jueves, 18 de julio de 2019

Brenda, y el libro Mayor de Salemmelec.




Antes que Brenda llegara a Barranco, hizo una travesía desde Blackburn, Inglaterra, a ciudad del Cabo, en Sudáfrica, escoltada por 5 barcos de guerra de la armada real británica, dispuestos a detener el avance de lo que quedaba de las huestes Zulúes y a su Rey Shaka, que ponía en peligro a los colonos británicos en esa parte del mundo. Luego de una breve estadía para el avituallamiento del barco y en total y hermético secreto, zarparon del puerto de Barrow Island, Australia, cruzaron el estrecho de Magallanes en tierra del fuego, vieron los árboles de pino de la costa chilena, pasando por puerto Montt, hasta llegar a Valparaíso, para luego, llenarse de desazón y  desconsuelo al ver que a partir de ahí, la costa no era más que un desierto interminable por donde la única alegría era ver salir al Sol. Hasta que al fin, el capitán del barco anunció que a la mañana siguiente llegarían al puerto peruano de Pisco, y se librarían de su incómoda carga para siempre, y que solo habían cumplido una orden del juez de la corte real, y que no guardaba «sentimiento alguno al respeto», que nada más cumplir con “sepultar” a Sarah Hellen en nicho comprado por Bernardo O’Higgins, pero que nunca fue ocupado por nadie, por lo que la propiedad era legalmente británica, «sin reclamos, sin duda ni murmuraciones: La bruja sería enterrada ahí», en el mes de junio del año del señor de 1913.

Nadie se enteró ni se dio por aludido del entierro secreto, pues ni el párroco fue notificado y apenas el enterrador, Jacinto Buenaluque, español abandonado por un barco mercante, murió al día siguiente vomitando espuma por la boca, dando los signos de que el día anterior se «habría encontrado con un fantasma o la viuda negra, segurito, o al fin de tanto beber pisco, lo mataron los de diablos azules, alucinando una batalla con los gigantes de Nasca», corrió la voz del populacho, guardando un secreto que no lo fue tanto, cuando Brenda ordenó una lápida escrita con un mensaje del esposo de Sarah, embrutecido y zombi como para hacer más:
«En memoria de Sarah Hellen,
la amada esposa de John Roberts,
de Blackburn Inglaterra.
6/3/1872 – 9/6/1913»

Solo 80 años más tarde se sabría de la maldición de Sarah, de regresar del infierno a cobrar venganza de todos los que la maltrataron, a lo que Brenda se limitaba a imaginar, incendiando las lápidas en el cementerio general de Londres, pues todos estarían muertos para esa fecha.
El libro contenía todos los secretos de la reina Cleopatra, la que volvió loco
a un emperador y un  general. romano

Y es que solo Brenda guardaba la verdadera historia de Sarah, luego que ella misma, hija de un diplomático inglés en la india, estudioso de pergaminos antiguos, encontrara el libro secreto de Cleopatra, en un ánfora sellada con el escudo de la biblioteca de Alejandría. 

Brenda tenía una extraña relación con el lenguaje antiguo, sobre todo, los escritos en papiro egipcio, que pronto tradujo con extraña precisión, todo lo que caía en sus manos, con el beneplácito de su padre, orgulloso de ella, pero que le sería imposible llevarla a Inglaterra como hija legitima, algo que Brenda nunca le perdonó, pese a amarlo con toda el alma. Pues, gracias a él descubrió a Epatia, la matemática de Alejandría, y el libro que escondió antes que los cristianos la mataran a pedradas. Sabía que de alguna forma, ese libro cambiaría la historia del mundo, por lo que hasta el mismo Rey Salomón, ordenara su desaparición en un barco fenicio hundido en el mar mediterráneo.

Cuando Brenda llegó a Blackburn, haciéndose pasar casi como sirvienta de su padre, pronto congenió con Sarah, a quien veía como una esposa sumisa, amorosa y abnegada, producto de la era victoriana y que nada tenía que ver con alguien que había leído el Kama Sutra.
Sarah y Brenda se volvieron más que amigas; eran cómplices ahora:
ambas sabía los secretos de Salenmelec.

Mientras hablaban de comida y cocina, Sarah sentía cierta atracción extraña por Brenda. Sus ojos negros, piel canela y cabello lacios como la crin de los caballo, contrastaba con los ojos azules, piel blanca y cabellos rubios de Sarah. Eran como dos caras distintas de una misma moneda.

