Nadie supo quién fue su padre hasta el día que su madre le confesó que fue la noche de carnavales de 1921, durante la fiesta en la Plaza Mayor de Barranco, que embriagados por la euforia del primer centenario de la independencia, -tuvo su primer y único encuentro de amor con un oficial de la misión francesa, contratado para reorganizar el alicaído y derrotado ejército peruano-, cuando supo la verdad de su origen y el recorrido de 6 horas entre el puente de Los Suspiros y los Baños de Barranco, tiempo y distancia exacta que duró su amor, antes del amanecer.
Hija de un carnicero próspero, dueño
de varios puestos en el mercado central de la Av. Grau, desde antes de su
construcción, la familia solo atinó a aceptar el embarazo de su hija, aduciendo
que el novio pronto vendría a rendir cuentas, acompañado de una fantástica
boda, que por su puesto, jamás sucedió.
Cuando nació el ruso, pronto se hizo de una fama increíble.
Rubio, de ojos azules y sano por donde se le mirase, era contratado como actor
de niño Dios para el pesebre de la ermita, en navidad; apolo en carnavales;
José de San Martín en fiestas patrias, y figura emblemática de la fiesta de la
primavera y, como era gringo -pero pobre-, se le apodó: El ruso.
Fue hasta que cumplió 15 años, en que
se dio cuenta que terminó la secundaria, pero no sabía ni leer ni escribir ni
sumar bien, pues los profesores lo veía tan bonito, tan bello, que nunca le
corrigieron las planas, que lo
aprobaban en automático, por lo que terminó realizando una labor para lo cual
no había nacido, pero tal parece que la vida le brindó esa vocación: cargador
de bultos en el mercado número 1 de Barranco.
Después de toda esa fama, 70 años después, a comienzos de los
90’ se le veía empujar una carreta de material reciclado, manco y acompañado de
su hijo, un loco que pedía un sol.
Y es que esa racha de eterna “mala suerte” que lo persiguió
hasta el día de su muerte, no era más
que el resultado de la invitación a la fiesta de gala de carnavales que le
hicieron, en la que no solo le llegó una tarjeta especial, que decía: “Está
usted invitado a la Fiesta de Gala (privada) que se llevará a cabo en la gran
casona del Caballo Blanco, en medio de la laguna, este sábado 22 de febrero….”,
las misma que vino acompañada por una caja perfumada con aroma francés, un fino
smoking británico, zapatos de charol, camisa de seda, corbata italiana y 150 soles de propina.
Esa noche, en la que el Ruso soñó sería la más grande fiesta
de toda su vida, y dejaría el mercado y su profesión de estibador, para reencontrarse
con el destino que se merecía; es decir, «devolverlo al sitial que le
correspondía por ser gringo», lo que solo terminó en un descomunal escándalo -el
mayor de todos los tiempo-, cuando irrumpió la policía en el momento en que el
ruso le daba de alma a Don Enrique, que estaba vestido de mujer, con un par de
almohadilla en la mano que minutos antes había arrebatado de los senos falsos
que pretendía manosear.
No hay comentarios:
Publicar un comentario