre y era un relajante natural. El Hinojo, prevenía y controlaba la hipertensión, trastornos respiratorios y dolores mestúrales. El romero y Chanca Piedra, buena para los cálculos a los riñones, espasmos musculares, evitar la caída del cabello. El Llantén, para el tratamiento de la diarrea, curar heridas, bajar la fiebre, aliviar el herpes y reducir las inflamaciones y úlceras en la boca, “pa’ los mañosos”. Lo que más pedía en invierno era el Eucalipto para el tratamiento de la bronquitis, aliviar la tos seca, sinusitis y todo mal respiratorio. Pero la que más pedían era la Sábila, tanto para ayudar a la digestión como para la cura del acné y tratamientos de belleza, que a muchas “le hacía falta con tanto granos que parece la luna”, se decía en broma.
Y en verdad, la misma gente proveniente de la sierra norte y central, Áncash, Apurímac, Ayacucho, Huánuco, Huancavelica, se llevaban yerbas variadas para combinarlas ellos mismos. “Los remedios de las farmacias, curan un enfermedad y luego aparecen otras”, decían. Y la desconfianza en los farmacéuticos y sus “pastillas y jarabes”, era total entre los migrantes como él, que se curaban ellos mismos. Incluso lo prevenían tomando emoliente en cada esquina, ser invierno verano. Con su cola de caballo, alfalfa, linaza, llantén y boldo. Algunos le agregaban sabores de la zona, sea piña, membrillo, algarrobina, canela, choclo y hasta papa. Un poco de azúcar y limón, dos sabores contradictorios pero que igual, fortalecía el poder de la medicina ancestral.
Todo iba bien, hasta que el negoció cayó 10 años después, de un momento a otro, el negocio empezó a decaer.
En marzo de 1970, los clubes departamentales organizaron una gran invasión en el sur de Lima, en lo que sería llamada “Villa El Salvador”, así que el 90% de sus clientes se fueron para allá y él se quedó en Barranco, sin querer ir al arenal. “No tengo familia”, se decía convenciéndose de que no era el lugar adecuado, pues podría trabajar, pero ¿quién cuidaría de su lote de esteras?: “”Nadies”, se repetía. Así que se quedó donde estaba, en la calle Talana, con un montón de Yerbas que ya nadie compraba, porque no había brujo o curandero que recetara cómo hacer la bebida y qué yerbas usar para cada mal.
Una tarde, desesperado porque no vendía nada y la municipalidad había anulado el permiso para usar como la plaza como centro de acopio, se trasladó al mercado de Surco, en la parte posterior que da a la calle Jorge Chávez. Ahí, Calixto intentó vender sus yerbas medicinales que a nadie interesaba, cuando llegó su vecino que no hablaba con “nadies”, Caleb Leví, un judío español que recorrió medio América, desde que llegó a la Argentina, como expulsado por ser republicano de la España franquista. Con más años que vida, el judío lo saludó como si viera a un viejo amigo, a lo cual Calixto miraba a ambos lados como tratando de saber si era a él a quien se dirigía o se estaba equivocando.
“Sus ojos azules, dan miedo….” Pensaba Calixto mientras saludaba quitándose el sombrero, a la usanza de su pueblo.
- Vais vendiendo la hierba santera, mi amigo. Boldo para los nervios nerviosos – le dijo con una sonrisa de judío vendedor de calle Corrientes y Pueyrredón, en pleno barrio de Once de la Argentina, donde hizo vivió antes de que Perón lo expulsara por revoltoso y brujo de cuarta.
El viejo judío no perdía su dejo español, como cura peruano que estudiaba 6 meses en el seminario de Madrid, y regresan hablando con tanto acento madrileño, que parece otro idioma. De hecho, eso lo hacía a Calixto alejarse cada vez más de la misa de domingo, sintiéndose tan mal de escucha la voz de gamonal ancashino, en el acento de cura de pueblo, que muchas noches despertaba pensado que se estaba horneándose en el infierno.
- Aquí, vendiendo y viendo qué hacer… La gente prefiere su vick vaporub para todo, hasta para los golpes y los hongos de los ‘pieses’.