-    ¿Amas a tu esposo? –dijo Brenda una tarde tomando el té de la 5.

-    Con toda el alma… -, respondió Sarah, dejando escapar un suspiro de duda. Brecha que Brenda aprovechó para empezar a martillar.

Luego le fue contando que no era amor, ni si quiera pasión… era más bien respeto. Un hombre bueno dedicado a su trabajo, libre de deudas, futuro planeado… «…pero,  siento que falta algo», le confesó.

John Smith, hijo mayor de un juez de la real corte británica,  cruzaba la acera de enfrente y Sarah no dejaba de seguirlo con la mirada, a lo que Brenda automáticamente dijo:

-    ¿Te gusta?

-    ¿Quién, John?

Sarah empezó a verlo de otro modo. «Si, era más alto que Robert, más guapo también», riéndose entre ellas como avergonzadas de decir algo impropio.
Sarah empezó a ver a los hombre de otra manera, casi un reto.
"Ellos creen que nos conquistas, cuando somos nosotras".

Desde esa tarde, cada vez que tomaban el té, ambas se dedicaron a ver pasar a muchos hombres por la calle. Desde el balcón del tercer piso, divisaban llegar gente del parlamento inglés, viejos y jóvenes, jueces y abogados, catedráticos y estudiantes de la academia de ciencias, quienes empezaron a mirar a aquellas dos mujeres, sintiéndose ellos algo así como en un escaparate parisién. Pronto, empezaron a llegar mejor vestidos, más arrogantes, con paso atlético y uno que otro, las saludaba meneando el sobrero en el aire, mientras Branda y Sarah, los saludaban coquetamente, meneando sus pañuelos de encaje.
Se volvieron tan amigas, que parecía gemelas.

Robert tuvo que viajar a Escocia por dos semanas y la noche anterior, Sarah lo despidió con un inolvidable momento de pasión, a la luz de las velas y a 25 grados que la primavera trajo consigo, siguiendo los ritos del libro de Brenda. A la mañana siguiente, Robert casi abandona la idea de viajar, pero eran negocios, y siempre «deben ser lo primero», decía su padre luterano. Así que con el dolor de su alma, Robert partió, con la idea de regresar pronto, para disfrutar de las artes mágicas que Sarah le tenía guardado entre las sábanas.

-    Qué secretos los tuyos, Brenda. Ese libro es magnífico – Dijo Sarah saboreando su té con naranja.
El ánfora que contenía los pergaminos

-    Cleopatra enamoró así a Julio César, al punto de querer juntar a dos naciones, totalmente distintas, en una sola. Pudieron ser los amos del mundo… Pero Roma, siempre Roma – Concluyó Brenda, como si supiera en carne propia los avatares del racismo blanco.

Ambas siguieron leyendo juntas el libro secreto, traducido por Brenda, hasta que una tarde, llamaron a la puerta. Era John Smith. Brenda, adivinando las pretensiones y con Robert en Escocia, no dejó espacio ni dudas y se marchó.

John no salió hasta el día siguiente, cosa que molestó a Brenda: “En tu casa, nunca, Sarah”, la increpó, enseñándole que era preferible lejos. Los vecinos podía contarle a Robert, «Tu marido te puede matar, Sarah».
Mr. Roberts no podía concebir la vida, sin Sarah: ese era el objetivo del libro.
Los demás vendría por añadidura.

  Sarah empezó a salir de casa apenas se ocultaba el Sol. Pronto, conoció a Steven Lasson, Karl Stewart, y a Babi Jeremy, estudiante secundario, y con un futuro brillante en el campo del diseño de máquinas industriales, con quien Sarah sintió verdadero amor.

Una noche, Robert llegó totalmente ebrio. Con la botella en mano y un revolver en el bolsillo, mientras miraba a Sarah con ojos asesinos. Ella, sin inmutarse, miró a Robert con ternura, mientras él le iba enumerando los amantes que le había dicho «coleccionas desde mi viaje a Escocia». Sarah no dejaba de jugar con su collar de perlas, mostrando sus pechos a lo que Robert simplemente despertó a la mañana siguiente, sin acordarse de nada y completamente feliz, al punto que no quiso salir hasta el mediodía de casa, para repetir la experiencia de la noche anterior.

