Giuseppe era italiano de verdad, hablaba en italiano, tenía pinta de italiano, cantaba opera como un italiano, movía los brazos como italiano, y había nacido un 7 de diciembre de 1950, en Barranco.
Ciertas noches enseñaba fotos suyas, parado en medio de un escenario y decía que era la Scala de Milán, y todos miraban asombrados y repetían, « ¿la Scala de Milán? Oh…», sin saber qué era en realidad, salvo que tenía el mismo nombre de un supermercado de la época.
Giuseppe se mataba explicando que era la más alta escuela y escenario de la ópera italiana, y como él había nacido el día de San Ambrosio, su madre determinó que sería cantante de ópera: «lo sentí desde el tercer mes de embarazo: canta como los dioses», le repetía a la edad de seis años para que no se le olvide, puesto que fue por ese tiempo que decidieron mandarlo para Italia y que el colegio no le serviría para nada más: «Ya sabe leer y escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir: ahora deberá aprender a cantar», decía el abuelo de su madre, que se olvidaba de todo, menos que su nieto sería cantante de ópera.
Pero en Italia, -relataba triste Giuseppe, en medio de pisco, chilcano y un sándwich de lechón, o una patita de cerdo con ají y harta cebolla, en el restaurant Juanito-, era muy joven aún para cantar ópera, así que pidieron dinero a su padre para pagar la escuela, el maestro de canto, de porte, de impostación, de modales cortesanos para que no sea tan malcriado como Mozart y otros cursos más, a lo que su padre se arrepintió de haberlo enviado, porque nunca pensó que un cantante de ópera costara tanto. «Con ser actor de televisión sería suficiente», se dijo.
Cuando recibió el giro bancario a través del banco de la santa sede, el 3 de octubre de 1968, antes de cumplir los 18 y en la plenitud de la madurez de su voz de ángel viejo, no sabía lo que vendría en las noticias de los diarios italianos al día siguiente: «Golpe de Estado: Revolución en Perú».
Como diría el abuelo paterno, don Rigoletto, que no lo mencionaban mucho por sus costumbres de vestirse de mujer durante las fiestas de disfraces de carnaval en el parque Municipal, y que daba mucha risa, pero a los familiares los llenaba de vergüenza, sobre todo, tratando de ocultar que eso no era un disfraz, sino que así se vestía cada noche nostálgica, cuando recordaba a un antiguo amigo, un teniente de caballería. Pero que él, al escuchar que Lima sufría de un golpe militar, siempre suspiraba y decía: «Imponen orden a las cosas: son tan regios, tan varoniles, tan viriles, …¡por dios!», que justificaba cualquier cosa, salvo, que lo hubieran echado de la Unión Nacional, partido golpista del General Odría, porque según la alta dirigencia, el mismo general había preguntado: «¿Quién es ese maricón de mierda?», el día de la inauguración del Estadio Nacional de Lima, a lo que todos interpretando que el tío no era de «la confianza del excelentísimo», sobre todo el día de la recepción en Palacio, en la que devolvió el carné de afiliado, a la esposa del Presidente golpista, diciéndole: «General y todo, pero es un calzonudo de porquería», terminando para siempre su aventura política, antes de cumplir sus 70 años y dejar definitivamente de echarse polvos en la nariz.
Giuseppe recibía cartas de la familia en pleno, sobre todo las posteriores al día de la revolución, en las que le relataban los últimos movimientos del General Velasco, y que era casi seguro que la reforma agraria era inminente, y que la familia completa iría a Lambayeque a defender el ingenio azucarero, a costas de sus propias vidas. A lo que debe haber sido cierto, puesto que la última carta, fechada el 3 de octubre de 1974, día del segundo terremoto enviado por dios, según su bisabuela que murió el día en que él llegó a la casona de Barranco, cerca de la alameda Sáenz Peña, y le cantó su primera y última ópera en Lima, en el momento mismo que la nonona decía que se había enamorado del mismo ángel Gabriel, y que lo veía colgado de la araña de cristal veneciano, como Tarzán, decidido a llevársela en ese mismo momento, ella expiró y Giuseppe, dejó de cantar para siempre y no supo más de su familia.