De pronto, el judío empezó a dar vuelta a una manija y de una caja de colores, salía una música bella. Calixto recién supo que el judío era un organillero de la “vieja Europa, chaval; lo mejor de Alemania antes de Hitler, ese maldito”, le contaba el viejo Levi.
Para su sorpresa, Calixto observó como de entre sus saco algo grande para el viejo organillero, que lo hacía parecer un “pachuco” a lo Tintán, aparecía un pequeño mono: “Macaco, changuito, mono araña, así lo llaman a mi mono Kuki”, le dijo para que no se asuste Calixto.
La gente veía a ambos, mono y organillero, y por un sol, abría un cajón y entregaba un papelito de la suerte. “He recorrido el mundo con este instrumento y mi mono lo ha visto todo”, le dijo.
Calixto dio su sol y leyó su papelito de la suerte color azul:
“Hoy cambiará tu vida para siempre”, leyó.
- ¿Y usted no saca un papelito para ver la suerte? –Dijo Calixto como que no creía en la suerte adivinada desde hace mucho, y menos de un papelito sacado por un macaco.
- No -le respondió-, porque prefiero que la vida me sorprenda, vale.
- Ande, saque una: yo se lo pago.
En medio del tumulto de la gente que se aglomeraba alrededor del organillero, más por mirar al mono y los ojos azules de judío organillero español. Calixto sacó un sol, y se lo dio al mono que en automático, sacó un papelito y se lo dio al judío sin dudar.
- ¿Por qué habéis hecho eso, amigo…? -dijo muy molesto, pero sin gritar, algo resignado… Luego leyó el papel y sus ojos se apagaron.
Calixto no entendía la súbita tristeza del judío español. Todo estaba yendo bien, en la tarde se inauguraba el Mundial, Perú jugaría por primera vez, la gente estaba alegre, comprando más cosas de las debidas, cerveza incluida, y la mayoría de callejones estaban vacíos, mitad de gente tratando de sintonizar el televisor Phillips de la tienda de la japonesa “Felícita”, con antena gigante y transmisión en vivo, y mitad, porque estaban en el desierto, estera en mano, ese domingo 31 de mayo de 1970.
- ¿Por qué está asustado, señor, si es lo que usted vende?
- Justamente por eso, amigo. “En casa de herrero, cuchillo de palo”, mi amigo.
Calixto notó que sus ojos se habían vuelto oscuros, casi negros. El judío perdía el encanto y poco a poco empezó a llenarse de nerviosismo y ansiedad.
- Podéis cuidar un momento mi cajita, amigo…. Voy a merendar.
Calixto dijo que sí, que lo dejara ahí, y el judío se internó en el mercado para nunca más volver.
A las 3 de la tarde y ya con ganas de irse para su casa, encargó a un vendedor de algodón de azúcar que cuidara su puesto, pues el judío tardaba. Y cuando se aprestaba a ir a buscarlo a la zona de comidas del mercado, la tierra empezara a temblar.
Luego del caos del terremoto, Calixto se fue a su casa, con sus yerbas santas y la caja del organillero. Al llegar al callejón de Talana, todos estaban en la calle, nadie quería regresar a sus casa, pues las paredes sino estaba caídas o rajadas, estaba por caerse encima de la gente. Calixto, igual, entró a su cuarto, dejó sus cosas, y salió a la calle “por si acaso”.
Pasaron varios días y su sueño de regresar a su pueblo, desaparecieron para siempre, al enterarse que Yungay había desaparecido con casi la totalidad de sus habitantes. La avalancha del Huascarán sepultó vivos a más de 60 mil personas: Su abuela, su madre, sus tíos, sobrinos ahijados, primas primos, amigos, la primera ex, la segunda y la tercera, ya no existían para Calixto.