Sarah, completamente desatada, empezó a salir todas las noches con el permiso de Robert, que estaba totalmente aterrado con la idea de perderla, tanto, que le permitía hacer de todo, con tal de que no lo dejara nunca, ni perder la oportunidad de tenerla en la mañana, aunque sea un momento. Sabía que su dignidad estaba por los suelos, que podría ser expuesto a la sanción publica, a la burla de la muchedumbre, pero no le importaba. Para él, compartirla en lugar de perderla, era lo menos vergonzoso a estar solo por siempre, luego de haber vivido con Sarah. Sin ella, la vida sería un verdadero infierno. Algo que no quería ni pensar, ni imaginar si quiera un solo segundo, porque las veces que lo hacía, terminaba en el piso, llorando como un niño.

-    No me baja la regla -, dijo una mañana Sarah a Brenda.

-    ¿No seguiste el ciclo lunar que recomienda el libro? – Dijo Brenda, tomando un pergamino con la receta de cómo abortar.

-    Lo quiero tener… -dijo Sarah entre lágrimas.

Luego le explicó que lo de Baby Jeremy, era más que pasión; era amor verdadero. Que si bien había experimentado todas las sensaciones posibles con todos los hombres con quienes pasó la noche, solo Baby Jeremy era otra cosas, era…
Solo baby Jeromy era todo para Sarah; Roberts, su esposo, solo era un ensayo
del amor verdadero. Estaba segura de haberlo encontrado...


-    Te has enamorado… -dijo Brenda, decepcionada, dejando de preparar la pócima para abortar. Esta vez, era la tercera, pero no había caso: - Enamorarse es tu primer error: el amor siempre será tu único enemigo.

Sarah sin parar, histérica, desenfrenada, hablaba de Jeremy, de sus 17 años, que apenas conocía el amor, noble, hijo de un almirante en alta mar, era todo lo que había soñado. No podía dejarlo escapar: «Es el amor de mi vida, ni John, ni Robert, ni nadie la hacía sentir así…, solo él.»

Branda dedujo que sus planes se desmoronaban. Con ese joven Jeremy quizás podrían llegar a la cámara de los comunes, lograr que las mujeres votaran en las elecciones, hasta decidir divorciarse, abortar si era necesario, todas las libertades de la ciencia pagana, de los pueblos antiguos, antes de convertirse en estatuas de sal. Ya le había enseñado a Sarah a diferenciar a los hombres, a escoger, a ser libre; no propiedad de nadie; a la vez de hacerles estallar la cabeza de amor y pasión. Pero que Sarah se había enamorado, eso era algo con lo que Brenda no contaba. Entonces, dijo:

-    Es un muchachito que no sabe ni donde está parado.

Brenda inició el proceso de olvido. Primero rebajando a Jeremy delante de Sarah, quitándole todo mérito. Que el importante era el padre y no él. Cada vez que Jeremy llamaba a la puerta, Breda atendía, indicándoles que no «daban limosna», luego que el «repartidor de periódicos y correo, solo llegan hasta las 12». Jeremy se sentía cada vez más “idiota” quedando en ridículo. Escribía cartas, y Brenda las corregía con tinta roja: «Aprende a escribir, hijo», le decía mientras se las arrojaba al piso. «Está ocupada, con una persona importante, ¡vete!».
Sarah y Brenda se les veía juntas en todas partes, nadie sabía el secreto que escondían.

Luego obligó a que Sarah devolver uno a uno las pequeñas joyas que Jeremy le había obsequiado: un par de aretes de oro, un collar de perlas, un anillo con un brillante, pañuelos, relicarios con su foto y mechones de cabellos, todo. Hasta que una tarde trajo un hermoso brazalete de oro, con piedras preciosas, que debía valer una fortuna, cuando Brenda ya había preparado a Sarah para aniquilarlo. Con una mirada despreciativa e irónica:

-    ¿Tan poco me valoras? –Arrojando la joya con todo y estuche.

Tres días después, sintiéndose totalmente fracasado en su intento de agradar y reconquistar a Sarah, llegó llorando a su puerta, implorando que no lo dejara y Brenda, saliendo al frente, nuevamente arremetió contra el joven: «Y para colmo, llorón. Que te cambie los pañales tu mamá, hijo. ¿Qué le vas a ofrecer a Sarah? No eres nada ni nadie, muchacho», a lo que Jeremy, terriblemente humillado, emprendió la retirada, destruido en el corazón, en el centro mismo de su amor propio, sintiéndose poco menos que un insecto.