Con el poco dinero que le quedaba, Giuseppe canceló a toda la servidumbre de la casa: la cocinera Pancha Lombardi, al chofer Giorgio Zunino, a la ama de llaves, -amante de su abuelo-: Giuliana Tempesta, y al jardinero, Pepe Quispe, este último, vencedor de todos los italianos postulantes al puesto, porque la familia así lo había decidido: «todos italianos, hasta el perro», aunque era un pastor alemán nieto de Káiser, traído de la Alemania nazi, por un sobrino “camisa parda” adicto a Mussolini, y muerto a machetazos en la huerta del barrio negro de Malambito, por dársela de racista.
Pero Giuseppe era tranquilo, y pese a haber renunciado a cantar ópera, no dejó nunca de entonar uno que otro vals peruano, a veces una ranchera y otras un tango, este último le salía mejor, pues el dejo argentino le salía igualito. El vals, en cambio, parecía medio «afeminado», pese a la voz de tenor, la mayoría le desaprobaba por «la cara de huevón», que ponía, pero lo dejaban terminar para no hacerlo sentir una ostra de mercado, y dejar que pague los chilcanitos, sobre todo, en invierno.
Sin parientes, sin sirvientes, sin consejeros, ni tíos, ni el perro que se perdió o lo robaron, y él se alegró porque no estaba para prepararle la «comida especial al alemán ese», se decidió a vivir solo en la mansión. Buscó algunos amigos, pero la mayoría viajó fuera del país, y sus abuelos se murieron de pena, sus mamás se volvieron a casar, y sus papas se gastaban todo en el barrio cubano de Miami.
Giuseppe se encontraba definitivamente solo y sin dinero.
Buscó por todas partes y su ropa empezó a envejecer con él adentro. Desesperado, fue al club Nacional de la Plaza San Martín, pero no lo recordaban y más bien le preguntaron si sabía cocinar. Triste, tomó el colectivo en Quilca, y regresó a Barranco. Una vez sentado en su sala, empezó a pensar qué hacer, si solo sabía cantar, pero que no quería hacerlo porque le traían recuerdos que simplemente, ya ni si quiera podía recordar, pero que era necesario no entonar ni una sola nota, o levantaría a los muertos otra vez. Así que ahí, solo, miraba la vieja casona, sin luz ni agua hacía tres meses, apenas los vecinos le pasaban un poco de agua por una manguera para regar el jardín. Giuseppe estaba decidido a morirse en vida: «Parado como los árboles», de su jardín muerto.
«Si no hay viento, rema.», recordó la frase más importante de su padre.
Poco a poco, se dio cuenta que habían muebles antiguos, relojes ingleses, vajilla de porcelana china, cubiertos de plata de Chulucanas 925, y toda clase de objetos valiosos y muy antiguos, pero que él empezó a regalar por precios inferiores al que podría darle cualquier ropavejero.
Luego de su ‘excelente’ transacción comercial, se iba al bar el Juanito, a cantar tangos, que era la única música mitad argentina mitad italiana, que no le recordaba nada, y que al menos, le iba mejor que cuando cantaba vals criollo, o letras de ópera que nadie entendía y preferían ignorar al golpe de un pálido aplauso.
«Uno va lleno de esperanzas por el camino que sus sueños prometieron a sus ansias...» y la gente lloraba a mares. «Frente al mar, frente a Dios, empapado de noche y de pena mi voz, se estremece en el último adiós», y uno que otro decepcionado del amor, huyendo de los bares con rockolas repletos de boleros cantineros, rompía una botella amenazando con que se iba a matar y todo el mundo, esperaba a que lo hiciera, pero todos terminaban llorando, y tomando hasta el amanecer, con la única recomendación que los viejos borrachos podían dar en estos casos, a los fervientes enamorados y sin dinero: «Mándala a la mierda y vive, compadre».