Luego de una semana, al amanecer del siguiente domingo, la cajita del judío español empezó a sonar sola. Calixto despertó primero alegre de volver a ver a ese extraño personaje y regresarle su caja, para luego sentir temor que la cajita tocara sin que nadies le diera vuelta a la palanca. Se acercó a ella y vio al mono del judío español, manipulando la manija: “¿Dónde está tu amo?”, preguntó Calixto dándose luego cuenta de lo estúpido que se veía hablando con un mono.
Calixto salió a la puerta de su cuarto, observó el piso húmedo de la garúa nocturna, pero no vio a nadies. Se levantó, fue a la panadería Cherry, compró su pan tolete, un tamal, y regresó a casa. Al llegar, muchos niños estaban parados en la puerta de su cuarto del callejón.
- Qué lindo su mono, don Calixto… Y la música, don Calixto - Le decía los niños
Calixto abrió la puerta de su cuarto pensando encontrar al judío español dentro, pero nada. Solo el organillo y el mono Kuky encima de él, como esperándolo. Prendió su cocinilla de ron de quemar, para calentar agua y tomar desayuno, cuando se percató que el tamal estaba abierto y comido a la mitad. “Mono de mierda”, se dijo. Pero notó algo extraño: estaba partido perfectamente a la mitad, dejando la carne de pollo en partes iguales, como si lo estuviera repartiendo, distribuyendo y “bueno, al menos no se comió todo, porque y yo no le traje nada”, se alivió Calixto.
Con la esperanza de encontrase nuevamente con el “judío español caminante venido de lejos”, ese día decidió salir de organillero con el mono Kuki y tocar en el mercado a ver si se aparecía, «por si acaso paga recompensa» y porque además «…a mí no le gustaba quedarse con cosas que no son mías», recordando la vez que su padre le rompiera una caja de colores que se había encontrado: “Si te lo encuentras se devuelve; y si no sabes de quién es, lo botas: lo que no es tuyo, no es tuyo”, sentencia que le duró toda la vida.
Apenas al salir de la vecindad, ya los niños le habían dejado 10 soles por 10 papelitos de la suerte. Caminando por las calles, la gente lo paraba, “toque, toque”, y 10 soles más. Y así, en cada esquina. Pasó todo el día en el mercado esperando al Judío español, y este nunca llegó; pero lo que si llegó, fueron casi 100 soles ganados, “Más de lo de una semana vendiendo yerbas”, se dijo asombrado, viendo su nuevo negocio.
Alegre, se fueron donde Pizzorni y ya no Cherry: “Pan más rico, Kuki”, le dijo a su mono, que le regalaba una sonrisa de mono. Luego de comer dos tamales y media docena de plátanos y mandarinas, Kuki estaba panzón y feliz. Regresaron a casa y al despertar del lunes, cuando Calixto llamó a Kuky para desayunar, el mono ya no estaba.
Toda la semana se pasó buscando y preguntando, solo para recibir una muestra de solidaridad y pena del mono perdido. Casando se acostó la noche del sábado, dispuesto a volver a cargar su saco de yerbas rumbo al mercado. Al despertar de la mañana siguiente, ahí estaba el mono Kuky, mirándolo desde la mesita que hacía la vez de mesa de sala, comedor y velador de dormitorio. Calixto lo abrazó como si fuera un viejo amigo: salió a comprar el desayuno con muchos plátanos y mandarinas, y regresó a casa, mientras el mono Kuki se acicalaba las uñas, bien sentado a la mesa de tres en uno.
- Pero ¿no tenemos papelitos de la suerte? - Se dijo Calixto abriendo el gabinete de la caja de música, dándose con la sorpresa que estaba lleno.
Pronto, los dos salieron con su música a la calle, ganando el doble de lo del domingo anterior… Felices ambos se durmieron, para darse cuenta Calixto, que al despertar del día lunes, nuevamente el mono Kuki no estaba… repitiéndose siempre lo mismo: el mono Kuki solo venía los domingos y la caja se volvía a llenar de papelitos con una magia que Calixto no intentó averiguar, pues una noche, abrió medio centenar de ellos, y halló que no había escrito nada. “Se escriben solas”, se dijo.