Mientras Brenda no lograba hacer que Sarah bebiera la fórmula para abortar, llenándola de angustia para que olvidara rápidamente al joven enamorado, hasta que una tarde, en el parque, Jeremy llegó a caballo y corrió donde Sarah, sin importar que Robert compraba flores para celebrar la noticia de que sería padre.

-    ¿Miren a este infeliz, mocosos? –dijo Brenda, mientras Sarah se mordía las lágrimas, y Robert la abrazaba en señal de protección.

-    No me puedes hacer eso… - Dijo Baby Jeremy, y dirigiéndose a Robert: – ¡Ese hijo es mío!

Brenda sacó todo lo que tenía y ordenó a Sarah hablar:

Resignado a comprender que  después de haber sentido poder sobre ella, desatando todas sus pasiones, ahora no él no era nada para ella. La misma voz que le dijo alguna vez “te amo”, lo destruía sin piedad, lo rebajaba y trataba peor que a un perro vagabundo, a  «un don nadie, un bueno para nada». Entonces, tomó su caballo y se marchó a galope.

A la mañana siguiente, la policía golpeaba la casa de Robert, para informarle que el joven Jeremy se había suicidado y que todo hacía indicar que era a causa de un “amorío”, con la señora Sarah, que ella lo había «instigado al suicidio». A lo que Robert se mostró indignado, negándolo todo, a la manera de caballero inglés, echando por tierra las acusación de un oficial, que el joven tuvo un accidentes y quieren echarle la culpa a su abnegada esposa; posición que mantuvo durante todo el juicio, hasta que llegó el día de la sentencia.

Los jueces acordaron que Sarah sería condenada a la horca, pero que el juez, padre de John Smith, se había opuesto rotundamente, alegando que Sarah tenía un embarazo de 15 semanas. Luego de unos arreglos, hicieron creer que la sentencia se había llevado a cabo en secreto, pues todos los indicios hacía confirmar que Sarah era una bruja, que en su casa practicaba la hechicería, que hasta su esposo, «un total idiota», había caído en sus encantos diabólicos.

  Con Ayuda de John Smith y 20 hombres más, entre nobles y oficiales del ejército británico, amigos de Sarah, la embarcaron sin destino. Que Robert tendría que ir acompañando el simulado “cortejo fúnebre” lejos de la tierra santa de Inglaterra y Brenda debería asegurarse de que Sarah no regresaría jamás.

Así fue que escapó de la horca, pero no del destino. Apenas llegaron a Pisco, Sarah dio a luz al hijo de Jeremy, a quien Robert no quería ni ver, sintiendo que ese pequeño había sido la fuente de todos sus males, incluso el causante de la muerte de Sarah al parirlo. Devastado, a los pocos meses, y sin querer regresar a Inglaterra, donde nadie lo esperaba, se embarcó en una nave mercante británica rumbo a China, luego de dejar a un grupo de migrantes orientales en Cañete, al sur de la capital.
Branda, en Lima, no pasaría de ser una "oscura" indú que enseña inglés.

Muchos años después, Brenda y el hijo de Sarah, vivían en Barranco, ella como institutriz de los  hijos de un fabricante inglés de gaseosas, y el niño, ahora todo un hombre, tratando de hacerse camino en la capital, con sus grandes ojos azules y cabello rubio, algo que llamaba la atención por su belleza sin igual.

Brenda seguía leyendo el libro secreto de Cleopatra, traduciendo artículos acerca del voto femenino, el derecho de las mujeres, la santa igualdad… Pero nunca pudo hacerse de una amiga como Sarah; el idioma no la ayudaba mucho y su origen indio, la relegaba a ser parte de la servidumbre.


Roberto Jeremías, era ya todo un hombre pero para Brenda, un total inútil para portar los secretos aprendidos en el Libro Mayor de Salemmeleck, escuela de Lilith y su arte de amar sin quedar embarazada; fabricar el perfume irresistible de Cleopatra, para conquistar reyes y emperadores; mantener el silencio seductor de una esclava sexual como la  Mata Hari… hasta el día en que él -el hijo de Jeremy-, llegó tan bello, con sus ojos azules, su piel blanca y cabellos rubios, idénticos a los de Sarah Hellen.