Giuseppe cantaba su propia canción, hasta que una noche, caminando por la avenida Grau, seguía cantando en silencio cuando vio a su abuelo vestido de mujer, entrando a una casa. Miró por la ventana y el viejo reloj inglés de su antiguo comedor daba las doce campanadas de la noche, como en navidad y año nuevo, con el sonido igual a Big Bang Londinense. Más allá, una casa con la luz encendida, y una mesa bellamente adornada con vajilla china de porcelana, vio a una mujer, parecida a su bisabuela, pero más joven, yendo y trayendo cosas sin parar, como preparando una cena pascual, con la concentración y disciplina de una madre judía en pleno sabath.
Cuando llegó al cruce con la avenida Cajamarca, una carreta jalada por tres caballos negros, lo invitaba a entrar, y él, no hizo otra cosa que subir. Cruzaron por la puerta principal de su deteriorada mansión, tomaron la calle San Martín y, en la escalera de la ermita, Giuseppe descendió. Estaba llena de gente, pese a la hora tan avanzada de la noche. Escuchó el campanario y reconoció los zapatos de su padre, el brazalete de su madre, el disfraz de mujer de su abuelo y las guirnaldas que colgaban cruzando la calle de bajada a los baños. La música de la banda de la Guardia Civil, que tocando valses peruanos, una marinera y una guaracha de moda. Al llegar a la cruz del camino, antes de la explanada del cerro, sus amiguitas del Kínder Garden, el que está frente al Cine Barranco, le levantaban la mano como saludando, y pudo reconocer entre ellas a Beatriz, su alma gemela, con un pañuelo bordado con sus iniciales, que le decían en voz entusiasta de niña buena: « ¡Canta, Giuseppe, canta!» Y vio, más abajo, en la pista de baile, frente al mar, que le llegaba el rock nuevaolero: «No, este verano yo no iré…», y él terminaba: «Contigo a la playa, contigo a la playa».
Todo era fiesta, jolgorio, carnaval, mezcla de banda militar y música de los hermanos Silva, y el coro de los del San Luis. Un Egurino, peleándose por una del Indacochea, contra otro del colegio Arnáez, mientras el propio José María le tomaba fotos con su cámara en miniatura. Y uno del Rázuri, sacando a la del Santa Rosa, como diciendo: «no se junten con esa chusma», mientras Abraham Valdelomar se mataba de risa. Y, al compás de las olas del mar que acarician la playa, Giuseppe cantó, con una voz que provenía de los propios dioses.
Che bella cosa na jurnata 'e sole,
n'aria serena doppo na tempesta!
Pe'll'aria fresca pare gia' na festa,
che bella cosa na jurnata 'e sole.
El eco arrastraba consigo las ondas de la potente armonía natural, licuada con voz de tenor magnífico, que ascendía lentamente por la subida de la playa, luego la escalera de los mil pasos, el Puente de los Suspiros, el Parque Municipal, la avenida Grau, Bolognesi y Lima, al mismo tiempo. Era como una brisa marina, fresca en verano, palma de madre en invierno, música celestial en medio de la noche, como alguna vez le dijo su abuelo a Giuseppe, que era «para lo que había venido al mundo: para cantar, Pepino, para cantar.»
Y ese es el sonido que se escucha bien entrada la noche y que acompaña a los noctámbulos barranquinos que «paran la oreja». Mezcla de todo, un poco, y de lo poco, mucho. Una música que te recuerda a cada momento, como a Giuseppe, que pese a la revolución, los terremotos, el terrorismo y toda calamidad que a la vida se le ocurra inventar, debes hacer lo que mejor te sale.
Porque lo seguirás haciendo, de todos modos.
- ¡Canta, Giuseppe, canta!-, en la voz de Beatriz sonaba a cielo.
Y mientras Giuseppe se miraba los zapatos sin lustrar, se quedaba al fin dormido, en una banca del parque municipal, justo al amanecer de un nuevo y último día.
14 de marzo de 2013





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