Ahora tomaban el bussing de la línea N°2, en la calle Lima con Vigil, rumbo a la plaza San Martín donde transitaba más gente y con más plata, aprovechando que mientras viajaban, tocaba su organillo que los pasajeros gustosos daban su sol para ver lo que les deparaba el destino.
Y así, cada domingo caminaban de la Plaza San Martín al parque Universitario, subían por la avenida Abancay hasta la Plaza de Armas. Cada vez ganaban más y más, y el mono Kuki se le llenaba la panza, pero no engordaba. Le regalaba su sonrisa de mono, sus piruetas de mono y repartía sus papelitos de la suerte, por 4 años seguidos.
La mañana del 3 de octubre de 1974, se celebraba un año más de la revolución del general Juan Velasco Alvarado, los estudiantes de colegio estaban una semana de vacaciones en casa, y todas las entidades del estado harían un homenaje al día de la dignidad nacional. Fue justamente que apareció el mono Kuki, sin ser domingo. Un día de entre semana que Calixto no podía dejar de aprovechar. Hizo el ritual de siempre, comprar el desayuno, compartirlo y salir a tocar por el camino repartiendo papelitos de la suerte de a sol.
Cuando estaba esperando el bussing de la línea 2, un hombre se le acercó y pidió que le leyera de la suerte. «Encantado», dijo Calixto, y empezó la música. Luego de leerlo, le dijo: “A ver, que le lea a usted su suerte, mi amigo, yo se lo pago”. Calixto recordó el día domingo 31 de mayo de 1970 cuando hizo lo mismo.
- No, no gracias, prefiero que la vida me sorprenda.
- Insisto, amigo, apúrese que ya viene el bus…
Y sin mediar negativas, el hombre entregó el sol al mono que no dudó en sacar el papelito de la suerte. Calixto demoró mucho en recibirlo y decidir leerlo. Y una vez terminado, la tierra empezó a temblar tan fuerte, que todos los callejones de la calle Talana, Lima, Dávalos y Malambito, empezaron a derrumbarse, en medio del griterío de la gente que salía en calzón, sostén, o con el papel higiénico en la mano.
En medio del caos, Calixto estaba totalmente paralizado. Una vez que el terremoto cesó y toda la gente se encontraba en la calle presas del terror, aquel hombre solo vio de Calixto, su caja musical tirada en el suelo. El organista había desaparecido. Tardó todo el día buscando al organillero, hasta que un niño reconoció la caja de música, indicando dónde vivía su dueño. Al ir al callejón, este estaba totalmente derrumbado. Al preguntar por Calixto, “Así se llama ¿no? Me dijeron que…”
- Pobre señor, don Calixto. Le dio un infarto en su cama, de susto será… se murió, señor.
El hombre quedó extrañado pues « ¿cómo pudo estar en cama, si estaba con él en el momento del terremoto?», se preguntaba.
- Solo salía de su casa los domingos…. El resto de la semana se quedaba, leyendo, haciendo cosas…
Haciéndose mil preguntas, el hombre se llevó la caja del organillero a su casa. Lo guardó en la buhardilla francesa de la casa de sus abuelos, en la calle Sáenz Peña, y se olvidó de él hasta 1978, que decidió postular como candidato para la nueva Asamblea Constituyente.
En un arranque de virtud democrática, invitó a jóvenes políticos de todos los partidos a un desayuno de confraternidad y trabajo en su casa de Sáenz Peña, y mientras todos disfrutaban de un desayuno criollo, con chancho asado, pan con relleno, camote frito y los tamales de pollo y chancho, en medio de la conversación del destino del Perú para los próximos 50 años, se escuchó la música del organillero llegar de lejos. Exactamente, desde la buhardilla de la casa francesa de los abuelos del candidato, a las que todos atinaron a recibir como un fondo musical, un detalle muy limeño, muy de estación, mientras les venían ideas de un país mejor, más culto, más honesto, más honrado, escribiendo sus aportes para un “Nuevo Perú”, en papelitos que iban colocando uno a uno, sobre una pizarra de piedra; casi casi, como adivinando la suerte.
Villa El Salvador, 22 de mayo de 2019





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