04 de junio de 2019

jueves, 4 de julio de 2019

Presentación Briefing


Lima, antes de la llegada del Inca Pachacutec primero, y luego, de los españoles, era una urbe gigantesca. La segunda ciudad más grande de barro de la costa del Perú, después de Chan Chan pero, a diferencia de esta última, las huacas desde Pachacamac, Puruchuco, Maranga, Pucllana, Mateo Salado y 200 más, configuran un universo propio e individual, entre tres ríos Lurín, Rímac y Chillón. 



“Colmillo de Lobo- cuentos barranquinos”, rescata esa cosmo-visión no andina ni antropológicamente estudiada; más bien, muy descuidada hasta el día hoy. Algo que hemos desestimado y olvidado por tanta invasión extranjera, desde los españoles, que impusieron su idioma y religión, por un lado; lueho, las migraciones internas alto andinas; y, por último, las extranjeras, provenientes de países de la región que, lejos de asimilarse o comprender, imponen usos y costumbres. La diferencia es que antes formaban colonias; las migraciones venezolanas imponen sus propias reglas y, tarde o temprano, van a chocar irremediablemente.  



Lima posee un ecosistema muy frágil y, de hecho, sus estructura climática desarrolla una personalidad propia entre los habitantes. Desde los temblores que señalan el cambio de estación, hasta el reciente intento de linchar a unos encuestadores confundiéndolos con Pishtacos, en pos de grasa humana, en Huaycán, un ex asentamiento humano convertidi en ciudad, al Este de Lima. Evidencia que existen tradiciones de miedo, ocultas, como la leyenda de la “Viuda negra” o el “Padre sin cabeza”, que sale a merodear algunas noches, para la sorpresa de barranquinos noctámbulos. 


Volviendo al origen, el santuario arqueológico de Pachacamac, al Sur de Lima, no solo llegó a encandilar al Inca Pachacutec, sino que se transformó en el centro religioso de su imperio. Algo así como el “Vaticano-Inca”, al punto de ser la escuela principal de las Mamaconas, princesas educadas para postular a esposas o, en el menor de los casos privilegios, aspirar a ser cortesanas del inca. 

De hecho, el Dios principal Inca que era el dios sol; Pachacamac, muy por el contrario, es un tronco tallado de 4 caras, donde reposa su poder y, además, representa el árbol africano de Shangó; y por si fuera poco, el madero de la crucifixión de Cristo. Por eso el anda del Señor de los milagros tiene 4 lados: Cristo, la virgen y dos ángeles custodiándolo. Y al igual que Pachacamac, son juntos "El señor de los temblores". De esa forma, integró a los viejos pobladores del valle del Rimac, los africanos esclavos que vinieron a trabajar el campo y el blanco español, sin encontrar si quiera alguna contradicción en el hecho de fomentar la idolatría. 

Los 20 relatos están divididos en V capítulos. 

En el capítulo I: Brujas. Comienza con «Brenda…», que aborda la leyenda de Sarah Hellen, bruja inglesa enterrada en el cementerio de Pisco, con la inscripción de que a los 80 años de su muerte (1913-1993), se levantaría para cobrar venganza, y que sirve de escenario para explicar el feminismo, y sus vinculaciones ancestrales con Cleopatra y la leyenda de Lilith Luego, «Colmillo de lobo», que le da nombre al libro, y trata el tema de la difamación y la calumnia, vista desde una mujer, apodada la “Pajarraca”, que dedica el tiempo a acusar a Martín, que es un “hombre lobo”. Sigue «Agatha, la turca», que relata la historia bíblica de los gatos, que tuvo mucha aceptación en una polémica originada en la página oficial del diario El Comercio, y difundida por el Facebook, acerca de los gatos caseros y la enfermedad del sueño, y los peligros de “humanizar” a las mascotas. Y por último, “Lupe, la loca”, relato insólito que me hizo recordar un amigo, y que suma muchas cosas de los tiempos de escolar, a fines de los años 70, hasta la actualidad, después de 40 años, acerca de un personaje legendario y que cobra valor el tan solo recordarlo. Cuyo escenario es Roma y los acantilados de Barranco, donde la migración de las enfermeras para atender a pacientes geriátricos, reaviva la vida a Arturo, que en sus tiempos de jubilado, vuelve a tener 16 años.

Caza demonios, es el Capítulo II, son cuatro relatos acerca de la llamada “clavícula de Salomón”, demonios encerrados por el Rey Judío, que desata leyendas urbanas ahí donde se cuenta. Desde Aladino y la lámpara maravillosa, hasta la debacle social y financiera, luego de la II guerra mundial, acontecidos a la Argentina de Perón, el Perú de Odría a Velasco y Alan García, y al conflicto acerca de la “violencia contra las mujeres”, y el proceso de difamación del hombre como género, el “Colmillo de lobo”, que da nombre a todo el libro. 

En el capítulo III, Fantasmas, son personajes mitad ficticios mitad reales, que existieron, existen y existirán en Barranco. Una ciudad de locos tradicionales que son parte del paisaje. De alguna forma, muchos siguieren sus sueño de cantantes, escritores, músicos… y a veces, el perseguir tus sueños, hace que pierdas la noción del presente. También expreso mi postura frente al LGTBI, en relación a “María, la marimacho”, y “Olinda, la mata gallinas”, una realidad ineludible, difícil de aceptar para algunos, que apelan a la tolerancia como quien pretende hallar la fórmula de la “cuadratura del círculo”. Donde se apela al derecho y orgullo gay, aprovechando en atacar de la misma forma con la que ellos han sido atacados: tratando de apagar –contraproducentemente-, el fuego con fuego. 

«Duendes», constituyen el Capítulo IV, conformada por tres relatos, que hablan de un duende abandonado en Barranco, desde antes de la existencia del universo; incluso, desde antes que se escuchara el “hágase la luz”, Tres relatos que hablan de las leyendas del “Padre sin cabeza”, que aparece ciertas noches en la explanada de la parroquia, frente a la iglesia de la ermita de Barranco, y explica también por qué, se encuentra destruida por dentro y nadie la reconstruye, ni los benefactores del distrito ni la curia eclesiástica limeña, en plena capital de la república. 

Por último, en el Capítulo V, “Guerreros del pacífico”, explica desde la leyenda de Manco Capac y Mama Ocllo, antes de emerger del lago Titicaca -el más alto del mundo-, y luego tres relatos más, donde aparece José Daniel, Jeff y Jennifer, que combinan mitos y leyendas a cerca de los movimientos telúricos ocurridos en Lima, durante el siglo XX, y comienzos del XXI. 

En fin, desde un Dios Pachacamac para los Ishma; que se transforma en el árbol Shangó para los negros esclavos y en el madero de Cristo, para los católicos, tiene la capacidad de ser un dios que se convierte en «lo que tú quieres que sea». Y, lejos de tratar de convertirme en un tradicionalista a lo Ricardo Palma o un narrador de «leyendas urbanas» de tardes barranquinas, mi intención es la de encontrar en esas historias mágico-religiosas, una explicación quizás al por qué de todo. Lima, la violenta, ese secreto oculto que clama sangre y que llena las crónicas periodísticas, desde que se escribió el primer diario en la capital hasta la actualidad, sin darnos cuenta del territorio en donde estamos. 

Gente que lucha contra adversarios imaginarios; vuelve enemigos a sus amigos; aspira a ser lo que no es; que por hacer el bien y termina haciendo el mal y cosas absurdas que hacemos en nuestra condición de humanos; solo que, en lugar de encontrar la común mortalidad como el fin, el espíritu se manifiesta antes que la carne, evitando de esa forma, que la muerte llegue sin antes confesarnos. Como el andar de Martín Adán, al paso lento de “Evaristo, el sauce que murió de amor”, o Sherezade, aprendiendo a contar historias, para no ver la muerte al amanecer. 

Y todos los relatos y leyendas que contiene este libro, le agrego un punto de referencia, Barranco, el distrito más pequeño de Lima, pero que se convierte en la puerta de entrada a todo, o casi todo, para dar una explicación más o menos “correcta”, a la frágil locura limeña. Con el beneplácito, por su puesto, de ser visto por un barranquino que, como pocos, tuvo el privilegio de nacer ahí, frente al mar, un mes de marzo del siglo pasado. 



“Dios salve al Rey Neptuno”, se ha dicho: y a disfrutar de la magia de "Colmillo de Lobo - Cuentos Barranquinos".



A Militza, Karla y José Daniel Siguas Argote, mis tres hijos.